
La Palmira, un rebujo de capas superpuestas de ropa negra, envuelto todo él por un viejo mantón con flecos de lana gris rata, de la que sobresale la cara cuajada por un enrejeado de venillas color burdeos y un lacio mechón de pelo blanco, empuja la puerta de la churrería de Dos de Mayo. La recibe una varahada de humo caliente con olor a aceite frito que se mezcla con los saludos de los parroquianos. Se acomoda en un rincón de la barra mientras intenta que sus manos entren en calor por la proximidad de la cafetera. Se frota las puntas de los dedos llenos de sabañones, que sobresalen de sus guantes agujereados. Fuera amanece un día más de invierno, lechoso de niebla. Triste noviembre del 75, noviembre de flebitis y parálisis intestinales.
" ¿ Lo de siempre, Palmira ? ". " Sí, rápido que hay que matar el gusanillo antes de volver al puesto. Y entrar un poco en calor, que estás nieblas del Pisuerga se me están clavando en el alma ".
