lunes, julio 07, 2008

la manzana de oro


Erase que se era un niño muy pobre, muy pobre, tan pobre que no tenía ni una mísera Nintendo para jugar, ni una madre que lo cuidara, ni una familia que le hiciera la puñeta, ni nunca había comido caliente y desconocía lo que era el calor de un hogar y dormir sobre una cama mullida. Un niño tan pobre que mal se vestía con cuatro harapos que había ido recogiendo de los contenedores de basura, que comía las sobras que dejaban en las traseras del " Burger king " y que nunca había conocido las exigencias de una maestra con perturbaciones de carácter debidas a sus desarreglos hormonales y que, por tanto, tenía una ignorancia supina sobre los cortornos geográficos de su comunidad, las reglas de ortografía, las matemáticas modernas y de todas aquellas cosas aparentemenete útiles con las que atiborramos la cabeza de las tiernas criaturitas. Por no saber, no sabía quien era Pocoyó ni los Simpsom.
Para completar el panorama, estábamos en los más crudo del invierno, la ciudad aparecía cubierta por un denso manto de nieve blanca y pura sobre la que se marcaban las leves huellas de los piececillos del pobre niño. Como es preceptivo, era el final de la tarde para que todavía hiciese más frío y desde el río subía una niebla húmeda que difuminaba los contornos.
Este niño estaba aterido y hambriento pero feliz porque tenía un corazón bueno. Se sentó en un bordillo de la plaza para ver pasar la escasa gente que huía en busca del calor de sus hogares. Al fondo de la plaza, tras una escalinata de piedra se veía un dorado resplandor acompañado de una música ronca y dulce a la vez. No se dió cuenta de que una niña rubia cubierta con un abrigo y un gorro de pieles lo estaba mirando. La niña se soltó de la mano de su madre y se acercó dando saltitos en la nieve hacia él. Arrugando su naricita de pequinés, le sonrió mientras tendía una mano hacia el niño en la que se veía una manzana roja, perfecta, como la que le ofreció la malvada bruja a Blancanieves.
Este la cogió con miedo a la vez que una sonrisa de agradecimiento y de alegría inundaba su rostro. La niña dijo adiós con la mano y desapareció entre la bruma.
El niño se quedó perplejo sin saber que hacer y sin atreverse a hincar el diente en manjar tan apetecible para él. De pronto se sintió atraido como un imán por la luz que se veía al fondo de la plaza. Cruzó la plaza, subió la escalinata con cuidado y se acercó con miedo a la puerta trás la que se oía la misma música de antes.
Chirrió la puerta al abrirla, dejando paso a una nube de humo y de calor. Entró cn cuidado, mirando hacia todos los lados y un estallido de luces y de sonidos que lo envolvían, hizo que flaqueasen sus piernecitas. Se sentó en la esquina del último banco y observó ese nuevo mundo totalmente desconocido para él.
Al fondo, sobre un estrado y como flotando por encima de todas las cabezas, un hombre majestuosamente vestido hacía movimientos que a él le parecieron mágicos. Repiquetearon las campanillas y otro hombre casi tan majestuoso como el anterior bajo las gradas con una bandeja en sus manos, iniciando la marcha lentamente entre las filas de los bancos. A derecha e izquierda florecían manos que dejaban llover sobre la bandeja monedas y billetes, como si fuese una lluvia mansa. LLegó al final del pasillo, rodeo su banco y vió como se dirigía hacia él.
Se sintió aterrorizado, rebuscó entre sus harapos buscando un cobre para depositar en la bandeja, pero no encontró nada y por nada del mundo quería ser el único que no depositase su ofrenda. Al llegar la bandeja a su altura, cogió la manzana y la colocó sobre las monedas, recibiendo una mirada de sorpresa del portador. Este siguio lentamente hasta llegar al altar y depositó las ofrendas ante el otro hombre el cual, después de hacer unos extraños signos sobre ellas, elevó la bandeja por encima de su cabeza.
¡ Oh maravilla ¡, de pronto la manzana perdió su color y adquirió el tono del oro más puro lanzando destellos en todas las direcciones. Pero el niño no pudo ver tal prodigio, pues se escurrió lentamente al suelo, como si se desmonorase un montoncillo de nieve. Quién vió todo con una inmensa alegría fué el hombre que levantaba las ofrendas al cielo, calculándo rápidamente cuanto podía dinero podía sacar por la venta de la manzana de oro.

P.S. Esta es una versión libre del cuento " La manzana de oro " pirateada, dibujo inclusive, de uno de los tomos de la enciclopedia " El tesoro de la Juventud ". Que me perdonen

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