
Pedro está apoyado con aspecto cansino en la barra del bar donde desayuna todos los días. Toma el último sorbo del café con leche y apura con la cucharilla las migas del croissant que han quedado en el fondo de la taza, mientras hojea sin prestar mucha atención las páginas deportivas del " ABC ". Ya es hora de abrir la tienda y se despìde del camarero con un vago gesto de su mano izquierda. Cruza la plaza del Dos de Mayo sorteando cascos de botella y mierda de perros, enfila la calle donde está el local, una mercería que ya era de su madre. Llega delante de " El dedal de oro ", levanta la persiana, quita la alarma y encienda las luces porque todavía hay mucha oscuridad en la calle. Lo primero que hace es enchufar el brasero eléctrico que está bajo la camilla para que se vaya caldeando la mercería antes de que baje su madre a media mañana y encienda la lamparita de aceite que está delante de la imagen de Santa Gema.