domingo, mayo 21, 2017

Lugo, hacia 1960. Mis profes del instituto masculino




Lo mismo que nunca he podido ni deseado olvidar a mis dos primeras maestras de las que ya he hablado en otra parte de este blog, más de una vez me vienen a la memoria los profesores que lidiaron conmigo los cuatro años que cursé bachillerato en el instituto masculino de Lugo, allá por los primeros años sesenta del pasado siglo. Un edificio alargado de granito alternando la piedra grisácea con zonas pintadas de blanco, situado en la avenida que desde la glorieta en la que desemboca la calle Obispo Aguirre lleva hasta la entrada del parque Rosalía de Castro . En aquella época, una margen de la avenida la ocupaba el edificio del instituto y la otra unos cuantos chalets de diverso tipo, predominando el racionalista y que terminaba con el mazacote gris de la Audiencia. En el centro un paseo de tierra con los bancos de piedra para que se pudieran sentar los abuelos que esperaban la salida de sus nietos. Y todo ello, bajo los tilos.








El instituto tenía dos entradas a las que se accedía a través de escalinatas de piedra. Una, la más próxima al parque, donde estaba el cuarto de los bedeles, que era el usado habitualmente por los alumnos y otra, en el extremo opuesto, más solemne, por la que accedían los profesores. Un gran pasillo con amplias aulas a cada lado donde dábamos guerra unos cincuenta energúmenos por clase.
Las aulas eran grandes, rectangulares con el piso de baldosas desgastadas por el roce de tantas botas. Un lateral estaba ocupado por un gran ventanal que se abría a la avenida en un caso y a los campos de juegos en el otro. El otro flanco lo ocupaba un armario que recorría toda la pared,  imagino que concebido para guardar el material didáctico, pero que  no almacenaba más que telas de araña y alguna vieja enciclopedia. Al fondo, el estrado con la mesa del profesor. El crucifijo flanqueado por los retratos de Franco y José Antonio tras él y el resto del espacio lo ocupaban unos 25 o 30 pupitres donde nos apiñábamos los alumnos colocados de dos en dos.



Imagino que en estos años habré pasado por manos de más de los profesores que voy a evocar, pero estos son aquellos de los que guardo un recuerdo más nítido.
Comenzaremos por don Froilán López, en aquella época todopoderoso director del instituto y profesor de lenguas muertas. Era un viejo sacerdote, vestido siempre de negro, con la sotana brillante por el roce. Seco como un sarmiento viejo, gafas de pinza, cuatro pelos en la calva y un aire de tener perenne dispepsia, entraba en clase con su cartera bajo el brazo, se sentaba tras la mesa, se quitaba el bonete que depositaba sobre la mesa y dirigía una mirada de halcón sobre todos nosotros. En el aula no se movían ni las moscas. Sacaba de la cartera un opúsculo sobre Cornelio Nepote del que era autor y que teníamos que comprar de modo obligatorio para aprenderlo de memoria y recitar como loros de repetición, martirizándonos con el rosa-rosae y las restantes declinaciones latinas.
Don Gonzalo Paz se encargaba de la Geografía e Historia. Tal vez sea del que tengo un recuerdo más entrañable. Alto y de medía edad, siempre muy bien vestido, con el pelo engominado y echado hacia atrás como un galán de cine, era en todo opuesto a don Froilán. Amable y siempre sonriente, nunca reñía ni decía una palabra más alta que otra. Como siempre me han gustado las asignaturas llamadas de " letras ", en contraposición a las de " ciencias " a las que odiaba, me aplicaba en estos temas y sacaba muy buenas notas.




No sé si por eso, o porque era gordito como una manzana rubia, los compañeros la tomaban conmigo diciendo que estaba " enchufado " con el profe. Así que un día, harto de las pullas de mis compañeros, me levanté en mitad de clase y le dije " verdad don Gonzalo que no estoy recomendado con usted ? ". No recuerdo su respuesta, pero siempre he pensado en lo que pensaría del niño pazguato que le hizo tal pregunta. Pero gracias a él todavía recuerdo que Reikiavik es la capital de Islandia.
Y pasemos a las odiadas Matemáticas. Don Cesáreo Fouz, alias " el cabezolo ", era el encargado de hacer entrar tan ardua materia en mi mollera y a fe que no lo logró, en parte por mi cerrazón hacia ella permanentemente arrugada, con el faldón de la camisa fuera o asomándole por la pretina, farfullaba fórmulas y llenaba pizarras de signos que, para mi, semejaban signos en sánscrito. Pero se ve que él y su señora eran muy fecundos porque cada año, coincidiendo con el final del curso tenían un nuevo vástago, por lo que don Cesáreo nos daba aprobado general. Si no es por eso, todavía estoy con los números quebrados a vueltas.
Pasemos a las mujeres. Doña Charo Torbiso, la " Torbiso " o " pico loro " se encargaba de las Ciencias Naturales. Pequeña y culona, el pelo rizado como una escarola y un perfil de loro brasileño, sus pechos y la nariz aguileña competían por ver quien llegaba primero a los sitios. Aparentemente adusta, en realidad era un trozo de pan, a la que era fácil engañar en clase y muchos días, con la disculpa de observar la naturaleza, nos escapábamos de su clase para ir a las cuestas del parque a cazar grillos. Un día, coincidiendo con su santo, al llegar al aula se encontró con un paquetito envuelto en papel muy fino sobre su mesa. Al abrirlo sacó una rama de perejil y una nota que, al leer,  la hizo bramar como una fiera. " Felicidades y mucho cuidado, el perejil mata a los loros ".
 La Torbiso tenía una hermana que era justo lo contrario a ella. Alta y esbelta, con un moño rubio peinado a lo Grace Kelly, tenía un cuerpo escultural...pero al volver la cara se acababa el encanto pues su nariz de loro era mayor que la de su hermana. Tal vez por eso la llamábamos " cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento ".






La otra profesora femenina era la de Dibujo. Solo recuerdo que le llamábamos la " Patacona " porque era tan alta como ancha, redonda como una moneda de diez céntimos. Todavía recuerdo cuando ponía un cántaro de barro sobre su mesa y nos pedía que lo dibujásemos a mano alzada. Dios, que sería eso. Pero mi dibujo era lo más parecido a una cagarruta de oveja. Y cuando pasamos al dibujo lineal, fue el remate porque lo mio era un continuo llenar de borrones de tinta china todas las láminas. Pero no tuve el menor problema con ella. La Patacona jugaba todos los jueves a la canasta con mi abuela y las restantes amigas, así que el aprobado estaba asegurado. Claro que hoy es el día que sigo pintando una casa con cuatro palotes y un rizo de humo saliendo de la chimenea.





Don Xesús Alonso Montero llegó a Lugo para encargarse de la cátedra de Lengua y Literatura por los años en que yo estudiaba. Actualmente es el presidente de la Real Academia de la Lengua y rebuscando en internet, me entero de que, por aquellas fechas, había ingresado en el Partido Comunista de España. Su llegada fue como un golpe de aire fresco entre tanto profesor rancio. No muy alto, pero ancho de hombros, como un recio hombre de campo, desde el primer momento me agradó porque era comunicativo con todos y se gastaba un aire a lo Spencer Tracy, prototipo de hombre bueno. Su mayor empeño era que aprendiésemos a escribir bien y emprendió una campaña para usar bien comas, acentos y " bes " y " uves ", con la inestimable ayuda de su mujer que le secundaba en clase. Cada vez que oíamos la palabra " dictado ", un sudor frío nos recorría la espalda. Por cada falta restaba medio punto y las puntuación podían oscilar entre menos cuarenta y menos cincuenta. Claro que, a final de curso, consiguieron que sacásemos notas positivas y llegar al aprobado. Eso nunca dejaré de agradecérselo pues gracias a ellos conseguí escribir correctamente.



Falta otra mujer. La de Francés, la señorita Teijeiro, familia de doña Maruja, una de las queridas profesoras de mi niñez. Alta y atractiva, era una mujer joven entre tanto carcamal, melena rubia y gafas metálicas, siempre maquillada, consiguió hacernos amar la cultura francesa. La gente decía que ese aire triste que la acompañaba era porque un sinvergüenza la dejó plantada al borde del altar. Pero yo sigo recordando " ou est le paraplue de ma tante ?, le paraplue de ma tante é sur le tableau ", lo que me ha sido muy util en los viajes a tierras francesas.
Don Pedro López Rubiños era el otro sacerdote y se encargaba de la asignatura de Religión, de importancia capital para la formación de tan tiernos borregos. De sus clases no me acuerdo de nada, pero sí de los sobrecitos de color crema que nos repartía todos los años como encargado de Misiones de la diócesis. Nuestra misión era repartirlos en nuestra casa y entre nuestros conocidos para que depositasen dinero con el que redimir a los pobres chinos o los negritos del África tropical  como rezaba la canción del Cola Cao.
Claro que esos sobres tenían una pega: se despegaban con enorme facilidad, con lo que el dinero que contenían se perdía en mis bolsillos y, no sé por que arte milagrosa, afloraba en mis dedos cuando encargaba un bocadillo de mejillones en escabeche en un bar que había cerca del instituto femenino. Cuantos bocatas a tres pesetas me habré comido y cuantas almas de pobres paganos no se habrán redimido por mi mala fe.





Mejor aún era en el día del Domund. Salíamos con la hucha de cerámica en ristre por las calles para asaltar a la gente pidiendo " una ayuda para las misiones ". Al final de la jornada era fácil, con ayuda de un cuchillo, sacar los billetes a través de la ranura de la cabeza del pobre negrito o chinito de barro. Todavía recuerdo la emoción al ver asomar un billete morado de 25 pesetas todo plegadito pensando en los bocatas que me iba a tomar.
Me faltan aquellos profesores de los que no recuerdo nada, son como una nebulosa, tal vez porque esas asignaturas no me motivaron nunca en lo más mínimo. Estaba el profesor de " Formación del Espíritu Nacional ", un miembro activo de Falange que acudía a clase con su camisa azulona y el emblema de la Falange en la solapa. Las clases eran un puro sesteadero aunque recuerdo que el libro de texto tenía unos grabados magníficos. Las clases eran de tarde con lo que el sopor nos invadía a todos, salvo un par de ellos que aprovechaban para sacarse la polla y hacerse pajas entre las risas de unos y la incomprensión de otros que no estaban todavía en la onda. Curiosamente uno de ellos me lo encontré años después como compañero del Opus, aunque nunca pude dejar de relacionarlo con sus prácticas en clase.





Y por último, el de Gimnasia, otro miembro activo de la Falange. Esta era para mi la peor de todas las asignaturas pues, dado que era redondo como una aceituna, las actividades físicas no iban conmigo. Todavía recuerdo el terror con el que me enfrentaba al potro o al plinto, al que nunca conseguí superar. Un trotecito cochinero hasta llegar al aparato, un salto como un susto y allí me quedaba clavado como un poste, a pesar de los reniego del profesor. O las malditas espalderas de las cuales no creo haber pasado nunca del segundo peldaño. Claro que tanto en esta asignatura, como en la anterior, nunca tuve problemas para aprobar. De algo me tendría que valer el ser sobrino del delegado de la OJE en la ciudad.
Acabé cuarto de bachillerato, pasé la maldita reválida y cambiaron a mi padre de destino. El instituto de Lugo ya solo era recuerdo.  

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