martes, octubre 02, 2007

Empezando a trabajar



Cuando terminé los estudios me ví en la necesidad de empezar a trabajar lo antes posible para evitar volver a casa, con mi madre y a través de Mary que era amiga de un fraile de San Juan de Dios me ofrecieron ocupar una vacante de médico de guardia en la Clínica de Burgos. Inmediatamente dije que sí. 10000 pelas mensuales, comida, habitacíón y lavado de ropa a cambio del trabajo me parecía una oferta maravillosa pues me permitía quedarme cerca de Valladolid.

El día del Pilar del 75 aterrizamos toda la pandilla en un Burgos completamente nevado ¡¡¡ dios, donde me iba a meter ¡¡¡ y dejamos mi equipaje, un maletón grís medio maltrecho que me había acompañado a lo largo de toda la carrera, en la habítacíon de la clínica que iba a ser mi vivienda en lo sucesivo. Nos volvimos a Valladolid para celebrar la fiesta con Pilarina y al día siguiente hice el camino de vuelta en tren. Era mi primer trabajo serio y no sabía bien como iba a responder, es más, no tenía ni la menor idea de lo que me esperaba ni como saldría del paso. Me equiparon con una bata blanca que me sobraba por todas partes y me dijeron que me esperase en la habitación, que ya me avisarían si había alguna una urgencia.
Mi turno comenzaba a las 3 de la tarde. Me senté en la butaca y fueron pasando las horas. No sucedía nada. Del sillón a la ventana de rejas que daba al parque de La Isla y de allí al teléfono para ver si estaba bien colgado. Se hizo de noche y yo sin atreverme a encender la luz porque al lado de mi cama había varios cordones con sus interruptores al final y no me decidía a pulsar ninguno, no fuese a sonar una alarma. Los minutos pasaban muy lentos y el teléfono seguía mudo. Subí a cenar en el comedor del personal y engullí la cena rápidamente por miedo a encontrarme con alguién y volví a la oscuridad de mi habitación hasta que dieron las once d ela noche y se acabó mi turno. Me desnudé con la luz del baño encendida, me metí en la cama y ya al día siguiente, con algo más de confianza, me atreví a explorar los interruptores de las luces.
Hasta la segunda o tercera tarde no tuve mi bautismo de fuego. Sonó el teléfono y me dijeron que fuese a Urgencias que llegaba un accidentado de tráfico. Se abrió la puerta de urgencias y lo único que recuerdo es a un hombre sangrando con las dos piernas bailando como si tuviesen vida propia y estuviesen separadas del resto del cuerpo....Me apoyé en la pared y casi perdí el conocimiento, pero el bueno del enfermero se hizo cargo de la situación, me apartó a un lado y me dijo que respirase muy hondo.
Pero pronto perdí el miedo y me dediqué a corretear por todas las plantas de la Clínica, metiéndome como piojo por costura por los botiquines, las consultas y, en especial, por los offices haciéndome amigos de la pandilla de chicas que se encargaban del servicio de las habitaciones.
Poco a poco fuí conociendo a los médicos y echándoles una mano en sus trabajos, al tiempo que iba perdiendo el miedo y aprendiendo lo más elemental para desenvolverme en las guardias, cuando era el único médico que quedaba en la Clínica.
Me encontré con personas maravillosas que ayudaban a cambio de nada, como Josechu o Ramón y otros que eran verdaderas sandijuelas que chupaban toda la sangre que podían y que pasaban por auténticos caballeros ante todo el mundo y eran capaces de quitarnos hasta el último céntimo que nos correspondia.Estos fueron tantos que casi prefiero ni nombrarlos.
Las tardes me las pasaba en la consulta de Trauma a pesar del respeto que me provocaba la monja, la Echaveste, una monja vasca totalmente vestida de blanco, tiesa y altiva como un paredón y que, para imponer mayor respeto, llevaba puesto un collarín que no le permitía doblarse un ápice. Muchos años después la conocí ya vestida de seglar, con el pelo mal teñido y todo el miedo que provocaba se fué al traste.
Los peores momentos eran siempre aquellos en los que me quedaba solo y se presentaba alguna urgencia importante. En especial las tardes de verano en que no se podía localizar a nadie. Llegaba un accidentado, lo remontaba como podía y después con el boletín de la mutua correpondiente en la mano empezaba el rosario de llamadas....." No, no está...." " No sé donde puedo localizarlo "...y así uno tras otro si tenías la suerte de que levantaran el telefono.
Todas las tardes escribía una carta a Alfonso contando las incidencias del dia y respondiendo a su carta que había recibido por la mañana. Después iba al trote hasta el buzón de la Plaza Castilla para que llegase antes de la última recogida de correspondencia. Y después me iba a los offices pues era la hora en que se repartían las cenas a los pacientes y siempre se podía afanar algo. Lo mejor, unas croquetas deliciosas o unas tortillas de patata pequeñas que eran muy jugosas. A eso se añadía el aliciente de que teníamos que comerla a medias con la camarera y sin que nos pillasen las monjas. El sitema era fácil: uno se comía la mitad de la ración mientras el otro vigilaba desde la puerta y después alternábamos los puestos.
Para los médicos de guardia nos solían dejar flanes ya mohosos y el juego consistía en forzar el cajón donde guardaban los sobrantes y dar el cambiazo.
Aunque había una monja encantadora, la que podeis ver en la foto. Joven y muy trabajadora, vasca de Guernika, con la que hicimos muy buenas migas otro médico de guardia y yo, tal vez por ser de una edad parecida. Siempre riendo, ella sí nos daba los flanes más recientes y nos guardaba las mejores tajadas de pollo. Y a las demás monjas eso las traía por la calle de la Amargura. Una noche vino la Provincial de visita y a la mañana siguiente, muy tempranito, salió la monjita trasladada a otro lugar. Al cabo de un par de años nos enteramos que había dejado la Orden y que se había casado....Menuda alegria.
En la planta de Maternidad estaba Sor Elvira, alias " la cagapoquito " así bautizada por las otras monjas porque decían que era tan tacaña, que racionaba hasta la mierda. Pedía cinco raciones a cocina para diez parturientas y todavía devolvía una o dos raciones al final de la cena. Y cortaba los espárragos a lo largo en tres con ayuda de un bisturí.
Durante una temporada todas las noches sobre las tres o cuatro de la madrugada, al terminar su jornada de trabajo, se presentaba a de urgencias una de las chicas alegres del cercano Club " Campoamor ". La cantata era siempre la misma. Que estaba podrida por dentro y que tenía que padecer algún cancer porque ella notaba que un gusano le atravesaba las entrañas. Siempre la misma. " Nada, estás bien, no te preocupes y tomate esto ya verás como mejoras ". " Esto " solía ser un vaso con agua y unas gotas de algún medicamento inocúo. Pero una de las veces llegó especialmente inquieta y dijo que si no la mirábamos bien, no se marchaba. Le pedí que se descubriera y, se quitó el abrigo, bajo la cremallera de una especie de mono de lamé plateado y se quedo totalmente desnuda en mitad del botiquín. La monja empezó a gritar escandalizada: " Pero si no lleva nada debajo "....." Tranquila hermana, peinse que viene con el uniforme de trabajo..."
Muy pronto aprendí a manejar la centralita de teléfonos, un viejo aparato de esos que llevan clavijas mediante los que se pasaban las llamadas a las habitaciones. En el turno de noche se quedaba Mateo " el Chipirón ",así llamado porque una noche no paraba de sonar el telfóno y, como no respondía nadie, se acercó uno de los frailes a ver que pasaba y se lo encontró hecho un ovillo en el suelo, debajo de la centralita con los morros untados de salsa de calamares que había pillado en alguna de las neveras.
Un día hizo su aparición en la clínica el Hermano Roberto. Lo habían trasladado de otra comunidad y su llegada fué la misma de un gallo que hiciese su entrada triunfal en un gallinero. Alto, joven, guapo y muy cachas, siempre vestido con vaqueros y una camiseta blanca sin mangas, a pesar del invierno burgalés. Entraba en los botiquines y veías como las monjas estaban a punto de desmayarse comiéndoselo con los ojos. Muy pronto notamos que las monjas se teñían mejor el flequillo que les dejaba ver la toca y empezaron a pedirle a las camareras que les comprasen cremas para la cara y coloretes.
Una noche de esas tranquilas en las que no había movimiento alguno en la clínica, sin accidentados ni partos pendientes, de pronto a las dos o las tres d elas madrugadas se encendió el piloto de un quirófano en la centralita de teléfonos. " El chipi " medio dormido atendió la llamada y una voz de mujer le dijo
" LLame a la habitación del Hermano Roberto para ver si está allí la Hermana Alicia ". El pobre, sin pensarlo dos veces, metió la clavija, despertó al fraile y le trasladó la pregunta. Bajó el fraile dando voces por los pasillos y le montó un escándalo al pobre hombre, amenazándolo con el despido y con partirle la cara....Pero nadie supo cual de las monjas despechadas bajó de la Comunidad a los quirófanos para montar tal trifulca. Al día siguiente nos enteramos que tanto el Hermano Rafael como la hermana Alicia ya no estaban entre los miembros de la Comunidad...
Por aquellas fechas más o menos llego la epidemia de Neumonia atópica cuando todavía no se sabía la causa, a pesar de que aquel Ministro de Sanidad de la UCD dijo que la causaba un bichito tan pequeño que, si se caía de la mesa al suelo, se mataba. Me llegó un niño a ingresar con mucha fiebre y, tras hacerle una placa y ver que tenía us probable neumonía llamé a uno de los pediatras de la Mutua...... no sé si Zipi o Zape, pues así llamábamos a los dos hermanos gemelos que tenían esa especialidad. Pusimos al niño en una zona aislada y al rato se abre la puerta y hace su aparición una persona con gorro, mascarilla, calzas, guantes y bata que llevaba otra mascarilla en la mano. " Póngale esa mascarilla al paciente y apártense todos que esto puede ser contagioso ". La madre que vió aquella aparición comenzo a dar alaridos y se cayó al suelo gritando " Mi niño se mueeeeeeerrrrrreeeeeeeee "......Al final, solo fué una jodia gripe.
De esos años conservo muy buenos recuerdos, tal vez los mejores porque coincidieron con las ilusiones con las que todos iniciamos una vida nueva. Pero también hay malos momentos.
En aquella época estaba bien visto parir en la cínica. Habitación individual. Flores. Visitas. Médico y matrona privados. Dilataban un par de centímetros, se les ponía un coctel y salía el niño cagando leches. Había cinco o seis médicos con sus correspondientes matronas que cortaban todo el bacalao.
Una de esas noches se puso de parto una mujer ya madura, cuarentona, que había tenido varios abortos y esa era sul última oportunidad de tener un hijo. LLamaron a la matrona pero, por unas causas u otras, está tardó en llegar. Al final, hizo su aparición y llamó al médico, el más hijoputa de todos, señor alto y delgado, con bigotito franquista, de la mejor familia, misa diaria y más ladrón que nadie. Pero el bueno de Don José no llegaba y el parto se torcía. Al final la matrona pide que suba con urgencia el médico de guardia y al entrar en el paritorio me encuentro la parafernalia típica, con la mujer abierta de piernas, ropa manchada desangre por todas partes y me piden que reanime a un bebé ya frío.....nada que hacer. De pronto entra por la puerta trasera del quirófano y el médico y me dice que salga.
A la familia se les informo que el culpable de tal desaguisado había sido yo, el joven e ignorante ayudante suyo que había dejado morir al niño. Fué tal la verguenza que pasé que no me atrevía a pasar por delante de la habitación de la parturienta por si se echaban encima mía. Y temblaba de que hubiese una urgencia en esa planta. Cuando le dieron el alta respiré aliviado.
Marisol. Han pasado casi 30 años y todavía no he olvidado su cara redonda, ni su sonrisa, ni la alegría que transmita. Ingresó en la Clínica por una intervención banal, creo recordar que unas varices y desde el primer momento le tomé aprecio. Me pasaba las horas muertas en su habitación hablando con ella y su marido. La operación fué bien y yo seguí pasando allí todo el tiempo que tenía libre entre una urgencia y otra. De pronto se complicó la situación y en cosa de horas se murió, todavía no sé bien a causa de qué. Fué una muerte ridícula por incomprensible. Lo pasé muy mal, mucho y allí aprendí que no se podía uno implicar con los pacientes, que era malo encariñarse con ellos....pero lo aprendí poquito porque eso he seguido haciéndolo siempre igual.

No hay comentarios: