jueves, diciembre 20, 2007

otra estrella en el cielo


Hoy se ha ido una amiga después de un año de luchar contra el puto cangrejo que se había adueñado de su cuerpo a través del tabaco. Siempre la recuerdo intentando abandonarlo, pero nunca resistió más de unas horas sin su compañia. En realidad es una de las personas cuyo contacto directo perdí cuando decidimos venir a vivir aquí, pero antes estaba viva y sabía que en cualquier momento podíamos volver a encontrarnos. Ahora, no.
La última vez que nos vimos fué el pasado verano, en Burgos, cuando todavía conservaba todo su poderío, siempre elegante y con un tocado que recordaba a un turbante de la Begum para disimular las huellas de la enfermedad. Apenas si hablamos, creo que ninguno de los dos nos sentíamos con ganas de entablar una conversación que solo derivaría a lo suyo, a su enfermedad. Y quedamos en vernos pronto, aquí, en el Levante.

domingo, diciembre 16, 2007

La Argentina


Ahora que lo pienso, nosotros fuimos mucho más afortunados que los demás niños de la aldea, los que también tenían a su padre en la Argentina pero la de ellos era la de verdad, la que estaba al otro lado de la mar, mientras que la nuestra estaba al final de la escalera que subía al desván.
Rosaura, nuestra madre, nos desconcertaba. Por la mañana, después de lavarnos los morros en el agua fría de la pileta del patio, nos preparaba el tazón de leche con pan y manteca mientras nos metía prisa para que llegásemos temprano a la escuela, porque doña Manoliña se enfadaba con los rezagados y les pegaba con la regla de hierro en los dedos llenos de sabañones. A esa hora nuestra madre siempre parecía muy triste, con la cara alargada como la Virgen del paso de Semana Santa, toda vestida de negro. Y así seguía todo el día, enlutada, triste por el marido que se le había ido a la Argentina al final de la guerra. Nuestro padre había sido de los rojos, de los que entraron en el pazo de los Petouto cuando los campesinos creyeron que la República les iba a dar la vida. Por eso cuando llego muerte en lugar de vida, mi padre fué de los que tuvo que desaperecer como lamentaba mi madre a las amigas en el lavadero, mientras retorcía las sábanas húmedas con las manos huesudas como sarmientos.
Pero al llegar la noche, mi madre trancaba la puerta del patio, pechaba bien todas las ventanas para que no dejase pasar ni un resquicio de luz y se transformaba. Se quitaba la ropa de luto y se ponía unas batas de flores con volantes, los robustos brazos al aire, unas gotitas de " Maderas de Oriente " tras las orejas. Nos hacía cenar rápido y después de rezar el rosario y los interminables padrenuestros por todos nuestros muertos, incluidas las benditas Animas del Purgatorio, nos obligaba a trotar hacia las camas y despues de repartir besos a mis hermanas y a mi, nos recordaba que no se nos ocurriese salir de la habitación en toda la noche, que para mear estaban los orinales de loza y para beber la jarra de agua cubierta con un pañito de la mesilla. Que por las noches los pasillos eran peligrosos, que rondaba el " Sacamantecas " para chupar la sangre a los niños desobedientes.
Al poco rato se oían crujir los peldaños de a vieja escalera del desván. Un crujido, silencio, otro mas débil, silencio, un ruido más fuerte, silencio de nuevo y el resplandor fugaz de una luz bajo el quicio de nuestra puerta. Mis hermanas dormían como corderas, pero yo aguzaba el oido en busca de cualquier sonido. De pronto me parecía oir una risita sofocada del lado de la alcoba de la madre, un grito ahogado como de gozo, un temblequeo de las patas de la cama y después nada.... aunque a veces se oía roncar muy fuerte y eso que yo tenía entendido que las mujeres no roncaban. A vaces, al amanecer, creía sentir un aliento a café y el roce de un bigote sobre mi mejilla.
Una mañana me desperté con mucha fiebre, no podía apenas tragar y mi madre me puso un paño colorado muy caliente en la garganta y despachó a las pequeñas camino de la escuela. Poco después subió con una cataplasma de mostaza para ponérmela en el pecho y un vaso de leche con miel y una aspirina. Estaba medio adormilado por la fiebre pero veía que mi madre andaba muy nerviosa y no paraba de entrar y de salir del cuarto, subiendo y bajando al desván. De pronto dijo que tenía que ahora que estábamos solos en casa, me iba a contar un secreto, porque ya era medio hombre y sabía que no lo iba a revelar a nadie.
Salió corriendo de la habitación, subió al desván y sentí que bajaban dos personas. No podía creer lo que estaba viendo. Mi padre entró en la alcoba y su presencia llenó todo el hueco de la puerta. Nos abrazamos como locos los tres y me fueron explicando lo sucedido. Sabían que mi padre encabezaba la lista de los " rojos " a los que había que dar el paseo. Preparon un refugio en el fondo del desván y allí se ocultó, mientras mi madre hacía creer a toda la aldea que se había ido a Las Américas. Cuando no estábamos en casa, él podia salir por la parte de arriba, sin acercarse nunca a las ventanas y en cuanto volvíamos nosotros, se escondía de nuevo. Y por las noches, cuando nos creían dormidos, bajaba a la alcoba de mi madre para pasar la noche juntos.
Por eso le gustaban tan poco nuestras vacaciones, porque se tenía que quedar oculto todo el día. Pero ahora yo era otro complice en su secreto y pronto, cuando crecieran un poco más las pequeñas, todo sería más fácil.
Una noche, cuando ya estaba todo trancado, oimos golpear guijarros contra la ventana de la cocina. Mi madre nos mandó quedar quietos y abrió las contraventanas. Pedriño el sacristán estaba todo asustado y no paraba de hacer gestos para que mi madre le abriese la puerta. Don Froilán, el señor cura párroco de la aldea se había reunido con el señor de Petouto, el del pazo, y con el chupagaitas del alcalde para deliberar con mucho sigilo. Pedriño soolo oyó " o da Rosaura ", " roxo do carallo ", " cortarle los huevos"...y sin esperar nada más vino a avisar a mi madre. Esta sin pensarlo un momento, como si lo hubiese ensayado mil veces, le dió las gracias a Pedriño y le dijo que volviese en otro momento a por media docena de huevos, metió a las niñas en la cama quitándoles la ropa a tirones, trancó su puerta y me hizo subir al desván, en busca de padre. Bajamos en silencio las escaleras, llegamos al cortello de las vacas, apartó mi madre la cama de estiercol y toxos y apareció una trampa en el suelo. La levantó mi padre con esfuerzo, se metió dentro del agujero y mi madre cubrió de nuevo la trampa con el estiercol.
Nos subimos jadeando a las camas y, apenas si nos habíamos acostado, cuando se oyó una jauria de gritos encabezados por el señor párroco. Entraron en busca de " ese roxo de merda ", pusieron la casa patas arriba pero no encontraron nada. Ya amanecía cuando se marcharon furiosos prometiendo volver.
Por esa vez, la Argentina estaba a salvo....

viernes, diciembre 14, 2007

Cabalgata de Reyes



Con la breve llegada al poder municipal de los socialistas en la ciudad de Burgos, cuando creíamos que aquella ciudad podía ser distinta, se hizo realidad una de mis mayores ilusiones: ser Rey Mago en la Cabalgata del año 2000, una forma muy personal y bella de empezar un nuevo siglo. Y dadas mis hechuras estaba claro que me correspondía hacer de Melchor.
La tarde del día cinco de enero era una de esas días típicas del invierno burgalés, con un frío y un viento grandes y por si eso era poco, no cesaba de llover. El tiempo era tan malo que por un momento se plantearon suspender la Cabalgata, pero menos mal que no lo hicieron. Nos concentraron a todos en la Casa de Cultura del barrio de Gamonal. El traje me quedaba muy justo y más que Mago parecía un Falstatt, pero me embutieron dentro y me pusieron una barba postiza que malamente se pegaba sobre la mía natural. Y la señora que nos vestía me recalcó muchas veces que no perdiese los postizos porque costaban mucho dinero. Un toque de colorete en las mejillas y me coronaron. Por calzado, unas zapatillas Wamba pintadas de purpurina dorada.

domingo, diciembre 09, 2007

Cuento de navidad o algo así


La higuera se siente desnuda y observa con tristeza como apenas quedan hojas adheridas a sus ramas, su pié rodeado por una falda de hojas secas de color amarillo viejo que se han ido desprendiendo poco a poco de sus brazos, sin nada que oculte su cuerpo de la mirada orgullosa de los árboles que la rodean.
La palmera se mece de modo solemne mientras agita sus palmas de un modo ceremonioso, mirando de un modo desdeñoso a la pariente pobre que tiene enfrente, la quentia, que solo sirve para que se reunan montones de estorninos escandalosos al atardecer. Y al otro lado de la higuera, solemne en medio de la rocalla, se levanta el olivo con sus ramas cubiertas de hojas verde plata, satisfecho de la cosecha de aceitunas de que acaban de aliviarlo. Las buganvillas rivalizan en colorido con los hibiscos y ríen de un modo risueño pues saben que no les faltan las flores en todo el año. Y hasta los cactus que dormitan entre la grava y las rocas se sienten contentos de las casacas de espinas que los recubren.