lunes, octubre 19, 2026

Mis casas.IV

Por aquellos años mi madre vivía en casa de una de sus hermanas pues no teníamos domicilio propio y era en casa de tía Geles donde nos reuníamos mis hermanos y yo durante las vacaciones escolares. La familia de mi padre tenía un piso vacío en la casa que poseía en el centro de Lugo, por lo que nos pareció lo más lógico que podíamos ocuparlo nosotros. Pero la cosa no fue tan fácil como habíamos pensado. Mi padre había muerto sin testar, lo mismo que sus padres y sus abuelos, con lo cual los problemas hereditarios eran muy complejos. Los hermanos de mi padre no estaban por hacernos las cosas muy fáciles pues no daban su brazo a torcer en las arduas negociaciones entre mi madre y ellos, pero al final se resolvieron todos los obstáculos y pudimos ocupar el piso vacío y convertirlo en nuestro hogar. Se trata del tercer piso en una casa en el centro de la ciudad que posee con una hermosa fachada de granito,  blasonada con escudos que, a buen seguro, una de las hermanas de mi padre había llegado a pensar que pertenecían a nuestros antepasados.





La planta baja de la casa la ocupaban una tienda de ropa infantil y una joyería. Por aquel entonces en el primer piso vivía una hermana de mi abuela y en el segundo dos hermanos de mi padre. De mi tío poco puedo decir pues era una persona con poco carácter, aunque recuerdo en su favor que tenía una pequeña biblioteca en su dormitorio donde empecé a aficionarme a la lectura y un laboratorio fotográfico en el desván de casa donde me dejaba ver como revelaba las fotografías. En cuanto a su hermana, mi tía, era alguien muy especial, por decirlo de alguna forma. En los círculos " bien " de la ciudad gozaba de gran popularidad y tenía fama de ser alegre y simpática,  pero de puertas adentro era  todo lo contrario. Todavía hoy la recuerdo en las noches de verano, en las que teníamos las ventanas abiertas de par en par, las voces alegres y las risas con las que se despedía de sus amigos en la calle y, nada más traspasar la puerta de nuestra casa, su cara adusta y su voz avinagrada. Irascible y con un carácter endemoniado, nos hacía temblar de miedo, mientras mi madre nos suplicaba en voz baja que no dijésemos nada " para que haya paz "...maldita sea la paz.




Reapareció por casa un  antiguo amigo de mis padres, el viejo general que había sido nuestro vecino en los pabellones militares que, con cara compungida ,venía a dar consuelo a mi madre mientras intentaba toquetearla. Lloriqueaba mientras le contaba a mi madre que su  mujer ya no le daba nada de lo que él necesitaba y pensaba que una viuda joven podía aliviarlo. Mi madre estaba desesperada porque no sabía como rechazarlo y llegamos al extremo de que, cuando aparecía este pellejo, esta se encerraba en un armario para que dijésemos que no estaba en casa. Hasta que un día, armándose de valor y con ayuda de  mi hermano mayor lo puso de patitas en la escalera con la orden de que no volviese más. 

En estos años yo seguía en el colegio de Valladolid y únicamente iba a casa en vacaciones.  Mi madre estaba sola la mayor parte del día y pensamos que lo mejor era vender el piso de Lugo y comprar otro en el pueblo de mi madre, donde tenía al resto de su familia. Pero chocamos de nuevo con la madrastra de Blancanieves que no quería que se rompiese la herencia familiar bajo ningún concepto. Acechaba en las escaleras a los presuntos compradores y los espantaba con no mil y una historias truculentas o mediante improperios, o metía palillos en nuestra cerradura para que el agente de la inmobiliaria no consiguiese mostrar el piso. Al final , no sin gran esfuerzo, logramos encontrar comprador en un sujeto que pretendía usar el piso para sus hijos estudiantes: Con el importe pudimos comprar otro nuevo en el centro de O Barco y allí vivió mi madre hasta su final y que fue nuestro refugio en las vacaciones.    




Pero volvamos a Valladolid. Yo tuve la inmensa fortuna de encontrar a Alfonso, mi compañero de toda la vida y allí dio todo un giro copernicano. Nos conocimos en un acto cultural en la entonces " mezquita de Ben-y-mea" del Campo Grande y desde el primer momento nos planteamos que era necesario un lugar donde estar libremente los dos. Alquilamos un bajo en el barrio de san Andrés en una calle estrecha y poco luminosa muy cerca del antiguo cine Lafuente que, con los años, se convertiría en una sala X. La entrada al bajo era a través del patio donde estaba la letrina y la vivienda tenía una cocina y una habitación que amueblamos con trastos  recogidos de la basura y con una cama que hicimos con tablones de embalaje.  Las contraventanas tenían que estar siempre cerradas, pero eso no obstaba para creer que era un paraíso.  Pero pronto nos lo destrozaron. Una tarde al llegar a casa encontramos la puerta abierta y vandalizadas las cuatro chucherías con las que adornábamos la habitación. Sentimos que nos habían invadido nuestra intimidad y decidimos cambiar de sitio.








A todo esto y a nivel digamos que oficial, mi domicilio seguía siendo en el colegio de la calle Muro. Todas las noches después de cenar subía al dormitorio comunal, arrugaba la cama y la dejaba como si hubiese dormido en ella. Salía a escondidas y me iba a nuestra casa y por la mañana temprano, antes de que los guardas, viejos militares jubilados, despertasen al resto de los estudiantes, yo volvía al colegio y me encerraba en el estudio como si hubiese estado allí toda la noche trabajando. Los guardas felices conmigo porque era de los pocos que no remoloneaban por la mañana a la hora de levantarse y no los hacían pelear para echarlos de las camas. En tres años no se enteraron de la superchería y nosotros pudimos dormir felices. 





Decididos a encontrar un lugar donde poder estar juntos tranquilamente ,buscamos un nuevo refugio en esa zona hasta que encontramos una buhardilla en el edificio de la " Casa del Bacalao " en el Caño Argales, una plaza situadas a espaldas de la tapia de mi colegio. Por 700 pesetas al mes teníamos una vivienda más amplia con cocina de carbón, una habitación con una tronera donde poníamos las plantas y otra interior con la cama, la mesa camilla y la estantería donde íbamos acumulando libros y discos. En el pasillo estaba un retrete con compartíamos a medias con los otros vecinos de la buhardilla y que limpiábamos por semanas. Estos vecinos eran un grupo muy curioso formado por un matrimonio en el cual el marido era mucho más joven, un hermano de la mujer, el pobre Felipe, un bebé y una adolescente. Las broncas eran diarias y al pobre Felipe, el único que trabajaba de modo habitual, le sacaban los cuartos y le sacudían la badana...y nosotros oíamos la bronca a través del ventanuco de la cocina. Un poco más abajo, en el tercer piso vivían el tío Ignacio y la tía Justa, una bendita que muchos día me subía un puchero caliente las noches que me quedaba a estudiar.




Pronto la buhardilla dejó de ser nuestro refugio en exclusiva para aceptar a un grupo de gente con la que compartíamos todo. Los amigos fijos traían a otros amigos y aquello se convirtió en una especie de ateneo. Leíamos poesía, teatro de Fernando Arrabal, sonaba música de Víctor Jara y Violeta Parra o de Camarón o pasábamos cine prohibido en super 8 ( " La madre ", " Acorazado Potenkin ".. ). O se hacían reuniones clandestinas de los sindicalistas de la Renault que estaban efervescentes o guardábamos los panfletos para lanzar en las manifas... Aparecían los amigos que nos contaban que practicaban sexo tántrico, o aquel otro que se vanagloriaba de haber tenido algo que ver con el Bosé...Todo tenía cabida y nada nos sorprendía. 



Durante mucho tiempo todo fue como la seda hasta que empezaron a aparecer los enamoramientos, los celos y las ansias de que cada uno descubriese su vida íntima. Se fue todo al traste y aquella debacle coincidió con el fin de mis estudios y de mi estancia en Valladolid. Pero esta será la próxima historia. 





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