sábado, octubre 04, 2008

Mas recuerdos: La aceña del rey chiquito




Como sucede con frecuencia, una circunstancia anodina permite que se abra el cajón donde teemos guardados un montón de recuerdos de cuando éramos niños. Ya sé que suena a trillado, pero es como tirar de una cereza de un cesto lleno para que salgan una tras otra encadenadas. Esto mismo me sucedió cuando leí un artículo en un diario en el que se recomendaba un circuito turístico por Lugo.
Lugo, el rio Miño, los baños de la infancia, la aceña del rey Chiquito. Como cerezas fueron saliendo uno tras otro los recuerdos.
Muchos de los domingos de mi infancia los pasamos en la Aceña del Rey Chiquito y este era el lugar preferido para celebrar el santo de mi padre, San Liborio. Sí, ya sé que este nombre se las trae, pero era el suyo y a mi siempre me sonó muy bien. Al menos, sonoro sí que es. Se celebra el 23 de julio. San Liborio un obispo francés del siglo III y que es mano de santo para combatir las piedras en los riñones y todos los males de las tuberias bajas.
Pues eso, todos los 23 de julio eran una fiesta grande en casa e íbamos a pasarlos a las orillas del Miño en la aceña del Rey Chiquito. Ni entonces ni ahora he sabido porqué se llama así. Entonces era un lugar bucólico a las afueras de Lugo al que se llegaba por la polvorienta carretera de Hombreiro que unos años después recorrí varios lunes seguidos para ir de romería a una ermita donde se veneraba a san Nicolás, con la santa intención de que me ayudase a aprobar los exámenes. Pero esto será tema de otra historia.
Como mi padre estaba metido en las esferas del llamado gloriso movimiento nacional, disponíamos de coche y chofer partilar, un citroen enorme de color negro, esos que se llamaban citroen " pato " y que lo conducía el señor Tomé. Pequeño, bigotito recortado de alférez, la colilla colgada de la comisura de la boca, la cabeza con cuatro pelos muy repeinados y bien sujetos, siempre dispuesto a ser agradable y al que se añadía el toque de prestigio que le daba vivir en el barrio de la Teneria, punto donde se encontraba el puterío de la ciudad.
En la aceña había un viejo molino de piedra sobre el río y todavía recuerdo el olor a molienda, el polvillo a modo de dosel que cubría todo, el tableteo de las maderas del mecanismo y la luz silbante del carburo iluminando débilmente la enorme sala donde estaban los molineros haciendo la molienda. Un canal de agua desviado del río pasaba por una arcada bajo el molino para mover toda la maquinaria y estaba rodeado por un dique al que nos tenía prohibido acercarnos por si nos caíamos al río que, tal vez para meternos miedo, nos decían que estaba lleno de remolinos y si te bañabas ahí podías desaparecérías en el fondo sin remedio o ser atrapado por las aspas del molino. Siempre contaban de un niño que se había ahogado ese mismo verano en un punto u otro del río por no obedecer a sus padres y bañarse en un lugar peligroso.
Al lado del molino había una pradera umbría cubierta de árboles y que bajaba en cuesta hasta una pequeña playita donde nos permitían bañar sin alejarnos de la orilla y siempre bajo la mirada de los mayores. El río en esa zona el río discurría manso, perezoso y anchísimo, o al menos eso me parecía entonces. Guirnaldas de flores flancas csubrían la superficie del agua, unidas al lecho del río por unos tallos muy largos y a veces se veía el culebreo fugaz de una serpiente de agua. Lo peor de todo eran las sandijuelas, ¡ dios que asco ¡, se te clavaban en el cuerpo y había que quitarlas con la brasa de un cigarrillo pues sino era imposible soltarlas. Después dejaban una marca morada y la sensación de asco en el cuerpo.
Todavía recuerdo el momento en el que supe que ya sabía nadar al conseguir salvar la distancia de un par de metros chapoteando como un perro, pero sin hundirme como el plomo.
Aunque todo eso se olvidaba cuando llegaba el momento de la comida.
Se extendían unas mantas al pié de los árboles, se tendían unos enormes manteles de cuadros y se abría la caja de las maravillas, una enorme cesta rectangular de mimbre de la que iban saliendo los platos, los vasos y los cubiertos para dar paso a las fiambreras llenas de ensaladilla rusa, las tortillas con patatas y pimientos verdes, los embutidos, los filetes empanados, las hogazas de pan de la panaderia de plaza de santo Domingo. En unos calderos de cinz llenos de hielo picado se enfriaban las botellas de vino y las de gaseosa.
Nos sentábamos todos en corro y pronto empezaban a circular los platos llenos de comida. Ese día no nos ponían pegas a nada y se podía repetir de todo. De todo. hasta sentirse lleno como una boa. Pero aún quedaba lo mejor, mi madre empezaba a repartir la tarta de la confitería de las hermanas Calvo, una maravilla de hojaldre crujiente y crema pastelera. Se abrían los termos de café humeante y las botellas de aguardiente o de coñac terry y cuando entraba la modorra, te echabas a dormir la siesta en un rincón de las mantas con una corona de helechos sobre tí.
Normalmente los comensales éramos siempre los mismos. Mis padres, mis hermanos y yo, el señor Tomé que comía muy poco y bebía mucho, la tía Carmiña con sus hijos y algún amigo de la familia.
Pero de los familiares de mi padre no venía ninguno porque " no nos hablábamos ". En aquella época no sabíamos lo que había sucedido, pero estaba claro que con esa parte de la familia no había roce alguno y punto. Más tarde supe que la causa de los enfrentamientos fué motivada porque mi madre, una simple señoritinga de pueblo había cazado a mi padre y al casarse, la familia de este, que era de tanto abolengo había perdido la única fuente de ingresos de la que disponían. Los hermanos de mi padre, me resisto a llamarlos mis tíos, eran personas de mucho apellido pero sin duro y sin ningún tipo de estudios, pero no podían permitirse trabajar en cualquier cosa, así que se pasaban las horas muertas en la cama para engañar el hambre.
Pero mejor dejarlos donde están, en el pozo del olvido.
Había hablado de la tía Carmiña. Era una de las hermanas mayores de mi madre, había toda una belleza de joven según se contaba y que había nacido con el siglo, con el siglo XX claro está. Casada con un ricachón de la montaña de Lugo, estaba entroncanda con una familia de caquices que habían manejado la política de la zona toda la vida. A su casa fué desterrada mi madre, cuando mi abuela se enteró que su hija pequeña tenía un medio novio en el pueblo, un chico excelente, nada menos que un ingeniero pero que tenía el inconveniente de ser fruto de un matrimonio divorciado durante la República. A la niña, había que protegerla de la depravación y siguiendo el consejo del párroco la mandaron a casa de la tía Carmiña para que olvidase ese amorío. Allí, en una fiesta el día de las Candelas conoció a mi padre, un tenientillo recién salido de la academia de Zaragoza y que ahora imagino que estaría combatiendo a las patrullas de maquis que andaban por los montes de O Cebreiro. Día tras día recorría mi padre las trochas a través del monte de Os Nogais hasta donde vivía mi madre y parece ser que tardó poco tiempo en rendir sus defensas, pues se casaron al cabo de unos meses de noviazgo.
Al cabo de los años, fué esta misma tía la que nos acogió en su casa a la muerte de mi padre, despues de que las hermanas de este intentaran dejarnos con una mano delante y otra detrás. Y años más tarde, en la casa de esta misma tía que para entonces vivía en Valladolid, recalamos mi madre y yo cuando fuí a comernzar los estudios de medicina. Y muchas hambres me quitó los fines de semana cuando estaba en el colegio de huérfanos. Gracias.
Pero esto lo conté en otra parte del blog.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me parece interesante tu blog. La Aceña del Rei Chiquito recibe ese nombre en honor a Luis Reboredo, un personaje ciertamente curioso.
Me llamo María y vivo en Lugo. No dejes de escribir, es sumamente grato leerte. Un cariñoso saludo.
recomunicaciones@yahoo.es