jueves, agosto 17, 2006

SEVILLA


Sin saber como, cada vez que nombramos una ciudad ya conocida nos viene a la memoria un recuerdo, un fogonazo sobre un instante vivido en ella y que pudo ser muy breve pero que se grabó muy a fondo para siempre y que no tiene por que tener ninguna relacion con los tópicos que la acompañan. Eso mismo me sucede con Sevilla.
La primera vez que fuimos a Sevilla fué en los últimos días del 92, una vez terminanada la época que nosotros considerábamos de autobombo gubernamental, aunque de este modo nos castigamos sin ver la Expo de la que todo el mundo contaba mil y una cosas..... Siempre que pienso en Sevilla hay dos cosas que me vienen a la cabeza.
Una es algo tan simple como el sabor amargo de sus naranjas. En invierno toda la ciudad esta llena de naranjos rebosantes de fruta y para mi desgracia saben muy amargas pues le claveéel diente a más de una. Y me pareció tamaño despilfarro ver las calles regadas de fruta y no poder comerlas...

lunes, agosto 07, 2006

Seis cines


La primera imagen que conservo del cine va unido, como no podía ser de otro modo, a una de las múltiples regañinas de mi madre. Imagino que tendría unos 5 ó 6 años y todavía vivíamos en la casa del Parque. No sé como conseguí el dinero, ni como se me ocurrió la idea, pero una tarde de Nochebuena crucé la ciudad hasta el cine Vitoria y me metí a ver una película de la que solo recuerdo que era de Tarzán, una cualquiera de las protagonizadas por Jhonny Weissmuller ( pero esto, como es obvio, lo aprendí mucho más tarde, cuando ya iba de " leido " ). La sala del cine era larga y angosta y, en contra de la habitual, el acceso a las localidades estaba situado a los lados de la pantalla, mucho más estrecha de lo habitual.

sábado, agosto 05, 2006

VOLAR, VIVIR



Ese deseo de volar, de saltar por encima de la barandilla del balcón y planear de modo suave como si se pudiese detener la gravedad, sentir como el aire abraza todo tu cuerpo, esa especie de vertigo que asciende desde los piés a la garganta, esa imagen de tu cuerpo desnudo destrozado contra el asfalto, las caras de las personas que acuden incrédulas a tu caida en picado, sin poder planear, sin poder vencer a la gravedad. Esa llamada del vacío, esa posibilidad de acabar con todo y convertirte en nada, en recuerdo. El balcón te llama y sientes a la vez atracción y un miedo irracional, porque sabes que nunca lo harás, que nunca intentarás volar.
La misma sensación que te asalta en todas las estaciones de tren o de Metro cuando se acerca la locomotora, ese deseo de abrazarte a la máquina que se acerca y esa instintiva huida hacia atrás, hacia la vida.
Y sigues delante de tu ordenador, te aferras con fuerza a la silla y clavas los piés firmes en el suelo mientras escuchas una vieja cancíon de Crosby, Stills and Nash de fondo y levantas la mirada y ves las siluetas superpuestas de las montañas abrazando la torre de la iglesia, como imágenes de un diarama difuminado en rosa y piensas si no estarás un poco loco.