miércoles, junio 18, 2008

La Palmira no sabe leer


La Palmira, un rebujo de capas superpuestas de ropa negra, envuelto todo él por un viejo mantón con flecos de lana gris rata, de la que sobresale la cara cuajada por un enrejeado de venillas color burdeos y un lacio mechón de pelo blanco, empuja la puerta de la churrería de Dos de Mayo. La recibe una varahada de humo caliente con olor a aceite frito que se mezcla con los saludos de los parroquianos. Se acomoda en un rincón de la barra mientras intenta que sus manos entren en calor por la proximidad de la cafetera. Se frota las puntas de los dedos llenos de sabañones, que sobresalen de sus guantes agujereados. Fuera amanece un día más de invierno, lechoso de niebla. Triste noviembre del 75, noviembre de flebitis y parálisis intestinales.
" ¿ Lo de siempre, Palmira ? ". " Sí, rápido que hay que matar el gusanillo antes de volver al puesto. Y entrar un poco en calor, que estás nieblas del Pisuerga se me están clavando en el alma ".

martes, junio 17, 2008

No estaria mal....


El chirrido de la silla de ruedas se clava como un estilete en su corazón. LLeva un mes detrás de sus hijas para que viertan unas gotas de aceite en el eje y que desaparezca ese ruido, pero nunca tienen tiempo de nada. Entran en casa como una exhalación, todo besos y arrumacos que suenan a excusa y a despedida, apenas un paréntesis entre su vida diaria. Hay que reconocerlo, es un coñazo tener que venir a casa para aguantar las quejas del padre, ese contínuo lamentarse por el abandono de sus hijas, la falta de comprensión porque la vida de hoy día es muy agobiante y apenas tienen tiempo para nada. Los colegios de los niños, la oficina, las sesiones de yoga, la peluqueria, las actividades extraescolares,la compra...la nevera, por más que la llenen, siempre está a las últimas.

domingo, junio 08, 2008

Valladolid, julio del 41


Valladolid, julio del 1941. Un sol de fuego cae a plomo sobre la Fuente Dorada y las escasas personas que se atreven a circular a esas horas buscan el refugio de los soportales. Manolita, cuerpo magro, morena, vestida como al desgaire con una batita de percal y un delantal azulón anudado a la cintura, se calza las zapatillas que llevaba en chanclas. Se seca el sudor de la frente y anima a la Gaspara, las mejillas bien embadurnadas de colorete, permanenente rubia muy marcada, blusa blanca bien ceñida y con una falda más roja que sus mejillas para que se espabile que todavía les queda subir Duque de la Victoria arriba y allí poca sombra van a encontrar.
Se levantan del suelo con pena, en breve se escapa el poco fresco que les habían transmitido las lajas de pizarra del suelo y agarran entre las dos el bulto de madera que estaba apoyado sobre una de las pilastras de piedra de los soportales.