I. Poco tiempo después de conocer a Alfonso, tuve que volver a casa de mi madre para pasar los días que faltaban hasta el comienzo del nuevo curso. Un tormento paliado en parte por largas cartas diarias en aquellos tiempos en los que los móviles o el ordenador era un sueño de película de Julio Verne. Veinte veces al día me asomaba al balcón esperando que el cartero enfilase la calle para bajar las escaleras de dos en dos y recoger su carta. Veinte días, 480 horas, 28.800 minutos pasaron hasta que volví de nuevo a Valladolid y el reloj desgastado de tanto mirarlo.
Como yo seguía interno en el colegio y todavía no habíamos buscado un sitio donde estar juntos, algún fin de semana nos refugiamos en alguna pensión del centro de la ciudad. Sitios baratos porque dinero no había mucho, la verdad. Recuerdo un hostal en la plaza de Santa Ana, " La Burgalesa ", un sitio que me pareció el summunm del lujo porque hasta tenía un mostrador dorado en el vestíbulo y nos tomaron los datos para rellenar una ficha. Claro que me las vi duras para explicarle a mi madre cuando, al año siguiente, llegó una carta de la dirección del hostal felicitándome por mi cumpleaños.