domingo, noviembre 08, 2026

LA MONJA ENOJADA Y EL CAPELLAN FURIBUNDO. RECUERDOS DEL INTERNADO

 A mediados de los años setenta del pasado siglo estaba haciendo el internado en el viejo hospital de Burgos como paso previo a la especialidad en pediatría, lo que se llamaba el " rotatorio " y que, como su nombre indica, era ir rotando cada dos meses por los servicios esenciales. En una de esas rotaciones recalé en el servicio de Cirugía y al poco tiempo me pusieron en el parte de quirófano como ayudante del ayudante del ayudante del cirujano junto a otro compañero, Germán, una persona de lo más alegre que uno podía echarse a la cara.

Nos explicaron toda la parafernalia para prepararnos antes de entrar en el área estéril del quirófano : el concienzudo lavado de manos y brazos, los guantes, las calzas, el gorro y la bata. Y de esta guisa entramos en el quirófano y nos pusimos en un rincón para no estorbar. La primera intervención era la de un hombre joven al que iban a operar de unas varices en la pierna y que, casualmente, era hermano de la enfermera, una hermana de la Caridad, que actuaba como enfermera instrumentista.  Entró en acción el anestesista y dejó dormido como un bebé al paciente.






Dio comienzo la intervención. El cirujano hizo la incisión en la ingle del paciente pues, al parecer, era por ahí por donde debía de abordar las varices a extirpar. Todo iba bien hasta que de pronto mi amigo me dio un codazo y me hizo mirar hasta la sabana verde que cubría al paciente. Se había elevado una enorme tienda de campaña sobre la zona del pubis. Germán riéndose dio un tirón a la sábana y, oh dioses, una enorme erección apareció en el área de la intervención y es que, al parecer, al hurgar en esa zona el pene entra en erección. Pero a esto se añadía que el paciente era joven y la naturaleza lo había dotado muy generosamente.

La monja lanzó un gritito, el cirujano nos echó una mala mirada y cubrió de un manotazo el área del pecado y siguió concentrado en la intervención. Pero German y yo nos echamos una mirada y volvió a tirar de la sábana otra vez más y una tercera hasta que el cirujano, francamente enfadado, nos lanzó un bufido que nos dejó clavados en el sitio.




 


A la mañana siguiente nuestro tutor nos dijo que nos esperaba el director en su despacho y allí fuimos los tres. Al entrar vimos al director tras su mesa y a su lado, la monja con cara furibunda. Lo que nos dijeron fue de todo, menos bonitos, nos amenazó con la expulsión y no se cuantas cosas mas y tras una hora de chorreo entre la monja y él,  pudimos salir del despacho.

Lo peor es que se había corrido la historia por el centro y en las siguientes guardias fuimos el choteo de los demás compañeros durante las comidas, hasta el punto que Germán yo decidimos ir a comer a las mil y monas cuando ya estaba el comedor vacío.


 Todo esto me ha hecho recordar otra anécdota del comedor durante las guardias. A nuestra mesa se sentaban también durante las comidas los dos capellanes del hospital. uno de ellos, don Basiliso, era un sacerdote muy anciano al que le gustaba pontificar durante las comidas. Decía que uno de sus mayores deseos es que Dolores " la Pasionaria ", la histórica dirigente comunista que acababa de volver del exilio, tuviese un accidente de coche muy grave a la puerta del hospital para que el cura pudiera salir a prestarle los últimos auxilios pero, en lugar de ellos, escupirle a la cara y dejar morir sin asistencia por roja y malvada. 





Pues ese mismo señor un día se puso a hablar en contra de los anticonceptivos con un médico de medicina interna diciendo que las mujeres que tomaban la píldora se quedaban calvas y no se cuantos males más. Y yo, que siempre hablo de más, le dije a Germán que comía a mi lado " no te jode, también a nosotros nos decían los curas que se nos reblandecía la médula  al hacernos pajas ". De pronto sentí que el cuchillo con el que el buen cura pelaba la naranja me rozaba la sien y don Basiliso se levantaba de la mesa, tirando su silla al suelo, mientras me dirigía todas las imprecaciones que salían por su boca.

Y, como se puede suponer, a la mañana siguiente me llamaron a capítulo al despacho del director... Menos mal que la monja no estaba allí.

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