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lunes, septiembre 22, 2025

Mis casas. II

 

El traslado al nuevo domicilio fue un cambio grande en nuestras vidas. Los pabellones militares  de Lugo eran un edificio en forma de L de reciente edificación que constaba de dos zonas. Una, la más vistosa, con cuatro plantas y unos enormes balcones de piedra que daba a la calle Montevideo  frente a la puerta de la muralla romana del Obispo Odoario y se destinaba para vivienda de jefes y oficiales. La otra ,más alargada, situada frente a un descampado  y con las murallas romanas al fondo, era para los suboficiales. Como es lógico la amplitud y distribución de las viviendas era mucho mejor en la primera zona que en la segunda. Porque en la vida militar el escalafón es el escalafón. 



domingo, julio 13, 2025

mis casas. I

En esta nueva entrada de mi blog pretendo hacer un repaso por las distintas viviendas por la que he ido pasando a lo largo de mi vida, a modo de un recorrido biográfico para hacer eso que tanto me gusta : repescar viejos recuerdos que andan perdidos por los rincones de la memoria.  
Nací en Pontevedra, donde habían destinado poco antes a mi padre, en un piso alquilado del que obviamente no tengo recuerdo alguno y que estaba situado en el centro de la ciudad  muy cerca de los desaparecidos almacenes Olmedo, como más de una vez se lo oí contar a mi madre. Otra cosa que me repetía es que yo no quería salir de la tripa y que me parió al decimo mes de embarazo " como las burras ", prueba de que o era muy cómodo o muy vago. De allí pasamos a León del que solo conservo el recuerdo de unas fotos en las que estoy muy abrigado, señal de que era en pleno invierno.






La primera casa que la que tengo recuerdo estaba situada al principio de la carretera de Abella, entonces en las afueras de la ciudad de Lugo. Era un segundo piso de una casa de vecinos con fachada gris que estaba situada entre huertas y pequeñas casas de planta baja, a medio camino entre el campo y la ciudad. En aquella época tenía dos o tres años y de ella conservo mis primeros recuerdos. Uno de ellos, el más vívido, es el descubrimiento de la muerte, como conté en otra parte de mi blog.  Tres o cuatro puertas más allá de nuestra casa murió un vecino, creo que barbero y allí que me fui de la mano de mi hermano mayor. Aún hoy el día tengo que grabadas las imágenes del velorio, propias de una película neorrealista italiana. Los tres escalones para acceder a la casa, un pasillo oscuro y una habitación angosta a la izquierda casi toda ella ocupada por el ataúd en el que estaba un hombre vestido de negro con una venda que le sujetaba la mandíbula,  apenas iluminada por unas velas, con un ramo de flores a sus pies y rodeado de un coro de mujeres plañideras. En las consiguientes pesadillas nocturnas que tuve por aquella época siempre recordaba que " era bonito porque el señor tenía fores... " 






Otro recuerdo muy vago es de una niña poco mayor que yo a cuya casa, no se muy bien por que, iba a jugar. Vivía cerca de la nuestra, al otro lado de un descampado y recuerdo jugar con ella sobre una vieja piel de oveja que tenía incrustados unos clavos oxidados. No se muy bien en que consistían los juegos, pero si que retozábamos encima. El olor a polvo rancio de la piel se confunde en mi memoria con otro más ácido de las bragas de la niña, que impregnaba mis manos.

De allí pasamos al número 8 de la calle del General Tella, situada al lado del parque Rosalía de Castro, todo un ascenso social pues cambiamos de una casa en las afueras a otra situada en un barrio en el que se mezclaban buenas viviendas situadas frente al parque con pequeñas casas de vecinos. La calle era corta y en ella había un taller de bicicletas que se alquilaban a perra gorda la hora y una tienda de ultramarinos con los sacos de legumbre a la entrada.
 ( Pequeña acotación histórica: el general Tella que daba nombre a la calle era un militar golpista del círculo de amistades del general Patacortas que después fue relegado del ejército por unas oscuras maniobras de corruptelas en la administración con desvío de fondos públicos para su fábrica de harinas y la reconstrucción del pazo familiar, donde se le obligó a hacer vida monacal. Aunque he leído que podía ser debido a sus veleidades monárquicas para restaurar los Borbones en España, teoría que me parece más veraz porque Franquito no quería perder comba en el mando supremo . Además tanto para él, como para su entorno y herederos la corrupción hemos visto que es como el aire que respiramos ).






El portal estaba siempre muy frío incluso en pleno verano. Tres o cuatro peldaños de piedra jaspeada, una puerta de cristales y la angosta escalera para subir al cuarto piso, lógicamente sin ascensor. No recuerdo para nada los vecinos de los dos primeros pisos, pero en el tercero vivía una familia, los Bohorquez que tenían un par de mantequerías en la ciudad  y allí descubrí que había lujos tales como  el " Colacao ", el queso de bola y el jamón de York, cuando su hija, una cría pizpireta con gafas de metal y unas trenzas de ratita presumida, me invitaba a merendar. 
 La casa se la alquilamos a una tía de mi padre, la tía Filo por 500 pesetas al mes, cifra que se me quedó grabada porque mi madre repetía más de una vez a mi padre " pues para ser tu tía, bien que nos cobra 500 pesetas... ". La vivienda era bastante oscura y tenía un gran pasillo en cuyo final y a la izquierda  estaba la cocina, donde se hacía la vida porque el fogón estaba todo el día encendido y allí nunca faltaba el calor. A su lado estaba el comedor con su hermosa mesa de plátano de color burdeos y la sillería alrededor, que solo se usaba en ocasiones especiales. Una imagen que no olvidaré nunca es el rayo de sol que, atravesando la cortina, llegaba al suelo y la cantidad de pequeñas formas del polvo que flotaban en él y que yo creía eran personajillos de cuento que vivían en los rayos de luz y que intentaba atrapar entre mis dedos pero que se me escapaban siempre.





El comedor solo se usaba para comer en fechas importantes como el día que hice la primera comunión o para las comidas de Navidad. Recuerdo una nochebuena en especial, tendría yo unos seis o siete años, en la que vino la hermana de mi padre con unos amigos y el que entonces llamaba  su novio ( un arquitecto ricachón ,en realidad su amante...con el que acabaría casándose cincuenta años después ). Entre otras muchas cosas para la cena se habían asado unos capones de Villalba y yo, tragón de oficio y vocación, me ventilé una pata. Al final de la cena, me sentí mal y fui al baño para vomitar todo. De vuelta a la mesa me puse a lloriquear hasta que mi padre, que se había dado cuenta de mis desdichas, dijo a mi madre que me pusiese otro zanco...que me comí y ya no salió fuera, al menos por la boca.
O la noche de fin de año que, aunque se cenaba a la hora de costumbre, al terminar aparecía mi padre con cucharón en una mano y en la otra una sartén a la que aporreaba cantando las doce campanadas, lo suficientemente despacio para que la abuela María " la buena " no se atragantase con las uvas. Al final lo que más me gustaba era cuando mi padre, con el cigarro prendía la mecha a un par de cohetes en forma de chimenea que había comprado en el " bazar 0,95 " y que ascendían hasta el techo para abrirse allí dejando caer una lluvia de confeti con matasuegras o silbatos.
Contiguo al comedor había un cuarto muy oscuro cuya ventana daba a un patio de luces, no sé muy bien porque se llamaba así pues tenía cualquier cosa menos luz. La máquina de coser en un rincón y la mesa camilla en el centro con el sempiterno brasero encendido todo el invierno. Allí, con las faldas de la camilla cubriéndonos las piernas, nos sentábamos para comer o hacer los deberes mientras mi madre, de vez en cuando, se agachaba para echar una " firma " al cisco y mantener el calor. Hoy es el día que me siento ante una camilla e instintivamente me tapo pues me agrada sentirme protegido bajo sus faldas.

Un recuerdo doloroso. Me operaron de una absceso en la ingle derecha, dejándome una mecha de goma dentro de la incisión para que drenara bien y que el practicante venía a casa para curar. Un día, no se como se salió la maldita mecha y recuerdo con terror como la tuvo que introducir con ayuda de unas pinzas. Pienso que mis chillidos se oían en la calle. Para premiarme mi abuela me regaló una caja con construcciones de madera, de esas que llevaban 20 ó 30 piezas pintadas de colores con arcos y columnas que nunca se sostenían y que, a la mínima, se desmoronaba toda la estructura. Y sobre esa mesa se dejaba la bandeja con las copitas de anís y unos polvorones la noche de Reyes para que estos recuperasen fuerzas al traer los regalos, así como un capuchón de paja de los que llevaba la sidra" El gaitero " porque los camellos también tendrían hambre. A la mañana la bandeja estaba vacía, imagino que mi padre habría dado cuenta de su contenido. Y la paja a quemarse en el fogón.
Pronto descubrí el paraíso que podía ser la calle. Muy cerca de casa había una serrería de madera que fueron el lugar preferido cuando no estaban los trabajadores. Enormes torres formadas por tablones de pino colocados en forma de cuadrado, ideales para esconderse o para convertirlas en castillos desde los que defenderse de los ataques de los enemigos. Serrín para dejarse caer y palos que se convertían fácilmente en lanzas con las que enfrentarse a críos de otras partes. Mi hermano mayor, mas atrevido o más " pupas " cada poco se lesionaba y bajaba el solo al cercano hospital provincial, donde era conocido entre todas las monjas de la Caridad, para que le pincharan el suero antitetánico en la tripa.





A dos pasos de nuestra casa estaba el parque, todo un lujo donde perderse al salir del colegio, con el estanque de los patos que se peleaban por el pan duro que les llevaba y las malditas ocas que nos perseguían enloquecidas con ganas de picarnos los muslos cuando se enfurecían. O los pavos reales que abrían sus colas multicolores  y a los que nos gustaba perseguir para en su huida, pisarles la cola y conseguir arrancar una de las plumas, el mayor de los trofeos. Todo esto sin que estuviesen a la vista los municipales a los que llamábamos los " guripavos", vestidos de pana marrón con un chambergo y una enorme capa que, a modo de falda de camilla, los cubría y que entorpecía su carrera cuando
nos perseguían después haber hecho alguna trastada. Pero para eso llevaban su cayado que nos lanzaban muchas veces con errónea puntería.
Dos personas recuerdo. Una de ellas era una niña rubia con carita de manzana que vivía en las casas de la zona rica del barrio llamada Luisa y en la que me gustaba pensar como mi novia porque tenía una bici de chica, de esas que llevaban una redecilla multicolor en la rueda trasera. Aunque dudaba como novia entre ella o mi vecina del tercero, pues mientras una era como un anuncio de mantequilla holandesa, la otra era como una ratita presumida con gafas y unas trenzas muy apretadas con lazos...pero la comida siempre ha sido mi perdición.









El otro era un sacerdote, don José Palmón, un personaje peculiar para la época. Vivía al final de la calle, al lado de la tienda de ultramarinos y a su casa fui durante varias tardes para prepararme antes de mi primera comunión. No sé muy bien que me doctrina me daría, pero lo que si recuerdo es que no paraba de bromear y me enseño a comulgar con hostias sin consagrar a tragarlas sin dejarlas pegadas a la lengua o al paladar. Este cura era un tío casta se arremangaba la sotana a la cintura para viajar en " Vespa " y más de una ocasión se vino con nosotros a la playa para bañarse enfundado en su meyba a cuadros y con  un gorro de goma  en la cabeza para ocultar la tonsura, toda una osadía a mediados del pasado siglo.








De esos años recuerdo una paliza monumental, de las pocas que me dio mi padre. La tarde de Nochebuena no se como tenía dos pesetas en el bolsillo y se me ocurrió que no había forma mejor de gastarlas que yendo al cine. Y eso hice, me fui al cine Vitoria que estaba en la otra punta de la ciudad a ver una película de Tarzán en sesión continua, así que la vi dos o tres veces y cuando llegué a casa, a la hora de la cena, estaban todos locos buscándome. Mi padre me dio una panadera a mano y zapatilla y después me mandó a la cama sin cenar...el peor de los castigos para un tragón como yo. Menos mal que la intervención de mi abuela logró levantarme la  pena y me senté a la mesa con la familia, dando brincos porque tenía las nalgas muy trabajadas. 

Un día, al volver del colegio, estaba mi madre muy excitada. A mi padre le había correspondido uno de los nuevos pisos del  pabellón militar que se había terminado de construir en la calle Montevideo, muy cerca de la puerta de la muralla. Para allí nos fuimos. Y esta será parte de la siguiente historia. 







sábado, febrero 15, 2025

NUESTRO CAMINO DE SANTIAGO. PARTE II

La segunda parte del Camino de Santiago lo hicimos a lo largo del verano en seis etapas desde Burgos a León aprovechando días libres. La salida de la ciudad de Burgos una vez superada la universidad y la ermita de san Amaro, es casi tan fea y árida como la entrada pero pronto se termina la ciudad y el Camino se abre a un campo inmenso, totalmente diferente al los paisaje que habíamos visto en las etapas del Norte.

A media tarde nos acercamos a un pequeño albergue situado un poco al margen del Camino. Arroyo de san Bol es un pequeño edificio moderno que se levanta sobre las antiguas ruinas de un monasterio. El albergue parece estar situado en medio de un paraíso y desde su entrada desciende una hermosa pradera rodeada de chopos con una fuente de agua muy fría en su centro. El atardecer con el sol de oro poniéndose, los cantos de cientos y cientos de pájaros,, el rumor del viento entre los árboles y esa agua que era como un bálsamo. Metí la cabeza en el agua y la bebí con glotonería, olvidando las penurias del día.




sábado, febrero 01, 2025

NUESTRO CAMINO DE SANTIAGO. PARTE I

Para nosotros recorrer el  Camino de Santiago era un viejo sueño sin visos de realidad hasta que, a principios del año 2000, contactó con Alfonso una amiga madrileña para decirle que había organizado, junto a un grupo de compañeros de trabajo, un itinerario del Camino para hacer desde Roncesvalles a Burgos aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Nos apuntamos sin dudarlo y esto nos permitió realizar una de las experiencias más hermosas a lo largo de nuestra vida. 

Para llevar a cabo el Camino con una cierta comodidad se necesitan unas  30 etapas desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela y nosotros lo dividimos en tres fases, usando para ello los periodos de vacaciones. 



domingo, junio 16, 2024

SE HA IDO FRANÇOISE...

 Acaba de morir Françoise Hardy y, como tantas veces que hay algo que me conmueve, se han agolpado montones de recuerdos. En el año 1965 yo estaba interno en un colegio de frailes en Santiago de Compostela. Durante ese curso se murió mi padre y, con él, se fueron los ingresos de la familia. Mi madre, que siempre supo sacar ocho pesetas de un " duro " me mandaba lo que podía para mis gastos que, como es fácil imaginar, no eran muchos.




Todos los domingos, junto a un par de compañeros del colegio, nos íbamos a la cafetería del Hostal de los Reyes Católicos a tomar un café, que procurábamos tomar muy lentamente para que nos durase y poder rentabilizar el gasto. No recuerdo sus nombres pero tengo su imagen grabada en la memoria. Uno de ellos era de Vigo y tenía las mejillas siempre coloradas como si tuviese frío, un pelo en cepillo que le semejaba a un puercoespín y que siempre hablaba como si estuviese enfadado. El otro, de origen suizo, era dulce de carácter , con un pelo casi blanco y unos ojos de un azul muy intenso, con la sonrisa siempre en los labios.  Después de café salíamos a la plaza del Obradoiro, entonces un inmenso parking, para ver los coches de lujo que estaban aparcados delante del Hostal. Comparábamos unos con otros y tomábamos notas para escribir a las fábricas y pedirles catálogos. Siempre respondían y recuerdo que los de la " Mercedes " junto al catálogo a todo color, enviaban un alfiler de corbata de plata con su imagen.    




De allí nos íbamos a la Rúa do Franco donde siempre ha habido más bares que portales. Nuestro destino era el " 34 " porque allí había una máquina de discos. Metías una moneda de cinco pesetas y podías ver un corto de un artista cantando su canción. No eran las típicas " jukebox ", pues nuestra máquina no solo permitía oír la canción, sino ver al artista cantando.

Las preferidas de mis compañeros eran las gemelas Kessler, dos espléndidas gemelas alemanas que eran como dos copas de champagne.  Rubias y curvilíneas , eran una pura sincronía de belleza. Ahora, al buscar datos sobre ellas en internet, acabo de leer ahora que en su testamento han pedido que sus cenizas se mezclen con la de su madre para estar siempre unidas.





Pero mi canción era siempre " Tous les garçons et les filles " de Françoise Hardy. Con un precioso vestido de campesina, la cantante iba desgranando la letra de su canción subida en el balcón trasero de un trenecillo que recorría el bosque de Bolonia. Nosotros esperábamos muy atentos a los momentos finales en los que, una ráfaga de aire venida de no se sabe donde, levantaba las faldas de la cantante y nos dejaban ver fugazmente sus piernas y su ropa interior. 





Después, entre contentos y apesadumbrados porque se había terminado la canción, nos íbamos a pasar el resto de la tarde por la Herradura, paseo arriba y abajo porque se nos había terminado el dinero del fin de semana. Y si llovía, cosa muy frecuente, nos tocaba recorrer los soportales de la Rúa Nova  hasta el momento de volver a nuestro encierro para toda las semana.









   

martes, marzo 19, 2024

" La magnolia ", prendas finas para niño y bebé


En la planta baja de la casa de mis abuelos había un pequeño local donde se vendía ropa para niños de buena familia, prendas de marca y  buena hechura para las criaturitas de familias de bien, que no tenía nada que ver con la que se vendía en alguna de las mercerías de los alrededores. La tienda era muy pequeña, apenas seis metros por diez a la que se accedía por la puerta situada entre dos pequeños escaparates en los que se exponían las prendas más hermosas como reclamo. Ropa de cristianar, mantones de bebé, vestidos bordados con nido de abeja y vestidos de primera comunión. En el interior dos pequeños mostradores en forma de " ele " y al fondo, tras una cortinilla, se entraba a una especie de tugurio lleno de cajas, donde no cabía más que una persona encorvada y el retrete al fondo. Y reinando en medio de este espacio estaban las " tres magnolias " que se movían sin parar y sin chocar entre ellas en lugar tan reducido, más aún cuando se añadían las clientas y sus retoños.  




Ese local se lo había alquilado en tiempos inmemoriales una señora a mi abuela y ella fue la iniciadora del negocio que llevaba con ayuda de una chica muy pizpireta que, a la muerte de ella, se hizo cargo del negocio y que lo tomó como si fuese ya propiedad suya. 

Esta primera " magnolia " a la que llamaremos Carmen era, en la época en la que conocí, una mujer cuarentona ajamonada, con una fosca melena muy negra, un cuerpo lleno de curvas y unos labios pintados de un rojo intenso, una sonrisa siempre fija entre pícara e inocente que le hacía parecer la protagonista de una película neorrealista italiana. Era la jefa del negocio y todas las demás la obedecían con total sumisión y su voz cantarina era la que prevalecía en todo momento.  

La segunda " magnolia " era Eloísa, segunda en el mando del negocio pero primera en edad, muy redicha en el habla, culona y educada, con chapetas rojas en las mejillas siempre encendidas como si las untase a conciencia con colorete y pelo rubio pajizo, como de rata. De todo sabía y de todo opinaba y tan solo se callaba ante la mirada admonitoria de Carmen.

La tercera " magnolia " era Celia una mujer anodina de edad indefinida, físico desvaído, que parecía una ratita tartamuda y que no pinchaba ni cortaba en el cotarro y que estaba siempre a las órdenes de sus hermanas. Era tan poca cosa que ahora que, a pesar del paso de los años conservo la imagen de las otras dos, de ella no recuerdo más que una nebulosa.




Pero la familia no se acababa ahí. Faltaba la mayor de las hermanas, Nicolasa, que reinaba sobre el local a distancia pues era quien controlaba todo desde el domicilio familiar, como si fuera una verdadera matrona romana. Con el tiempo añadió a las tres magnolias a una hija suya, Juanita, una verdadera belleza en la flor de la edad a la que solo afeaba un bracito y una mano que apenas habían crecido remoloneando con respecto al resto del cuerpo y que asemejaban mano y brazo de bebé, defecto que procuraba siempre ocultar con un pañito para que la gente no se apiadase de ella. Pretendían que Juanita heredara el negocio, como si de una familia dinástica se tratase, para seguir haciendo dinero mientras nos pagaban un alquiler de miseria que no había modo de actualizar. 

Y completaba el grupo familiar un hermano, Joaquín, el único varón entre tantas faldas que, todos los días a las ocho de la tarde, las esperaba en los soportales de la casa frente a los que estaba la tienda para acompañarlas y protegerlas en el camino de vuelta a casa, guiándolas como si de un rebaño de pavitas se tratase. En esa casa vivía una pareja muy curiosa a la que la gente llamaba " España y Portugal ": ella, España, era un mujer imponente con un pecho que iba tres pasos por delante de su cuerpo y de la que se decía que había tenido otros dos maridos y él, Portugal, un alfeñique siempre con abrigo tanto en invierno y verano. Pero volvamos a  Joaquín que mira el reloj mientras las espera.  Grande, rubicundo con el pelo bien engominado y oculto tras unas enormes gafas de sol, ceñido con el cinturón de la gabardina parecía un miembro de la " secreta ". Pero siempre, antes de pasar a recogerlas, se daba un garbeo por los cercanos wáteres que había en los jardines frente al convento de los capuchinos. 




Como el local era tan pequeño y ellas tenían muchas existencias le pidieron el favor a mi madre de usar uno de los amplios cuartos del desván de nuestra casa como almacén y no tener que dejarlo en su casa. Y esto convirtió las escaleras de casa en un lugar de desfile continuo a lo largo del día donde se sabía quien subía según el ruido que hacía: el taconeo fuerte y gracioso de Carmen, el andar como si se deslizase de Eloísa o el traqueteo saltarín de Celia que, normalmente, era la que cargaba con las cajas más pesadas. De vez en cuando aparecía por allí Carmen acompañada de un hombretón muy moreno con aires de patriarca gitano que les compraba la ropa pasada de moda con lo que sacaban género de en medio y, de paso, unas pesetas que siempre venían bien. Después aparecía la ratita y entre ella y el gitano bajaban cajas y cajas llenas de género. 

Los viernes a la tarde mi madre me había encomendad una tarea odiosa, que era limpiar los objetos de  plata que había en casa. Con parsimonia iba colocando toda la plata en una de las escaleras que iban de nuestro piso al desván y armado de paciencia, con un trapo y un bote de " Netol " iba poco a poco limpiando y sacando brillo a la plata. Uno de esos viernes oí el taconeo fuerte de Pilar y su parloteo acompañado de un ruido de pisadas fuertes. Era el gitano que había venido a llevarse maulas. 



Me saludaron al pasar y yo seguí sacando brillo. Al cabo de un buen rato oí pisadas sigilosas, como de un gato y apareció Eloísa que, haciendo  una señal con el dedo puesto ante los labios para pedirme silencio, pasó a mi lado y siguió camino del desván. De pronto un estrépito sonó sobre mis cabeza, unos gritos agudos estallaron como truenos y apareció el gitano bajando las escaleras como un rayo mientras se entremetía la ropa y poco después una Carmen llorosa seguida de su hermana iracunda. Apareció mi madre, me metió en casa tirándome del brazo y cerró la puerta de casa de golpe. Y ya no supe más. 

 

sábado, febrero 04, 2023

A PRAIA DE ARNELA

 Para Emilio que me ha dicho que ha tenido la paciencia de leer todo mi blog.



Un día ves una imagen en internet, lleva asociada un nombre que hace que salgan a borbotones los recuerdos y, de pronto, brota una cascada de imágenes que llevan archivadas en la memoria más de sesenta años. Eso es lo que me sucedió al ver una imagen de Arnela, una playa, entonces salvaje, a la que íbamos algunas tardes para sacudir la dulce modorra en la que se deslizaban las vacaciones en Fontán, entonces poco más que una aldea, a donde nos llevaban nuestros padres a pasar el verano.


lunes, marzo 07, 2022

tomar la tension

Dedicado a Vinicius Domingues por sus comentarios tan afectuosos como inmerecidos sobre mi pagina. Gracias 


Esta historia se inicia allá a principio de los setenta, cuando cursaba los primeros años de Medicina en la universidad de Valladolid.  Al volver a Galicia para pasar las vacaciones de Navidad mi madre, que por aquella época vivía en casa de su hermana, me tenia una sorpresa: no sé muy bien a costa de cuantos equilibrios económicos en aquellos años en los que se había convertido en una experta para hacer que una peseta cundiese como si fuesen tres, me había comprado un aparato para tomar la tensión, un tensiómetro Riester, pues para ella ya me veía como un médico en ejercicio, a pesar de estar en los primeros años de la carrera .



miércoles, febrero 02, 2022

dia de las Candelas de 1942

Si no fuese por la fiesta del dos de febrero, día de las Candelas, yo no estaría aquí. Esa fecha es día de muchas fiestas y romerías en Galicia y una de las fiestas más enraizadas en el mundo rural, en la que se celebra la purificación de la Virgen.
Bueno, vayamos con mi historia. Una tarde de mediados de enero de 1942, Cuarto Año Triunfal en el que las tropas patrias habían vencido a las hordas rojas, se oyó una escandalera  a lo largo del portal de casa de la abuela Mariana. La pobre Argentina, retorciéndose las manos agrietadas por la sosa y el agua helada del río, entró en el gabinete de la abuela diciendo que los señoritos venían dando voces como energúmenos desde el vecino Casino. Aún no se había apercibido a la pobre abuela de la que se le venía encima, cuando entraron como fieras el tío Luciano y el tío Curro con las caras rojas de cólera y las venas del cuello tensas como cuerdas de guitarra.




lunes, diciembre 07, 2020

la musica de mi vida





Todos tenemos en nuestra cabeza y en nuestro corazón una serie de canciones, un compendio de músicas que tienen un significado especial para nosotros y que forman parte de nuestra identidad, de nuestros recuerdos y que cuando las escuchamos de nuevo, de modo involuntario o buscándolas, abren el cajón donde guardamos las más profundas añoranzas,  los sentimientos más vivos. Voy a hacer una enumeración de aquellas que, por uno u otro motivo, están más dentro de mi.





Las melodías que recuerdo de mis primeros años van ligadas a la radio, aquel viejo aparato Telefunken de madera y baquelita que estaba en el cuarto de estar al lado de la imagen del Corazón de Jesús, ante la cual no faltaba nunca la lamparita de aceite prendida durante todo el día. Desde la canción del Cola-cao hasta la sintonía de " Matilde, Perico y Períquín o los discos dedicados: Para la madre más maravillosa del mundo de sus hijos  " Madrecita ", para Purita de quien ella sabe en el día de su onomástica " Dos cruces " o para Pedrito en el día más bello de su vida " Mi primera comunión " de Juanito Valderrama...
Cuando sonaba una romanza de zarzuela  mi padre, con mucho más entusiasmo que voz, se desgañitaba procurando emular al cantante mientras por la puerta asomaba mi madre para enfriarle el entusiasmo diciendo con dudoso cariño : " calla que tienes menos oído que un cocho ".
A la hora de la siesta todos nos apiñábamos alrededor de la radio para seguir el serial de turno: " Ama Rosa " hizo correr ríos de lágrimas a un vecino nuestro, un viejo coronel que comía en nuestra casa mientras la mujer veraneaba en la playa con sus hijos. O " las dos hermanas " en las que el desdichado protagonista, un hijo del pecado, reconocía a quien ers su madre al oírla cantar una nana en un cabaret en Tánger.
Y el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Dvorak que daba paso a Oliveras y " Ustedes son formidables " programa que buscaba la caridad y la solidaridad de unos españoles más pobres que ratas en la postguerra.




Tendría doce años cuando un primero de año descubrí el Concierto de Año Nuevo de Viena, entonces  dirigido por Willi Boskosky en el más austero blanco y negro de los televisores de aquella época y, desde entonces, creo no haberme perdido ninguno a lo largo de mi vida. 

Por aquellas fechas, la mujer de un tío mío, que se las daba de sensible e ilustrada, me informó que en salón de actos de la Falange se iniciaba un ciclo de música para culturizar a los tarugos con ánimo de refinarse y en el que podían escuchar los discos de las nueve sinfonías de Beethoven. En un salón polvoriento con los retratos de Franco y José Antonio al fondo, el erudito de rigor explicaba la sinfonía correspondiente y después reproducían el disco, procurando no hacer caso a los ruidos ni chirridos que se entremezclaban con la música y mientras yo miraba a hurtadillas a los que me rodeaban, adoptaba el mismo un aire de entendido que ellos, lo que me parecía el summum de la sensibilidad. 

Pero nada como la música en vivo, por eso todas las mañanas del domingo, después de soportar las odiosas partidas de cartas en casa de mi abuela doña María la Tiesa, me gustaba ir a la cercana Alameda donde la laureada Banda de Música de Lugo al frente del maestro Méndez, llamado cariñosamente Mendezkosky por los asistentes, ofrecía su concierto semanal en el quiosco situado frente al convento de los Franciscanos. En las traseras del quiosco se podía leer el programa escrito en una tablilla gris que iba desde el pasodoble " Ponteareas " al vals del Emperador y, sobre todo de  selecciones de las zarzuelas más populares.




En las fiestas de El Cristo de O Barco era un clásico la presencia de la afamada y laureada Banda de Música del Regimiento de san Quintín de Valladolid. Los grandiosos conciertos en la Plaza y su presencia marcial tras el Cristo en la procesión del 14 de septiembre es un recuerdo imborrable y hoy es el día que, oír una banda de música desfilar tras una imagen, me hace llorar como un tonto. Como en aquella época no había un hotel en el pueblo, los músicos se distribuían por las casas de vecinos y las chicas de servir estaban locas de contento al poder estar cerca del trombón de la banda o del flautín. Más de una boda precipitada salió de estas fiestas.

Mi primer disco fue un EP que compré en un bazar en los Soportales de la plaza Mayor de Lugo, cuando aún no tenía un tocadiscos donde reproducirlo. " Eleonor Rigby " y tres temas musicales más versionados por una orquesta, la de Paul Mauriat. Yo no hacía más que mirarlo pero no había modo de poderlo escuchar. Mi madre salió al rescate, comprándome un tocadiscos Dual, fabricado artesanalmente por un " manitas " que tenía su chiringuito en un entresuelo de la plaza de santo Domingo. A plazos de 30 pesetas mensuales, durante una montonera de meses, no sé muy bien a costa de cuantos esfuerzos por parte de mi madre, verdadera malabarista de las escasas finanzas familiares, finalmente tenía un flamante tocadiscos en el que reproducir el disco junto a otros dos que me había comprado: " La flor de la canela " de María Dolores Pradera y mi primer L.P. " Ideas " de Almas Humildes, un maravilloso disco que escuché hasta la saciedad y es hoy, aún el día que me emociona con todos sus temas, en especial " Tejiendo melancolía ". Poco a poco, todo el dinero que conseguía fue para aumentar mi incipiente discografía. Me subía al desván de casa con el tocadiscos y los discos y allí, sentado en un viejo sillón medio desfondado, pasaba las horas muertas leyendo y oyendo música.






Mis primeros años en Valladolid puedo etiquetarlos como " grises " y mi relación con la música en aquella época se ceñía a la que podía oír a través de un pequeño transistor a pilas de un compañero de la residencia que escuchábamos durante las horas que pasábamos en un estudio común. Una sala alargada e inhóspita, con suelo de baldosas rojas que chacoleaban al pisarlas, paredes marrones y una viga de hierro pintada de verde al lado de la única ventana y a la que acercábamos el transistor para oír música machacona que todavía recuerdo con desagradado. Los diablos" y su rayo de sol,  Formula V , Camilo VI, toda una cohorte de cantantes, siempre los mismos, que oíamos hasta la saciedad. Tan solo " Eloise " de Barry Ryan y la maravillosa " In da gadda de vida " de Iron Butterfly eran un feliz respiro.
Pero la verdadera utilidad del transistor era a partir de las once de la noche cuando todos los compañeros nos apiñábamos alrededor de la columna que nos servía de antena para oír las noticias de
Radio España independiente, más conocida como " la Pirenaica " en las que nos poníamos al día de todas las noticias que nos ocultaba la funesta dictadura franquista. La señal iba y venía y había que manipular el transistor de un lado al otro, siempre apoyado en la columna, para recuperarla, con ánimo de no perder detalle sobre el proceso de Burgos en el que juzgaba a etarras  o el proceso 1001 en el que se perseguía a los sindicalistas de comisiones obreras. 





El primer concierto de música " seria " que escuche en vivo fue en el teatro Carrión con la Orquesta ( no sé si sinfónica o filarmónica)  de Valladolid con un programa que incluía la quinta sinfonía de Beethoven. Lo que si recuerdo es que la primera violín llevaba el brazo lleno de pulseras y cada vez que movía el arco hacía tintinear todo el pulserío...se ve que le dijeron algo porque, después del descanso llevaba el brazo desnudo. 
Toda mi vida dio un vuelco fundamental al conocer a Alfonso en septiembre de 1972, lo que afectó también al ámbito musical. De repente, la música se convirtió en una parte transcendental de mi vida y así ha seguido siendo durante todos estos años. La tarde que nos conocimos tuvimos como fondo el disco de Miles Davis "Sketches of Spain ", que puso una y otra vez a lo largo de las horas que pasamos juntos. Y su Saeta o su Soleá  me siguen emocionando como el primer día.   
Todas las parejas tienen lo que puede llamar " nuestra canción ".  " Without you " de Harry Nilson, es la nuestra desde que la oímos por primera vez en un bar cercano a la calle Santiago, como testigo de nuestras primeras andanzas juntos: 
   "No, no puedo olvidar esta noche
    O tu cara cuando te ibas
    Pero supongo que así es como va la historia
    Siempre sonríes pero en tus ojos se nota tu dolor..."

Empecé a conocer y a disfrutar de todo tipo de música, de la copla a la clásica. En aquella época se produjo la eclosión de Mahler, tras el éxito del adagietto de su quinta sinfonía en " Muerte en Venecia "y sus nueve sinfonías en la versión de Kubelik sonaban continuamente en el viejo y renqueante tocadiscos de Alfonso.
Serrat se convirtió en uno de los cantantes preferidos y su " Mediterráneo " en un referente emocional de nuestra vida. Es una de esas personas entrañables, como un amigo de toda la vida y, aún ahora, cuando no tiene apenas voz ni fuelle, emociona oírlo. Su disco dedicado a Antonio Machado sonaba una y otra vez en nuestra hasta aprendernos los poemas de memoria. 
En el otoño del 72 estaba Alfonso en cama, enfermo con anginas y le compré el disco con poemas de Miguel Hernández, todos ellos de una gran belleza, pero el que se convirtió en nuestro emblema fue la " Elegía por Ramón Sijé " cuyos últimos versos están grabados en lo más hondo de nuestro corazón
  "  A las aladas almas de las rosas
      del almendro de nata te requiero
      que tenemos que hablar de muchas cosas
      compañero del alma, compañero ".




Fueron los años de nuestra buhardilla en Valladolid y lo que iba a ser un refugio de los dos lo convertimos en un nido de acogida de amigos donde todo el que quería entraba y salía, llevando nueva gente que hacíamos sentir como en su casa...o mejor que en su casa. La música sonando continuamente y fueron los años de " La estaca " de LLach, de la ristra maravillosa de cantantes sudamericanos con Violeta Parra, la " Amanda " de Víctor Jara, Los Quilapayún, de Camarón y su " Canastera "...  

Del 72 al 75 Valladolid era un hervidero de movimiento social durante los últimos años de la dictadura con las huelgas de la Fasa por un lado y la agitación en la Universidad por otro, que culminó con su cierre en febrero del 75 después de estrellarle unos huevos en la cara al rector. Era cosa de no perderse ninguno de los recitales de los cantantes contestatarios que pasaban por la ciudad.  
El recital de Oskorri en el viejo paraninfo de la facultad de medicina de Valladolid es el primero que recuerdo. Al final nos esperaba una doble fila de policías en la salida a modo de testigos en una boda y que, porra en mano, la iban descargando de modo discrecional sobre los lomos de los que habíamos estado dentro.
O el de José Menese con su guitarrista Melchor de Marchena que dieron un recital gratuito en un aula de la facultad de Medicina. Nunca podré olvidar la imagen del guitarrista, atildado y pulcro, afilando las uñas en una caja de cerillas. En mitad del recital se abrió una puerta y una voz desde fuera gritó " La policía ha asesinado un estudiante en Santiago ". Salimos todos en tromba y, ya en la calle, nos unimos a la gente de Ciencias para confluir todos en la plaza de la Universidad donde ya esperaba la policía.
Y Pi de la Serra dando recitales por las parroquias de barrios obreros, o una joven Elisa Serna haciéndonos vibrar con su " Esta gente que querrá " y el resto de sus canciones, entonces censuradas. 





En el 85 nos fuimos de vacaciones a Ibiza. Era nuestra segunda visita a la isla. La agencia de viajes nos endilgó un hotel cutre, pero encontramos un maravillosos restaurante vasco donde cenábamos todas las noches.. Durante el día hacíamos siempre el mismo recorrido: media hora en un bus traqueteante hasta llegar a un descampado donde empezaba a aparecer gente que parecía ir en peregrinación entre pinos resecos y bajo un sol de justicia, hasta llegar al paraíso que buscábamos. Un inmenso arenal donde podíamos practicar el nudismo con libertad, lo mismo que toda la ristra de peregrinos con los que compartimos camino.
A mediodía nos acercábamos al chiringuito para comer una hamburguesa o una ensalada, mientras siempre sonaba la misma música: " One more kiss, dear " de la película " Blade Runner " , canción que desde entonces asocio con sol, arena y libertad.  




La copla siempre ha tenido un lugar importante en nuestra vida y tal vez sea el espectáculo "Azabache " que tuvo lugar durante la expo de Sevilla de 1992 el más paradigmático. Una Rocío Jurada con toda la fuerza de un volcán y una Juana Reina ya en el ocaso de sus fuerzas donde, a pesar de que su voz no era más que un recuerdo, podía emocionar cuando vivía las canciones, transmitiendo toda la emoción posible en " Y sin embargo te quiero ":
   "Eres mi vía y mi muerte,
    te lo juro, compañero,
    no debía de quererte,
    no debía de quererte
    sin embargo te quiero.


 La ópera. No recuerdo bien el momento, pero sí el lugar. Para las largas horas de las guardias en San Juan de Dios, una radio Vanguard, un enorme mamotreto, era la mejor compañía. Cuando sonaba un fragmento de ópera, automáticamente movía el dial a otra emisora,  hasta que una tarde sonó un fragmento de " La Traviata ", aquel en el que agoniza Violetta y me quedé prendado. A partir de entonces, cada vez que sonaba una ópera la escuchaba con atención. durante un fin de semana le comenté a Alfonso lo que me había pasado y él también comenzó a oír ópera y poco a poco fuimos apreciándola más cada vez.




Empezamos a ver alguna función de ópera en los dos teatros que entonces tenía Burgos, normalmente con compañías de tercera procedente de los países del Este. Recuerdo en un " Elixir de amor " cuando Nemorino agarró la maleta para entonar " una furtiva lácrima ", soltó un gallo y se quedó mudo. O una " Madama Butterfly"  montada en la plaza de san Juan de Burgos en la que las cantantes, bajo el quimono llevaban jerséis de cuello alto para protegerse del airecito burgalés.
Al cabo de un tiempo nos enteramos que había un grupo de personas de Burgos que iban a las funciones de ópera que se representaban en el teatro coliseo Albia de Bilbao y que teníamos posibilidades de acudir también. Y en ello nos embarcamos. Conseguimos hacernos socios de la ABAO y, a partir de entonces, acudir a las funciones allí montadas durante la temporada. La sociedad nos ponía una autobús que nos llevaba de modo gratuito de Burgos a la puerta del teatro y que, una vez terminada la función, nos devolvía a casa.
Nuestras localidades estaban en lo más alto del teatro, en un quinto piso al que se accedía por unas escaleras grises y tétricas y desde nuestro asiento veíamos la escena muy, muy lejos pero nos sentíamos en la gloria. Los montajes de las óperas eran muy pobres y todo lo resolvían con escaleras en las que se pasaban los elementos del coro subiendo y bajando continuamente mientras lanzaban sus gorgoritos.
Tan buena como la ópera era el descanso. En cuanto se encendían las luces bajábamos a la carrera los cinco pisos para trepar como gamos los tres de la casa contigua donde estaba la sede del orfeón y su bar donde servían los más maravillosos pinchos de tortilla. Normalmente era una amiga, Ana, la más ágil y la primera en llegar a la barra y aprovisionarnos a todos, tomada al asalto por muchos melómanos tan tragones como nosotros.



Después de acudir tres o cuatro temporadas al viejo coliseo, se cerró este y en febrero de 1999 nos pasamos al nuevo y esplendoroso Palacio Euskalduna cerca de la ría de Bilbao. Era como pasar de la noche más lóbrega a un cielo luminoso. Se inauguró la temporada con la " Kovanschina " de Musorgski en un montaje del teatro Mariinski y fue como acceder a un nuevo mundo maravilloso.
 Al ascender en la escala social musical, también cambió el espectro de las personas que íbamos en el autobús de Burgos y empezaron a aparecer los brillos y las pieles. Las señoras de la mejor sociedad le hacían coro al dueño de la ciudad y su mujer que acudían a la ópera con el pueblo, y lo recibían con grititos de " Michel, Michel " con las bragas en la mano. Pero una vez en Bilbao todos entrábamos al templo para acudir religiosamente a una nueva función.
En el 2012, tras nuestro traslado al levante, dejamos con gran pena de ser socios de la ABAO y al año siguiente nos hicimos miembros de la ópera de Valencia en el teatro de les Arts donde disfrutamos de varias temporadas maravillosas mientras duró el dinero que regaba alegremente el gobierno comunitario. Pero llegó la crisis, se cerró el grifo y la categoría de las funciones decayó de modo manifiesto y, con gran pena, dejamos de asistir de modo regular.




Volvamos al año 2000. A través de uno de los amigos que acudía a la ópera de Bilbao nos enteramos de que se iban a montar todas las óperas de Wagner en Berlín en un periodo de dos semanas. La locura, pues Alfonso se había convertido en un wagneriano enfervorizado. Conseguimos dos abonos para todas las funciones y allá que nos embarcamos. Nos acompañaron en el viaje Felix y Oscar y nos alojamos en un hotel maravilloso, el " Transit "... pero esta es otra historia.  
Dirigidas por Daniel Baremboim y montadas en el Staastoper Under den Linden de Berlín disfrutamos del " Anillo " y de seis óperas más de Wagner y fue para nosotros como acceder a otro mundo. Delante de nosotros se sentaban tres mujeres de Barcelona que eran como las tres hadas de la película " Blancanieves " y, a lo largo de las funciones, fuimos tomando confianza con ellas. Una decía " por un Verdi no voy ni a Tarrasa, pero por Wagner voy de rodillas a donde haga falta. 
Fueron unas sesiones de ópera maravillosas entremezcladas con un par de conciertos de Pierre Boulez en uno de los cuales celebró su 85 cumpleaños. Y un recital de Thomas Qusathoff con Baremboim en el que escuchamos el " Viaje de invierno " de Schubert, para el que me faltan palabras con las que describir la emoción sentida.
Volviendo a las óperas, cuando terminó la función de " Tristán e Isolda " en la cual Baremboim hizo alargar las notas hasta un nivel inaudible, tras un largo silencio de toda la sala, estallaron los aplausos y una de las tres abuelitas se volvió y dijo " ahora se podía una morir feliz ".
Otro capítulo importante fue Bayreuth. Desde que fuimos a Berlín, Alfonso tenía el sueño de poder acudir a la meca wagneriana pero era algo un tanto difícil, pues conseguir entradas no era sencillo. Hay el sistema de apuntarse a un listado y renovarlo cada año para, con un poco de suerte, conseguir entradas al cabo de unos diez años de perseverancia. Otro es comprar entradas en agencias de viaje especializadas a precios prohibitivos. Optamos por el tercero: hacernos socios de la asociación que gestiona el festival pagando una cuota anual elevada pero en la segunda temporada logramos entradas para ver el "Anillo "  en agosto del 2015.   





Fueron unos días especiales. Alfonso acudió entregado, pero yo fui con reservas que se disolvieron en cuanto acudimos a la primera función. Nos llamó la atención ver a todos los asistentes elegantemente vestidos y con un cojín bajo el sobaco...pero después de estar cinco horas sentados sobre un duro asiento de madera lo comprendimos. En la sala ya, se apagaron las luces y de pronto la música pareció surgir de las entrañas de la tierra y nos envolvió por completo, una sensación nueva que nunca habíamos vivido hasta ahora. Dejando a un lado los esperpénticos montajes, fruto del delirio de los escenógrafos, disfrutamos cada minuto de los espectáculos.
De todos modos yo soy admirador acérrimo de Puccini y todas sus heroínas me llegan a lo más hondo. Puedo ver una " Tosca " una y mil veces sin cansarme y creo que su " e luchevan le stelle "nunca dejará de emocionarme.




Y como cuando se tira de una cereza en un cesto salen otras, así nos pasó con gente con la que hablábamos en los descansos en Bayreuth y de allí salieron otros destinos. El mejor de todos fue Munich y su festival de verano al que acudimos varios años, con la fortuna de disfrutar de muchos y buenos momentos. Munich es una ciudad en la que nos sentimos muy cómodos. Lo maravilloso de la opera en Alemania es que puedes ver espectáculos como si uno viese al Barça en el Nou Camp y tuviésemos que pagar como si estuviésemos viendo a la Cultural Leonesa, al contrario que en España que, cuando vas al Teatro Real están viendo a un elenco a la altura de la Ponferradina y te cobran como si estuvieses en un palco del Bernabéu.
Este año teníamos preparado un nuevo viaje a Berlín para disfrutar de media docena de montajes. Entradas ya compradas, vuelo reservado...y llegó el maldito bicho. Confinaditos en casa, ni viaje ni puñetas. Pero como los alemanes son tan serios nos devolvieron el dinero íntegro de las entradas. Otra cosa es el vuelo, pero es que los que han de devolver el importe son los de Ryanair...y esto es más difícil que las ranas críen pelo.   



Antes de terminar con este capítulo quiero recordar los grandes momentos que hemos vivido los últimos años gracias a la orquesta  ABBA de Alicante a cuyo frente hay un director que transmite vida en cada concierto y que, cada actuación es mejor que la anterior, Josep Vicent. Hemos podido disfrutar de grandes orquestas internacionales y de excelentes solistas y que, en contra de lo habitual en España, lo hacemos a un precio moderado.  
Ahora solo nos queda esperar la soñada vacuna que nos permita volver a viajar y salir de este pozo en el que estamos todos metidos...que sea pronto. Ojalá.  
 
    


jueves, abril 23, 2020

No todo es fotografía en Instagram




Cuando abrí una cuenta en Instagram fue con idea de que se trataba de un espacio en el que compartir fotografías, donde yo podría presumir un tanto de las mías, al tiempo que tenía acceso a los archivos de otras personas con imágenes de sus viajes, retratos, etc. Pero pronto comprendí que era algo muy distinto, que por una persona verdaderamente aficionada a la fotografía que me saludaba, me encontraba con montones de otras que tenían cualquier propósito menos ese.
Así que voy a contar alguna de las experiencias que he tenido a lo largo de este tiempo y el modo en que se han producido los contactos..




miércoles, enero 16, 2019

Yo fui un chico del Preu






Yo también fui uno de los chicos del Preu. Como en el colegio donde estudié los dos últimos cursos de bachillerato no se podía cursar, mis padres buscaron un colegio en el que poder hacerlo. No recuerdo bien por consejo de quien me matricularon en el Colegio que los Hermanos de La Salle de Santiago de Compostela, aunque es muy posible que fuese de  una charla en la peluquería entre mi madre y la madre de Bruno,  un compañero de clase.










sábado, marzo 10, 2018

la fiebre

Estaba tan tranquilo en el sofá del cuarto de estar, luchando con el sueño mientras intentaba leer una novela de Millás cuando un fuerte viento se levantó sacudiendo los cuarterones de las ventanas. Me espabilé al punto, porque el aire me da mucho respeto y vi a través de la ventana que el cielo se había puesto negro, de ese negro amenazador que encierra toda la lluvia del mundo en sus entrañas. Pensé que tendría que levantarme para sujetar las contraventanas y, no sé como, recordé que el tendedero del patio estaba lleno de ropa limpia y seguro que ya seca. Sacudí la pereza, levanté el culo del sillón y salí al patio con idea de recoger la colada. De pronto, una ráfaga de viento, hizo que una sábana me azotase la cara y, con ello, me llegó el aroma a ropa limpia. Como  si se tratase de la magdalena de Proust, no sé bien por que asociación de ideas, ese olor despertó en mi el recuerdo de cuando era niño y tenía fiebre.




sábado, septiembre 30, 2017

EL NIÑO

Al llegar al colegio esa mañana, el niño se encuentra con la agradable noticia de que esa mañana no hay clases porque se ha muerto en Roma el papa Pío XII, al que los niños le llamamos el " pío pío " y que tenemos que arrear todos para el funeral en la catedral...mira por donde que ocasión más buena para hacer la pirula. Así que, en lugar de ir a la catedral tira en sentido contrario y va callejeando hasta el mercado, que allí siempre hay cosas que merezcan la pena.







sábado, septiembre 23, 2017

El fraile cachas, la monjita alegre y el " pobre Chipirón "

Corrían mediados los años setenta. Por entonces, al mismo tiempo que me preparaba como residente en Pediatría, trabajaba de médico de guardia en una clínica de los Hermanos de san Juan de Dios que, aparte de ser los propietarios del centro, se encargaban de los pacientes varones del mismo. Para la parte femenina de la clínica, las hermanas de la caridad de santa Ana ( que, serían algo así como las tías de la Virgen, digo yo..) eran las que controlaban a todas las pacientes ingresadas. Dos mundos contiguos que se rozaban, sin llegarse nunca a mezclar: los frailes por un lado, las monjas por el otro, con sus correspondientes clausuras separadas por un muro infranqueable.
En medio de la clínica, separando y uniendo ambos mundos, estaba la capilla y ante esta el hall y en un lado la garita de información casi toda ella ocupada por una centralita de teléfonos, de esas de clavijas que recibía llamadas de la calle y las pasaba a las habitaciones o que servían para las comunicaciones internas del centro.




domingo, mayo 21, 2017

Lugo, hacia 1960. Mis profes del instituto masculino




Lo mismo que nunca he podido ni deseado olvidar a mis dos primeras maestras de las que ya he hablado en otra parte de este blog, más de una vez me vienen a la memoria los profesores que lidiaron conmigo los cuatro años que cursé bachillerato en el instituto masculino de Lugo, allá por los primeros años sesenta del pasado siglo. Un edificio alargado de granito alternando la piedra grisácea con zonas pintadas de blanco, situado en la avenida que desde la glorieta en la que desemboca la calle Obispo Aguirre lleva hasta la entrada del parque Rosalía de Castro . En aquella época, una margen de la avenida la ocupaba el edificio del instituto y la otra unos cuantos chalets de diverso tipo, predominando el racionalista y que terminaba con el mazacote gris de la Audiencia. En el centro un paseo de tierra con los bancos de piedra para que se pudieran sentar los abuelos que esperaban la salida de sus nietos. Y todo ello, bajo los tilos.






domingo, abril 16, 2017

Un Jueves Santo de mi infancia

La semana santa de antaño no tiene nada que ver con la actual. Es sabido que la España de los primeros años del franquismo a lo largo de esos días no solo era gris, sino que se tornaba morada o negra. Los recuerdos que voy a compartir son de mediada la década  de los cincuenta cuando la situación era todavía muy dura, aunque yo no me podía quejar lo más mínimo porque pertenecía a una familia de las que habían ganado la guerra y todavía no me enteraba de nada. De todos modos, al crecer en un mundo gris y desconocer la existencia de toda la gama de tonos que integran el arco iris, hacía que me pareciese vivir en el mejor de los mundos posibles, como decía Cándido.






lunes, marzo 27, 2017

Tío Chisco, el boticario


Tío Chisco era el marido de tía Nieves. Todos los veranos, después de pasar la temporada en la playa, continuábamos las vacaciones en su casa coincidiendo con las fiestas del Cristo a las que seguían las vendimias, lo que convertía esta época en la mejor del año, junto con las navidades.
Pequeño de estatura, el cuerpo fibrado por las largas caminatas por el monte o el empleo de la bici, con la piel atezada todo el año por idéntico motivo y  por los baños en las playas recónditas del Sil, la cabeza morena y brillante como una bola de marfil, de genio adusto en apariencia, pero con un corazón que no le cabía en su cuerpo enjuto. A mediodía, en cuanto se le veía aparecer montado en la bici por el pico de la huerta todos los niños nos poníamos firmes como reclutas porque no soportaba jaranas. Era todo un espectáculo verlo llegar hasta el pie del gallinero, dar un giro completo con la bici y saltar como si fuese un vaquero de su caballo y sacarse las pinzas metálicas de las perneras el pantalón. Era la hora de comer y los niños desaparecíamos de la solana para que comiesen los mayores solos, mientras nosotros nos peleábamos por las patatas fritas o las croquetas en la mesa de la antecocina.




sábado, noviembre 26, 2016

Quiero una muñeca¡¡

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de cuando era crío, era el deseo de tener una muñeca. La deseaba con todas mis ganas y me moría de envidia cuando veía a las niñas jugar a las casitas con ellas en el parque cercano a casa. Pero mis padres nunca llegaron aceptaron comprarme una porque era un niño, decían, y con las muñecas solo jugaban las niñas, los niños han de ser valientes y no andar con esas cosas para no volverse unos mariquitas.


martes, junio 16, 2015

Trasteando por el desván

Hace mucho que no subo al desván de la memoria, donde adormecen en el baúl los recuerdos, para rebuscar entre farrapos y nostalgias momentos de cuando era crío. Con los años, los recuerdos de la infancia se van haciendo más vivos  y la niebla del tiempo les quita todas las asperezas para mantener sólo aquellas sensaciones agridulces que nos permiten seguir adelante.