domingo, abril 14, 2019

14 de abril. A por la Tercera


Erase que se era, una vez en un muy lejano pais perdido entre montañas que llegaban al cielo con las cumbres cubiertas de nieves perpetuas. A los pies de las montañas se extendía un valle muy verde, un verdadero vergel en el que los rosales florecían todo el año, surcado por ríos de curso plácido en el que las truchas retozaban mostrando sus lomos plateados. En el centro del valle se alzaba un enorme castillo con sus murallas cubiertas de hiedra y madreselva y en lo más alto del castillo, en una torre que parecía alcanzar las estrellas, estaban los aposentos de la princesa Rosalinda. 







Esa mañana el cielo era de un purísimo color azul celeste solo cruzado por alguna nube que parecía un inmenso borrego blanquecino y hasta los balcones de la alcoba subían con esfuerzo bandadas de ruiseñores y canarios que competían para despertar a la princesa con sus trinos enloquecidos
Las azafatas de la princesa descorrieron los gruesos cortinajes de brocado para dejar entrar la luz de la mañana. En el centro de la alcoba se alzaba un enorme lecho con veinte colchones de miraguano sobre los que descansaba la princesa Rosalía. Un rayo de sol busco el rostro de la princesa para enredarse en su larga cabellera que parecía tejida con hilos de oro, rozó su labios de coral y se posó sobre su piel de nacar. 
La princesa se incorporó, extendió sus brazos al cielo para desperezarse y se sorprendió al comprobar que esa noche no había sentido el guisante oculto bajo el primero de los colchones, algo que todo el mundo sabe que es consustancial con toda princesa que se precie. Cogió una rosa que estaba sobre su almohada para olerla, pero se clavó una espina en su dedo índice, comprobando con sorpresa que la gota de sangre que surgía era de un rojo intenso y no de azul real como pensaba. 






Comenzó el descenso con cuidado pues no quería irse de bruces al suelo desde tal altura, pero no las tenía todas consigo porque hoy se sentía rara. No sabría explicar que le sucedía, pero desde luego no se encontraba lo mismo que otros días, notaba como su sangre fluía como un potrillo desbocado a lo largo de sus venas.
Puso sus piececillos de plata sobre la gruesa alfombra de Samarkanda, le arrebató el manto de armiño a una de sus azafatas que se acercaba con ánimo de cubrir sus hombros pudorosos y se lo puso de cualquier manera. Atravesó la alcoba y comenzó el descenso interminable por la escalera de caracol. Una vez abajo, cruzó salones y pasillos sin reparar en las reverencias de todos los nobles con los que se cruzaba y desoyendo a los juglares con los que otras veces se detenía a bromear




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Llegó al salón del trono y entró sin esperar a ser anunciado por el heraldo. Al fondo, sobre su trono de oro y pedrerías fruto de algún saqueo, dormitaba su augusto padre, el rey Federico. Oronda tripa de tonel, larga barba de plata, con dos mastines calentándoles los pies, el rey vió como se acercaba su hija bienamada.
La princesa Rosalinda, tropezó con el reborde del manto y casi se fue de bruces sobre los mastines, dejando escapar un exabrupto entre sus labios de perla que a ella misma le sorprendió. 
Su padre le tendió la mano para acercarla y le preguntó que le pasaba.
La princesa Rosalinda le dijo con tono airado: " Padre, hoy me he despertado con la sensación de que estoy hasta el coño de ser princesa. Mi cuerpo me pide ser republicana " Y de un papirotazo mandó la corona del rey rodando hasta el otro extremo del salón del trono.








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