lunes, octubre 19, 2026

Mis casas.IV

Por aquellos años mi madre vivía en casa de una de sus hermanas pues no teníamos domicilio propio y era en casa de tía Geles donde nos reuníamos mis hermanos y yo durante las vacaciones escolares. La familia de mi padre tenía un piso vacío en la casa que poseía en el centro de Lugo, por lo que nos pareció lo más lógico que podíamos ocuparlo nosotros. Pero la cosa no fue tan fácil como habíamos pensado. Mi padre había muerto sin testar, lo mismo que sus padres y sus abuelos, con lo cual los problemas hereditarios eran muy complejos. Los hermanos de mi padre no estaban por hacernos las cosas muy fáciles pues no daban su brazo a torcer en las arduas negociaciones entre mi madre y ellos, pero al final se resolvieron todos los obstáculos y pudimos ocupar el piso vacío y convertirlo en nuestro hogar. Se trata del tercer piso en una casa en el centro de la ciudad que posee con una hermosa fachada de granito,  blasonada con escudos que, a buen seguro, una de las hermanas de mi padre había llegado a pensar que pertenecían a nuestros antepasados.





La planta baja de la casa la ocupaban una tienda de ropa infantil y una joyería. Por aquel entonces en el primer piso vivía una hermana de mi abuela y en el segundo dos hermanos de mi padre. De mi tío poco puedo decir pues era una persona con poco carácter, aunque recuerdo en su favor que tenía una pequeña biblioteca en su dormitorio donde empecé a aficionarme a la lectura y un laboratorio fotográfico en el desván de casa donde me dejaba ver como revelaba las fotografías. En cuanto a su hermana, mi tía, era alguien muy especial, por decirlo de alguna forma. En los círculos " bien " de la ciudad gozaba de gran popularidad y tenía fama de ser alegre y simpática,  pero de puertas adentro era  todo lo contrario. Todavía hoy la recuerdo en las noches de verano, en las que teníamos las ventanas abiertas de par en par, las voces alegres y las risas con las que se despedía de sus amigos en la calle y, nada más traspasar la puerta de nuestra casa, su cara adusta y su voz avinagrada. Irascible y con un carácter endemoniado, nos hacía temblar de miedo, mientras mi madre nos suplicaba en voz baja que no dijésemos nada " para que haya paz "...maldita sea la paz.




Reapareció por casa un  antiguo amigo de mis padres, el viejo general que había sido nuestro vecino en los pabellones militares que, con cara compungida ,venía a dar consuelo a mi madre mientras intentaba toquetearla. Lloriqueaba mientras le contaba a mi madre que su  mujer ya no le daba nada de lo que él necesitaba y pensaba que una viuda joven podía aliviarlo. Mi madre estaba desesperada porque no sabía como rechazarlo y llegamos al extremo de que, cuando aparecía este pellejo, esta se encerraba en un armario para que dijésemos que no estaba en casa. Hasta que un día, armándose de valor y con ayuda de  mi hermano mayor lo puso de patitas en la escalera con la orden de que no volviese más. 

En estos años yo seguía en el colegio de Valladolid y únicamente iba a casa en vacaciones.  Mi madre estaba sola la mayor parte del día y pensamos que lo mejor era vender el piso de Lugo y comprar otro en el pueblo de mi madre, donde tenía al resto de su familia. Pero chocamos de nuevo con la madrastra de Blancanieves que no quería que se rompiese la herencia familiar bajo ningún concepto. Acechaba en las escaleras a los presuntos compradores y los espantaba con no mil y una historias truculentas o mediante improperios, o metía palillos en nuestra cerradura para que el agente de la inmobiliaria no consiguiese mostrar el piso. Al final , no sin gran esfuerzo, logramos encontrar comprador en un sujeto que pretendía usar el piso para sus hijos estudiantes: Con el importe pudimos comprar otro nuevo en el centro de O Barco y allí vivió mi madre hasta su final y que fue nuestro refugio en las vacaciones.    




Pero volvamos a Valladolid. Yo tuve la inmensa fortuna de encontrar a Alfonso, mi compañero de toda la vida y allí dio todo un giro copernicano. Nos conocimos en un acto cultural en la entonces " mezquita de Ben-y-mea" del Campo Grande y desde el primer momento nos planteamos que era necesario un lugar donde estar libremente los dos. Alquilamos un bajo en el barrio de san Andrés en una calle estrecha y poco luminosa muy cerca del antiguo cine Lafuente que, con los años, se convertiría en una sala X. La entrada al bajo era a través del patio donde estaba la letrina y la vivienda tenía una cocina y una habitación que amueblamos con trastos  recogidos de la basura y con una cama que hicimos con tablones de embalaje.  Las contraventanas tenían que estar siempre cerradas, pero eso no obstaba para creer que era un paraíso.  Pero pronto nos lo destrozaron. Una tarde al llegar a casa encontramos la puerta abierta y vandalizadas las cuatro chucherías con las que adornábamos la habitación. Sentimos que nos habían invadido nuestra intimidad y decidimos cambiar de sitio.








A todo esto y a nivel digamos que oficial, mi domicilio seguía siendo en el colegio de la calle Muro. Todas las noches después de cenar subía al dormitorio comunal, arrugaba la cama y la dejaba como si hubiese dormido en ella. Salía a escondidas y me iba a nuestra casa y por la mañana temprano, antes de que los guardas, viejos militares jubilados, despertasen al resto de los estudiantes, yo volvía al colegio y me encerraba en el estudio como si hubiese estado allí toda la noche trabajando. Los guardas felices conmigo porque era de los pocos que no remoloneaban por la mañana a la hora de levantarse y no los hacían pelear para echarlos de las camas. En tres años no se enteraron de la superchería y nosotros pudimos dormir felices. 





Decididos a encontrar un lugar donde poder estar juntos tranquilamente ,buscamos un nuevo refugio en esa zona hasta que encontramos una buhardilla en el edificio de la " Casa del Bacalao " en el Caño Argales, una plaza situadas a espaldas de la tapia de mi colegio. Por 700 pesetas al mes teníamos una vivienda más amplia con cocina de carbón, una habitación con una tronera donde poníamos las plantas y otra interior con la cama, la mesa camilla y la estantería donde íbamos acumulando libros y discos. En el pasillo estaba un retrete con compartíamos a medias con los otros vecinos de la buhardilla y que limpiábamos por semanas. Estos vecinos eran un grupo muy curioso formado por un matrimonio en el cual el marido era mucho más joven, un hermano de la mujer, el pobre Felipe, un bebé y una adolescente. Las broncas eran diarias y al pobre Felipe, el único que trabajaba de modo habitual, le sacaban los cuartos y le sacudían la badana...y nosotros oíamos la bronca a través del ventanuco de la cocina. Un poco más abajo, en el tercer piso vivían el tío Ignacio y la tía Justa, una bendita que muchos día me subía un puchero caliente las noches que me quedaba a estudiar.




Pronto la buhardilla dejó de ser nuestro refugio en exclusiva para aceptar a un grupo de gente con la que compartíamos todo. Los amigos fijos traían a otros amigos y aquello se convirtió en una especie de ateneo. Leíamos poesía, teatro de Fernando Arrabal, sonaba música de Víctor Jara y Violeta Parra o de Camarón o pasábamos cine prohibido en super 8 ( " La madre ", " Acorazado Potenkin ".. ). O se hacían reuniones clandestinas de los sindicalistas de la Renault que estaban efervescentes o guardábamos los panfletos para lanzar en las manifas... Aparecían los amigos que nos contaban que practicaban sexo tántrico, o aquel otro que se vanagloriaba de haber tenido algo que ver con el Bosé...Todo tenía cabida y nada nos sorprendía. 



Durante mucho tiempo todo fue como la seda hasta que empezaron a aparecer los enamoramientos, los celos y las ansias de que cada uno descubriese su vida íntima. Se fue todo al traste y aquella debacle coincidió con el fin de mis estudios y de mi estancia en Valladolid. Pero esta será la próxima historia. 





martes, junio 16, 2026

mis casas. III

 

Tras el ascenso en el escalafón de mi padre nos vimos obligados a dejar los pabellones militares de Lugo de modo un tanto precipitado por lo que nos trasladamos a un piso en la cercana calle Germán Alonso, fuera de murallas, donde vivimos unos escasos meses. Recuerdo que el piso, un primero, era amplio, muy luminoso y con una gran terraza que compartíamos con nuestros vecinos, personas muy amables, en especial la mujer que era muy activa y alegre. Con ella y mi madre salimos muchas tardes de ese verano a caminar hacia las afueras de la ciudad pues nuestra calle en aquella época desembocaba prácticamente en el campo. De estas caminatas tenían especial importancia las de los lunes en los que hacíamos el recorrido hasta la parroquia de san Martiño en Hombreiro para rezarle a un san Nicolás rural y cumplir los " tres lunes de san Nicolás " para conseguir un deseo: que me ayudase con  el próximo examen de la Reválida que había suspendido en junio. Y no sé si por suerte o por la intercesión del santo, porque no recuerdo que yo me hubiese matado mucho a estudiar, aprobé en septiembre. Mi padre, tras su ascenso, hacía elegido destino en Monforte de Lemos para dirigir la Caja de Reclutas, porque siempre decía que  "es mejor ser cabeza de ratón que cola de león   "y allí fuimos a dar con todos nuestros bártulos  a finales de verano. 






Nuestro nuevo domicilio estaba en la primera planta de la Caja de Reclutas que iba a dirigir mi padre y no era una vivienda dicha pues  se entremezclaban nuestras habitaciones con los despachos oficiales.  En la planta baja estaban el resto de las oficinas y un salón enorme en el que se tallaba y se exploraba a los nuevos reclutas de la zona.  La otra mitad del edificio era por aquel entonces un grupo escolar. Y en la actualidad el edificio entero alberga los juzgados. Empezamos a adaptarnos a la nueva ciudad y mis hermanos y yo empezamos el nuevo curso en el cercano colegio de los padres escolapios.  
Por la mañana las oficinas funcionaban en el horario habitual pero a mediodía se cerraban y quedaba un soldado de guardia...pero solo en teoría. La gran mayoría de los días ,después de que el soldado comía en la cocina de casa, mi madre le decía que conectase la centralita de teléfono con nuestra vivienda para irse a su casa, pues todos eran de aldeas cercanas a Monforte. Y nosotros hacíamos la guardia hasta el día siguiente. Los domingos a la mañana yo salía al balcón e izaba la bandera nacional en el mástil y la dejaba hasta la noche.





Recuerdo con gran afecto a la mayoría de las personas con las que nos tocó convivir. Tan solo recuerdo con desagrado a un comandantito que vino destinado desde Canarias y se trajo con él su Volkswagen.
El susodicho usaba mostacho enhiesto, cara de cemento armado y calzado con altas botas de caña y espuelas. Todos los días cogía por banda a un soldado y, en el lateral del edificio, hacía que le lavase el coche entre gritos e insultos. Hasta que un soldado se quejó a mi madre del mal trato, esta se lo contó a mi padre y esté puso firme ante él al comandante y le leyó la cartilla, con lo cual se acabó el lavado del coche y, por consiguiente, el sufrimiento de los soldados.
Fueron años muy felices, hice muy buenos amigos y allí nació mi afición por la lectura. En la librería Bolaños una dependienta, a la que le había caído bien, me tenía  guardados todos los libros que yo quería leer y empecé a gastar todas las perras que conseguía en libros de Plaza y Janés. Pearls S. Buck, Steinbeck, Vicky Baum... Libros que aún conservo con mucho amor. 





El ser " hijo de la autoridad " te daba una gran ventaja en la vida diaria. La más importante para mi es que podía entrar gratis en los dos cines de la ciudad. El más elegante era " El Capitol " todo decorado en rojo  donde pude ver sin ningún problema aquellas películas 4R ( es decir las clasificadas como " gravemente peligrosas " según la censura eclesiástica vigente ) lo cual me permitía alardear ante mis compañeros del colegio que veían la entrada prohibida a películas como " Esplendor en la hierba " o" Días de vinos y rosas ". Pasaba como un pavo por delante del portero que se inclinaba ante mi y me arrellenaba en mi butaca para ver la peli después de comprar cacahuetes y unos caramelos triangulares de limón a un rubio chiquillo que, con su chaquetilla blanca  y el cajón con golosinas colgado al cuello se movía por el patio de butacas.





El " Teatro Lemos " estaba al otro lado de la calle y era un enorme edificio destartalado y gris donde pude ver a un Antonio Machín cantando ya al final de su carrera o a un Pepe Blanco estragado ya por el alcohol. Había un tercer cine, " La fraternal " pero solo fui en una ocasión pues estaba muy alejado, en el barrio de la Estación y era el nido de los ferroviarios, todos ellos " rojos " según oí decir a mi padre.
Mi vida transcurría entre las clases en los Escolapios y mis tardes de cine.
Recuerdo que en una semana de fiestas patronales alterné viendo " Rebelión a bordo " y " El mayor espectáculo del mundo " pasando de un cine a otro unas tres o cuatro veces cada una
 Y por aquella época me di cuenta que mis aficiones no se dirigían hacia las chicas, lo cual nunca me produjo el menor trastorno y más de un atardecer derramé mi energía sobre la hierba al pie del torreón de los condes de Lemos en compañía de Manoliño, un amigo de correrías.  
 
  



Y allí mi hermano mayor se enamoró, creó su familia y allí se quedó toda su vida.
Acabé el bachillerato y me tuve que trasladar a Santiago para seguir mis estudios en el colegio de La Salle, historia que he contado en alguna otra parte de este blog. A mitad de curso, falleció mi padre y cuando se terminó ya no volví a Monforte a vivir.
A la muerte de mi padre nuestra situación no era nada favorable pues mi madre tardó muchos meses en cobrar la pensión y no teníamos ningún tipo de ahorros. La hermana mayor de mi madre y su hija, la prima Raquel, se hicieron cargo en el primer momento de nosotros y comenzaron las negociaciones con los hermanos de mi padre para buscar donde hacer el nido, pero estos dijeron que nos buscásemos la vida. 





Nos acogió otra hermana de mi madre, tía Geles. Para nosotros fue el refugio, pues nuestras dos familias siempre habían estado entrelazadas y de un modo u otro mis primos y nosotros habíamos convivido en su casa o en la nuestra. Acabé los estudios de bachillerato y me tocaba empezar la universidad en Valladolid, volviendo a la casa el O Barco en todas las vacaciones.  

Mi destino estaba en Valladolid. Allí hice la carrera y encontré a la persona con la que he compartido toda la vida. Pero los primeros años no fueron muy fáciles. Era uno más en el colegio de huérfanos de militares, el número 107 y mi vivienda era una cama en un dormitorio con 40 camas más y un armario de medio metro de ancho en otra sala. El colegio era un enorme caserón decimonónico en medio de la calle Muro con un hermoso jardín en la delantera y un enorme campo polvoriento en la trasera que, años después se vendió para hacer pisos de lujo. Pero no adelantemos acontecimientos.
La capilla y el comedor en la planta baja. Litros y litros de sopas de Avecrem y bollos de pan fueron mi mayor sustento durante los primeros años. En la primera planta estaba el estudio de los alumnos de medicina. Una sala alargada con ocho o diez mesas para estudiar y una gran columna de hierro forjado al fondo, al lado de la ventana y que nos servía de maravilla como antena a la que aplicábamos una radio a pilas y así poder oír a Radio Pirenaica y enterarnos de todo lo que nos negaba  la prensa oficial. Juicio de Burgos, las huelgas de la Fasa renault o el extraño vuelo de Ruano desde la ventana de una comisaría, el París del 68...todo aquello que nos iba marcando el pensamiento
De momento, seguimos en Valladolid.    







lunes, diciembre 15, 2025

cuento de navidad


Este año se ha producido una revolución: las reinas magas se han hartado de que sus maridos se vayan todos los años de viaje por esos mundos con la excusa de ir a adorar a un niño ,Dios sabe donde, y se han plantado. Tantos años de pasar meses y meses solas, haciéndose cargo de todo y esperando la vuelta de sus maridos y estos, a su vuelta, alegar que estaban agotados y ellas seguían enfrentándose a todas las tareas mientras ellos se recuperaban. Y cansancio ¿ de que ? si iban sentados todo el viaje y con una nube de sirvientes que se ocupaban de que no les faltase nada.

Así que ya se acabó, están hartitas de soportar y han decidido las tres que este año serán ellas las que se vayan de viaje y ellos que se queden cuidando haciendas y rebaño. Gaspara, la más enérgica y decidida, fue la que tuvo la idea y se puso en contacto con Melchora y Baltasara a través del servicio de palomas mensajeras y de pajes que llevaban mensaje de una a otra a uña de caballo, hasta que llegaron al acuerdo de ser ellas tres las que este año hicieran el viaje para adorar al Niño y llevarle sus presentes como todas las navidades. Gritos, discusiones, poner a dieta en mesa y cama a sus maridos, todo ello fue necesario hasta que consiguieron su propósito.




Gaspara fue la primera en ponerse en marcha desee la lejana Persépolis y quedó a mitad de camino con Baltasara que llegaba desde tierras africanas. Después las caravanas de las dos siguieron viaje hasta Amman donde habían proyectado unirse a la caravana de Melchora que venía desde el norte de Europa.   Una vez juntas las tres reinas magas ultimaron los planes para seguir viaje. Fueron días de mucho ajetreo pues todo era una novedad para ellas. Probarse las ropas y las barbas postizas para dar mayor empaque a su comitiva. Y hacer ejercicios de voz para adoptar un tono más grave y majestuoso, a lo que las ayudó Fatima , una esclava transexual que antes fue un príncipe hindú llamado Ganesh y que llegó a manos de Melchor tras alguna batallita que se había montado para no estar siempre en casa.





Por fin todo estuvo en orden y las tres reinas magas, de acuerdo a la tradición, continuaron viaje siguiendo a la estrella fugaz, que se impacientaba en el cielo porque el tiempo se les echaba encima y veía que iban a llegar con retraso a Belén. Subieron montes, bajaron colinas y atravesaron valles mientras la caravana serpenteaba por los caminos hasta llegar al palacio del rey Herodes que les contó no sé que milonga de que le avisasen de donde estaba ese Niño que lo iba a destronar. le dieron buenas palabras, pero con la intención de no hacerle ni caso y al fin llegaron a Belén.




 E hicieron lo acostumbrado año tras año: pasaron majestuosamente por entre los pastores que se apostaban ante la casucha, se postraron a los pies del Niño luciendo todo su esplendor y dejaron los regalos y, aunque a Baltasara se le escapó más de un gallo porque le costaba poner voz de macho, comprobaron que todo había salido bien de acuerdo a la tradición. Se despidieron con todo el poderío e iniciaron la retirada para volver a sus destinos. Pero en la última reunión entre las tres reinas magas antes de su despedida, llegaron a la conclusión de que el viaje no era para tanto y que se estaba mucho mejor cada una en su palacio y libres de aguantar a sus maridos durante meses. Como en casita, ni hablar. 



sábado, octubre 11, 2025

Experiencia italiana: go tu red

 

En nuestro último viaje a Italia tuvimos la mala fortuna de topar con Record Go para alquilar el coche que íbamos a usar a lo largo de dos semanas de vacaciones. Voy a explicar como sucedió todo, al menos desde mi punto de vista.

La acogida en esta compañía en el aeropuerto de Roma fue muy buena, todo eran facilidades, máxime que aparte de pagar el alquiler optamos por añadir todos los extras y abonamos un seguro que, según palabras del empleado nos permitiría " tirar el coche por un barranco, que no íbamos a tener ningún problema ". Así que recogimos nuestro Nissan Qashqai,  cargamos el equipaje y nos dirigimos a nuestro primer destino en la cercana ciudad de Tívoli desde donde iniciaríamos el itinerario pensado.  




lunes, septiembre 22, 2025

Mis casas. II

 

El traslado al nuevo domicilio fue un cambio grande en nuestras vidas. Los pabellones militares  de Lugo eran un edificio en forma de L de reciente edificación que constaba de dos zonas. Una, la más vistosa, con cuatro plantas y unos enormes balcones de piedra que daba a la calle Montevideo  frente a la puerta de la muralla romana del Obispo Odoario y se destinaba para vivienda de jefes y oficiales. La otra ,más alargada, situada frente a un descampado  y con las murallas romanas al fondo, era para los suboficiales. Como es lógico la amplitud y distribución de las viviendas era mucho mejor en la primera zona que en la segunda. Porque en la vida militar el escalafón es el escalafón. 



domingo, julio 13, 2025

mis casas. I

En esta nueva entrada de mi blog pretendo hacer un repaso por las distintas viviendas por la que he ido pasando a lo largo de mi vida, a modo de un recorrido biográfico para hacer eso que tanto me gusta : repescar viejos recuerdos que andan perdidos por los rincones de la memoria.  
Nací en Pontevedra, donde habían destinado poco antes a mi padre, en un piso alquilado del que obviamente no tengo recuerdo alguno y que estaba situado en el centro de la ciudad  muy cerca de los desaparecidos almacenes Olmedo, como más de una vez se lo oí contar a mi madre. Otra cosa que me repetía es que yo no quería salir de la tripa y que me parió al decimo mes de embarazo " como las burras ", prueba de que o era muy cómodo o muy vago. De allí pasamos a León del que solo conservo el recuerdo de unas fotos en las que estoy muy abrigado, señal de que era en pleno invierno.






La primera casa que la que tengo recuerdo estaba situada al principio de la carretera de Abella, entonces en las afueras de la ciudad de Lugo. Era un segundo piso de una casa de vecinos con fachada gris que estaba situada entre huertas y pequeñas casas de planta baja, a medio camino entre el campo y la ciudad. En aquella época tenía dos o tres años y de ella conservo mis primeros recuerdos. Uno de ellos, el más vívido, es el descubrimiento de la muerte, como conté en otra parte de mi blog.  Tres o cuatro puertas más allá de nuestra casa murió un vecino, creo que barbero y allí que me fui de la mano de mi hermano mayor. Aún hoy el día tengo que grabadas las imágenes del velorio, propias de una película neorrealista italiana. Los tres escalones para acceder a la casa, un pasillo oscuro y una habitación angosta a la izquierda casi toda ella ocupada por el ataúd en el que estaba un hombre vestido de negro con una venda que le sujetaba la mandíbula,  apenas iluminada por unas velas, con un ramo de flores a sus pies y rodeado de un coro de mujeres plañideras. En las consiguientes pesadillas nocturnas que tuve por aquella época siempre recordaba que " era bonito porque el señor tenía fores... " 






Otro recuerdo muy vago es de una niña poco mayor que yo a cuya casa, no se muy bien por que, iba a jugar. Vivía cerca de la nuestra, al otro lado de un descampado y recuerdo jugar con ella sobre una vieja piel de oveja que tenía incrustados unos clavos oxidados. No se muy bien en que consistían los juegos, pero si que retozábamos encima. El olor a polvo rancio de la piel se confunde en mi memoria con otro más ácido de las bragas de la niña, que impregnaba mis manos.

De allí pasamos al número 8 de la calle del General Tella, situada al lado del parque Rosalía de Castro, todo un ascenso social pues cambiamos de una casa en las afueras a otra situada en un barrio en el que se mezclaban buenas viviendas situadas frente al parque con pequeñas casas de vecinos. La calle era corta y en ella había un taller de bicicletas que se alquilaban a perra gorda la hora y una tienda de ultramarinos con los sacos de legumbre a la entrada.
 ( Pequeña acotación histórica: el general Tella que daba nombre a la calle era un militar golpista del círculo de amistades del general Patacortas que después fue relegado del ejército por unas oscuras maniobras de corruptelas en la administración con desvío de fondos públicos para su fábrica de harinas y la reconstrucción del pazo familiar, donde se le obligó a hacer vida monacal. Aunque he leído que podía ser debido a sus veleidades monárquicas para restaurar los Borbones en España, teoría que me parece más veraz porque Franquito no quería perder comba en el mando supremo . Además tanto para él, como para su entorno y herederos la corrupción hemos visto que es como el aire que respiramos ).






El portal estaba siempre muy frío incluso en pleno verano. Tres o cuatro peldaños de piedra jaspeada, una puerta de cristales y la angosta escalera para subir al cuarto piso, lógicamente sin ascensor. No recuerdo para nada los vecinos de los dos primeros pisos, pero en el tercero vivía una familia, los Bohorquez que tenían un par de mantequerías en la ciudad  y allí descubrí que había lujos tales como  el " Colacao ", el queso de bola y el jamón de York, cuando su hija, una cría pizpireta con gafas de metal y unas trenzas de ratita presumida, me invitaba a merendar. 
 La casa se la alquilamos a una tía de mi padre, la tía Filo por 500 pesetas al mes, cifra que se me quedó grabada porque mi madre repetía más de una vez a mi padre " pues para ser tu tía, bien que nos cobra 500 pesetas... ". La vivienda era bastante oscura y tenía un gran pasillo en cuyo final y a la izquierda  estaba la cocina, donde se hacía la vida porque el fogón estaba todo el día encendido y allí nunca faltaba el calor. A su lado estaba el comedor con su hermosa mesa de plátano de color burdeos y la sillería alrededor, que solo se usaba en ocasiones especiales. Una imagen que no olvidaré nunca es el rayo de sol que, atravesando la cortina, llegaba al suelo y la cantidad de pequeñas formas del polvo que flotaban en él y que yo creía eran personajillos de cuento que vivían en los rayos de luz y que intentaba atrapar entre mis dedos pero que se me escapaban siempre.





El comedor solo se usaba para comer en fechas importantes como el día que hice la primera comunión o para las comidas de Navidad. Recuerdo una nochebuena en especial, tendría yo unos seis o siete años, en la que vino la hermana de mi padre con unos amigos y el que entonces llamaba  su novio ( un arquitecto ricachón ,en realidad su amante...con el que acabaría casándose cincuenta años después ). Entre otras muchas cosas para la cena se habían asado unos capones de Villalba y yo, tragón de oficio y vocación, me ventilé una pata. Al final de la cena, me sentí mal y fui al baño para vomitar todo. De vuelta a la mesa me puse a lloriquear hasta que mi padre, que se había dado cuenta de mis desdichas, dijo a mi madre que me pusiese otro zanco...que me comí y ya no salió fuera, al menos por la boca.
O la noche de fin de año que, aunque se cenaba a la hora de costumbre, al terminar aparecía mi padre con cucharón en una mano y en la otra una sartén a la que aporreaba cantando las doce campanadas, lo suficientemente despacio para que la abuela María " la buena " no se atragantase con las uvas. Al final lo que más me gustaba era cuando mi padre, con el cigarro prendía la mecha a un par de cohetes en forma de chimenea que había comprado en el " bazar 0,95 " y que ascendían hasta el techo para abrirse allí dejando caer una lluvia de confeti con matasuegras o silbatos.
Contiguo al comedor había un cuarto muy oscuro cuya ventana daba a un patio de luces, no sé muy bien porque se llamaba así pues tenía cualquier cosa menos luz. La máquina de coser en un rincón y la mesa camilla en el centro con el sempiterno brasero encendido todo el invierno. Allí, con las faldas de la camilla cubriéndonos las piernas, nos sentábamos para comer o hacer los deberes mientras mi madre, de vez en cuando, se agachaba para echar una " firma " al cisco y mantener el calor. Hoy es el día que me siento ante una camilla e instintivamente me tapo pues me agrada sentirme protegido bajo sus faldas.

Un recuerdo doloroso. Me operaron de una absceso en la ingle derecha, dejándome una mecha de goma dentro de la incisión para que drenara bien y que el practicante venía a casa para curar. Un día, no se como se salió la maldita mecha y recuerdo con terror como la tuvo que introducir con ayuda de unas pinzas. Pienso que mis chillidos se oían en la calle. Para premiarme mi abuela me regaló una caja con construcciones de madera, de esas que llevaban 20 ó 30 piezas pintadas de colores con arcos y columnas que nunca se sostenían y que, a la mínima, se desmoronaba toda la estructura. Y sobre esa mesa se dejaba la bandeja con las copitas de anís y unos polvorones la noche de Reyes para que estos recuperasen fuerzas al traer los regalos, así como un capuchón de paja de los que llevaba la sidra" El gaitero " porque los camellos también tendrían hambre. A la mañana la bandeja estaba vacía, imagino que mi padre habría dado cuenta de su contenido. Y la paja a quemarse en el fogón.
Pronto descubrí el paraíso que podía ser la calle. Muy cerca de casa había una serrería de madera que fueron el lugar preferido cuando no estaban los trabajadores. Enormes torres formadas por tablones de pino colocados en forma de cuadrado, ideales para esconderse o para convertirlas en castillos desde los que defenderse de los ataques de los enemigos. Serrín para dejarse caer y palos que se convertían fácilmente en lanzas con las que enfrentarse a críos de otras partes. Mi hermano mayor, mas atrevido o más " pupas " cada poco se lesionaba y bajaba el solo al cercano hospital provincial, donde era conocido entre todas las monjas de la Caridad, para que le pincharan el suero antitetánico en la tripa.





A dos pasos de nuestra casa estaba el parque, todo un lujo donde perderse al salir del colegio, con el estanque de los patos que se peleaban por el pan duro que les llevaba y las malditas ocas que nos perseguían enloquecidas con ganas de picarnos los muslos cuando se enfurecían. O los pavos reales que abrían sus colas multicolores  y a los que nos gustaba perseguir para en su huida, pisarles la cola y conseguir arrancar una de las plumas, el mayor de los trofeos. Todo esto sin que estuviesen a la vista los municipales a los que llamábamos los " guripavos", vestidos de pana marrón con un chambergo y una enorme capa que, a modo de falda de camilla, los cubría y que entorpecía su carrera cuando
nos perseguían después haber hecho alguna trastada. Pero para eso llevaban su cayado que nos lanzaban muchas veces con errónea puntería.
Dos personas recuerdo. Una de ellas era una niña rubia con carita de manzana que vivía en las casas de la zona rica del barrio llamada Luisa y en la que me gustaba pensar como mi novia porque tenía una bici de chica, de esas que llevaban una redecilla multicolor en la rueda trasera. Aunque dudaba como novia entre ella o mi vecina del tercero, pues mientras una era como un anuncio de mantequilla holandesa, la otra era como una ratita presumida con gafas y unas trenzas muy apretadas con lazos...pero la comida siempre ha sido mi perdición.









El otro era un sacerdote, don José Palmón, un personaje peculiar para la época. Vivía al final de la calle, al lado de la tienda de ultramarinos y a su casa fui durante varias tardes para prepararme antes de mi primera comunión. No sé muy bien que me doctrina me daría, pero lo que si recuerdo es que no paraba de bromear y me enseño a comulgar con hostias sin consagrar a tragarlas sin dejarlas pegadas a la lengua o al paladar. Este cura era un tío casta se arremangaba la sotana a la cintura para viajar en " Vespa " y más de una ocasión se vino con nosotros a la playa para bañarse enfundado en su meyba a cuadros y con  un gorro de goma  en la cabeza para ocultar la tonsura, toda una osadía a mediados del pasado siglo.








De esos años recuerdo una paliza monumental, de las pocas que me dio mi padre. La tarde de Nochebuena no se como tenía dos pesetas en el bolsillo y se me ocurrió que no había forma mejor de gastarlas que yendo al cine. Y eso hice, me fui al cine Vitoria que estaba en la otra punta de la ciudad a ver una película de Tarzán en sesión continua, así que la vi dos o tres veces y cuando llegué a casa, a la hora de la cena, estaban todos locos buscándome. Mi padre me dio una panadera a mano y zapatilla y después me mandó a la cama sin cenar...el peor de los castigos para un tragón como yo. Menos mal que la intervención de mi abuela logró levantarme la  pena y me senté a la mesa con la familia, dando brincos porque tenía las nalgas muy trabajadas. 

Un día, al volver del colegio, estaba mi madre muy excitada. A mi padre le había correspondido uno de los nuevos pisos del  pabellón militar que se había terminado de construir en la calle Montevideo, muy cerca de la puerta de la muralla. Para allí nos fuimos. Y esta será parte de la siguiente historia. 







martes, febrero 25, 2025

NUESTRO CAMINO DE SANTIAGO. PARTE III

Las últimas etapas del Camino, en total doce días, las hicimos aprovechando las vacaciones del año siguiente.  Llegamos en tren a León y después de pasar la noche en un hotel, a la mañana siguiente emprendimos el último tramo de nuestro viaje. La salida de la ciudad, como todas las anteriores por la que pasamos, es monótona y árida, puro asfalto, hasta llegar a la Virgen del Camino. Pero, a partir de allí, todo mejoró. Para esta primera etapa había dos opciones y nosotros optamos por la que es un poco más larga, pues transcurre por pleno campo hasta llegar a Vilar de Mazarifes donde dormimos en uno de los pocos albergues que utilizamos en el Camino. Una casona antigua con una corrala porticada donde tendimos los sacos de dormir y que nos permitió dormirnos viendo las estrellas.