miércoles, julio 02, 2008

La camada


A pesar del airecillo que entra por la ventana, César no logra descansar en la cama, esta noche no le viene el sueño ni a la de tres. Vueltas y más vueltas, ya ha estirado las sábanas por tres veces y de nuevo las tiene hechas un rebujo. No debía haber cenado tanto. Tiene la pizza de anchoas atragantada en mitad del bandullo y se siente como una boa en plena digestión. Se rasca los pelos del pecho, su tripa sube y baja como una cafetera asmática y ya no sabe si levantarse de nuevo y largarse un Macallam. Y además, está el misterio de los calzoncillos. No se lo explica, esta semana han desaparecido dos de los que se había comprado en las rebajas y eran de marca, le costaron un pastón.
Faustina jura y perjura que los había lavado y dejado con el resto de la colada limpia para plancharlos cuando volviese el sábado a hacer las faenas de la casa. Que ella vive sola y para que iba a querer dos calzoncillos, por muy caros que fuesen. Que ya estaba bien y que si seguía desconfiando de ella, ya podía irse buscando pronto una externa que lo aguantase, que por nueve euros a la hora ya hacía bastante.
Poco a poco siente que se amodorra, pero unos arañazos suaves sobre el parquet lo espabilan. Se lavanta sobresaltado, parece que el calzoncillo sucio que había dejado hecho un rebujo sobre la alfombra se mueve solo hacia el pasillo. Se levanta de un salto y sale al pasillo con el tiempo justo de ver como desaparece el calzoncillo por la puerta de la cocina.
Enciende el fluorescente y mira hacia todos los rincones para buscar la mancha blanca de tela en el suelo. No aparece por ningún lado. Se mete a cuatro patas bajo la mesa, aparta las sillas. Nada.
Esto parece cosa de brujas. Nada. Sí, parece que asoma una punta de tela detrás del frigorífico. Lo aparta y allí, al calor del motor y sobre sus prendas perdidas encuentra a una rata que amamanta su camada de bolitas rosadas de pelo y carne. La rata lo mira con miedo y desafío al tiempo. Cesar empuja el frigorífico a su sitio, con cuidado de no dar fuerte contra la pared, abre la puerta de la nevera, vierte un poco de leche en un cuenco, corta unos tacos de queso que coloca sobre un platillo, apaga la luz de la cocina y se vuelve lentamente a la cama.