miércoles, febrero 02, 2022

dia de las Candelas de 1942

Si no fuese por la fiesta del dos de febrero, día de las Candelas, yo no estaría aquí. Esa fecha es día de muchas fiestas y romerías en Galicia y una de las fiestas más enraizadas en el mundo rural, en la que se celebra la purificación de la Virgen.
Bueno, vayamos con mi historia. Una tarde de mediados de enero de 1942, Cuarto Año Triunfal en el que las tropas patrias habían vencido a las hordas rojas, se oyó una escandalera  a lo largo del portal de casa de la abuela Mariana. La pobre Argentina, retorciéndose las manos agrietadas por la sosa y el agua helada del río, entró en el gabinete de la abuela diciendo que los señoritos venían dando voces como energúmenos desde el vecino Casino. Aún no se había apercibido a la pobre abuela de la que se le venía encima, cuando entraron como fieras el tío Luciano y el tío Curro con las caras rojas de cólera y las venas del cuello tensas como cuerdas de guitarra.




" Nos hemos enterado en el Casino que a la Flora la ronda el hijo de los Trinchante, ese señoritingo de mierda y no lo vamos a consentir, porque sus padres son unos perdidos que se divorciaron durante la república para volverse a casar cada uno por su lado y por lo civil. Y tu tienes la culpa de lo que pasa porque la consientes demasiado. La niña no quiso ir a la escuela y le has puesto maestra en casa, se le antoja un vestido y la modista aparece en casa en un suspiro o vais a por modelitos a La Coruña...y así en todo lo que quiere, pero esto de ennoviarse con ese lechuguino, ni hablar ". La pobre abuela, una vez más, se refugió en las lágrimas y le pidió a la Argentina que le preparase una tila y que después se acercase a la casa del párroco, que tenía que hablar con él.






La pequeña, mi madre, la menor de 13 hermanos ( y no hubo más porque el abuelo Nicasio murió joven ) se crió siempre llena de los mimos de su madre y de los hermanos que todavía quedaban en casa, mientras entre todos acababan  poco a poco con todo el capital de la familia, que por algo eran señoritos y no iban a hacer trabajos de menestrales. Bastante tenían con llenar de hijos ilegítimos las aldeas de alrededor y derrochar lo que con tanto esfuerzo había conseguido su padre. 
Siguiendo el criterio de don Cristóbal el cura párroco, se decidió que había que alejar a la niña del peligro por lo que, a finales de enero, la enviaron a pasar una temporada en el pueblo de la montaña luguesa donde tía Claudina, una de las hijas mayores de la abuela,  había hecho una muy buena boda con un abogado muy bien emparentado con los caciques de la zona. El pueblo por aquellas épocas se extendía como una culebra zigzagueante a los lados de la carretera nacional y la casa de tío Ramiro y tía Claudina, una casona pintada de un rosa desvaído por la lluvia y las nieblas estaba a la salida del pueblo en dirección a Castilla. 




 
Hasta allí llevaron a mi madre. Con ella llevaba un baúl lleno de ropa con el ánimo de que pasase allí una larga temporada. Pronto se dio cuenta de que poco iba a lucir tantas prendas pues sus únicas salidas de casa eran para ir a misa y al rosario en la parroquia del pueblo o, en los escasos días que la lluvia no barría todo, a pasear melancólicamente del brazo de su hermana por un lado de la carretera.
Llegó el día de las Candelas, una fiesta con gran tradición en el pueblo. Desde primeras horas de la mañana la cocina de la casa era un continuo trajín para tener a punto la comida que se daba ese día a los múltiples amigos de la familia. Los pollos se asaban lentamente en el fogón, el caldo humeaba en el puchero, las empanadas había emprendido el camino del horno y los bizcochos para el postre estaban bien borrachos.




Ya anochecía cuando acabaron de comer los invitados y el humo de las farias se mezclaba con el de los pucheros llenos de café. Hicieron su aparición las barajas y el estruendo de los jugadores se mezclaba con las voces de las mujeres. En medio de todo esto entraron unos amigos de tío Ramiro que traían con ellos a un militar que presentaron como un teniente destinado en una aldea al otro lado del monte.
Desde el primer momento el teniente se fijó en la mocita que estaba muy callada en un rincón de la mesa. Y ahí comenzó el asedio. Tarde tras tarde el teniente recorría los kilómetros que separaban un pueblo del otro a través de los montes para cortejar a la que sería mi madre. Paseos por la carretera siempre bajo la vigilancia de tía Claudina, entretejiendo una historia de amor que, quiero pensar, era la más hermosa del mundo para ellos, en medio de aquellos años donde todo era gris.
Vino la boda, aparecimos los hijos y gracias a ese día nosotros seguimos aquí.







Hay recuerdos de infancia que no se borran. La casa de mis tíos era la última del pueblo. En la planta baja estaba el despacho de mi tío y por unas escaleras muy empinadas se subía a la vivienda. A la izquierda estaba la cocina y, en un vasar justo a la entrada, estaban dos " sellas " con las arandelas de metal brillantes como oro y conteniendo un agua fresca que todavía añoro..
Y el dormitorio de los tíos. Lo recuerdo todo rojo, como si fuese de color de capa de cardenal. En un rincón la enorme cama de matrimonio y desde ella tío Ramiro  me llamaba para que me acercase. Lo hacía muy despacio y con miedo hasta llegar junto a él. Con una mano sujetaba mi brazo y con la otra sacaba la dentadura postiza que estaba dentro de en un vaso de agua sobre la mesilla y la hacia castañetear y yo salía huyendo despavorido de la habitación, seguido de sus carcajadas.






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