martes, abril 21, 2009

En la Troya


Después de disfrutar de unos días de vacaciones en Extremadura, todavía digiriendo las maravillas de una tierra hasta entonces desconocida para nosotros, recalamos en Trujillo como última etapa previa a la vuelta a casa. Después de buscar acomodo en un hotel a píe de carretera subimos a conocer el pueblo y estuvimos callejeando hasta la caida del sol. Era a principios del otoño y por la noche caían mucho las temperaturas y por aquella época el pueblo ofrecía pocos más alicientes salvo el refugio en los bares del barrio antiguo.

La Tintorería


Así, al pronto, si miras a través del cristal ahumado del escaparate del local que hace esquina en una de las calles principales de mi ciudad, creerás estar viendo un lujoso salón de belleza o una peluquería de altos vuelos. Todo hace pensar que se trata de un establecimiento consagrado a la búsqueda de la belleza humana. Una vez dentro, los tonos pasteles de las paredes, los detalles dorados de la decoración distruibuidos profusamente lo largo del amplio espacio, las enormes lámparas de diseño que espacen una luz tenue, las moquetas con colores vivos y un sinfín de mesitas y silloncitos pseudorrococós esparcidos como al desagaire, pero seguro que colocadas con toda intención, nos hacen pensar en que allí tiene su reino el culto a la hermosura.

domingo, abril 19, 2009

Toma ya, cálida untuosidad


Esta es parte de la reseña que he tomado de un diario nacional en las páginas dedicadas a la buena vida. Ya sabes, ahora todos somos unos expertos enólogos, sabemos como catar las mejores aguas de glaciar antidiluviano a 70 euros botella o saboreamos las manjares más exóticos con la misma pericia que nuestras abuelas se comían las sopas de ajo. Procura leerla con atención y ya me dirás que sacas de ella.

sábado, abril 18, 2009

Pasa la vida


Mientras estamos sentados a la mesa esperando que la camarera nos haga caso se abre la puerta del restaurante y entran dos hombres, uno siguiendo al otro y desde el primer momento se percibe que son habituales de la casa. Son mayores, muy mayores, uno que avanza tieso como el cabo de una vela y el otro que camina renquante, bamboleándose hacia los lados, como si estuviese en la cubierta de un navío. Atraviesan toda la sala en busca de la que ha de ser su mesa habitual, al lado de la ventana que se abre a la carretera, saludando al pasar a las otras personas que, como ellos, seguro que comen allí cada día.

sábado, abril 11, 2009

La vida al revés



Desde hace unos días me ronda por la cabeza una de esas vanas paridas sanxirolianas. A ver como la cuento. Pienso que los investigadores podrían buscar el modo de organizar la vida al revés. Aparecer como adultos plenos de fuerza y vivir en el mundo durante los ocho o nueve meses que corresponden al embarazo y al finalizar el plazo introducirnosnos de nuevo en el vientre de la madre y allí estar los años que en realidad nos corresponden vivir, si la situación fuese como la actual, para irse reduciendo poco a poco dentro de su útero hasta ser del tamaño de una cabeza de alfiler y entonces, ¡¡ plass ¡¡ desaparecer en el vacío.

Tres jueves....


Cuando era crío decíamos eso de que " tres jueves tiene el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión ". Y es que creo que antes había muchas más fiestas que ahora o, al menos, cundían más. En el instituto nos daban vacaciones por San Isidro y ya no volvíamos hasta pasado el Pilar. Cinco mesecitos para disfrutar sin el agobio de las clases. Una gozada.

viernes, abril 03, 2009

El día en el que le toqué el pecho a Ava Gardner



El sol del atardecer dora todo el valle, las viñas parecen de oro y los racimos ocultos en sus cucuruchos de papel blanco adquieren una imagen de cuento de hadas. Los críos arrastran sus piés descalzos por el polvo seco del camino y todavía traen el cuerpo húmedo tras haberse pasado toda la tarde chapoteando en el Vinalopó. Se van empujando unos a otros y sus gritos compiten con la algarabía de los estorninos que buscan acomodo para pasar la noche en los pinos que están a la vera del camino. Los burros enfilan el pueblo con paso cansino soñando con el sueño de los jumentos cansados en el establo donde descansar tras toda una jornada de faena. Allá en lo alto, señoreando el pueblo, está la iglesia de la virgen con su inmensa cúpula pintada de un azul que compite con color del cielo.

miércoles, abril 01, 2009

Calle Angosta de Mancebos



Todavía en la actualidad se encuentra en Madrid una calle llamada Angosta de Mancebos, una reliquia de la época mora de la ciudad situada en las proximidades de las murallas árabes que la codicia urbanizadora de un alcalde del cual es mejor ni recordar el nombre derribó una noche con plena conciencia pero poco conocimiento para cambiar los polvorientos ladrillos por cemento anodino. En esa calleja estrecha se alojaban los más apuestos mancebos de Madrid a donde los mayordomos de las mejores casas del reino acudían en busca de servicio para sus señores y en especial para sus señoras aunque, si el mancebo era buen profesional, no le hacía ascos a pelo o a pluma.
Por no se sabe que extraños mecanismos todo joven de ojos de garza y largas pestañas, cuerpo firme y nalgas duras como naranjas procedente de cualquier parte de la ciudad, acababa recalando en dicho callejón y allí no tenía más que esperar a que apareciese un criado de los Alba o los Albuquerque para pasearse moviendo el talle y dejando caer las pestañas, para acabar vistiendo la librea de una casa noble o de aquellas de los advenedizos que habían hecho fortuna con la explotación de esclavos en Cubas o las Filipinas.

Otra de viajes



I. Poco tiempo después de conocer a Alfonso, tuve que volver a casa de mi madre para pasar los días que faltaban hasta el comienzo del nuevo curso. Un tormento paliado en parte por largas cartas diarias en aquellos tiempos en los que los móviles o el ordenador era un sueño de película de Julio Verne. Veinte veces al día me asomaba al balcón esperando que el cartero enfilase la calle para bajar las escaleras de dos en dos y recoger su carta. Veinte días, 480 horas, 28.800 minutos pasaron hasta que volví de nuevo a Valladolid y el reloj desgastado de tanto mirarlo.
Como yo seguía interno en el colegio y todavía no habíamos buscado un sitio donde estar juntos, algún fin de semana nos refugiamos en alguna pensión del centro de la ciudad. Sitios baratos porque dinero no había mucho, la verdad. Recuerdo un hostal en la plaza de Santa Ana, " La Burgalesa ", un sitio que me pareció el summunm del lujo porque hasta tenía un mostrador dorado en el vestíbulo y nos tomaron los datos para rellenar una ficha. Claro que me las vi duras para explicarle a mi madre cuando, al año siguiente, llegó una carta de la dirección del hostal felicitándome por mi cumpleaños.