lunes, mayo 01, 2017

EL MITO DE CANDARAN



Las islas de Candarán están permanentemente rodeada de brumas. Gruesos nubarrones de plata trenzan una inmensa cortina que las aísla del mar circundante. Nunca se ha podido acercar nadie a sus costas de modo intencionado, pues todos los intentos de trazar cartas de navegación que conduzcan a ellas han fracasado y hoy día, a pesar de los sofisticados medios de localización que nos permiten visualizar hasta el asteroide más remoto perdido en el más recóndito rincón de nuestro sistema solar, no se han llegado a localizar, perdidas las islas en medio de la bruma que las rodea.




Esas mismas nubes que la protegen tienen dos caras. Al exterior grisáceo que sirve para ocultarlas se opone una luminosidad interna que baña toda la superficie de las islas, a modo de una fina película que diese vida a todo lo que toca. Son tres islas las que conforman el archipiélago: la Gran Candarán, Candarán la Chica y la Cola de Candarán, apenas una barra de coral que hace de eje separando a las otras dos islas. Algunos autores las sitúan en el mar de la China Meridional, al este de las islas Filipinas, pero otros las ubican más al sur, entre las islas Fiji y las Salomón, pero todo no deja de ser conjeturas porque apenas si hay noticias de su existencia, tan solo se conocen un par de viejos pergaminos conservados en en la real biblioteca de san Lorenzo de el Escorial. En uno de ellos el reverendo padre Garmendia S J. relata sus experiencias cerca de ellas, cuando a mediados del siglo XVI fue el único superviviente de un galeón español que se hundió en sus proximidades, siendo rescatado del mismo fin por la aparición proverbial de una canoa ocupada por canderaneses.





 En el otro, dentro de los anales correspondientes a una misión evangelizadora de unos monjes portugueses en la lejana Macao, se habla de un sujeto que recogieron entre ellos y que en sus delirios hablaba de una tierra mítica de la que pudo huir trepando por el tronco de un árbol mágico que logró traspasar las nubes que cercaban a la mítica Candaran. Al llegar a su copa perdió pie y cayo a un vació, siendo rescatado en medio del mar por unos balleneros portugueses, que lo encontraron casi muerto y que, al volver a tierra, dejaron al cuidado de los monjes de la misión de Macao. Buceando en ambos escritos, se ha podido elaborar el presente relato.




La Gran Candarán es la única poblada de las tres. Distribuidas por la isla hay varias aldeas, todas con la misma estructura. Un gran espacio central en el que confluyen cuatro edificios alargados, como si fuesen los radios de una estrella. Cada uno de ellos es de un color. En el del techado rojo habitan las mujeres y todos los niños de ambos sexos hasta que llegan a la edad de la pubertad. En el del techado añil viven los hombres y todos aquellos adolescentes que aun no han formado una familia. En la del techado verde se realizan los encuentros entre los adolescentes de ambos sexos que buscan tener descendencia y los del mismo sexo que buscan una vida diferente. Y en la del techado naranja están los recién nacidos y sus padres hasta que, pasados breves días tras el nacimiento, madre y niño van a una cabaña y el padre vuelve a la suya.




Cada vez que nace un niño, el padre se queda con él en la hamaca, alternando los gemidos con el cuidado del recién nacido, mientras la madre cruza en canoa el estrecho que separa la isla de Candarán la chica. Allí, en aquella parte de la isla que corresponde a su poblado, plantará una palmera si ha nacido una mujer y un tamarindo si se trata de un varón. De vuelta a la cabaña naranja, la madre arrebata el hijo al padre, lo echa a empujones y después recoge sus cuatro trastos para, con el niño en el regazo,  dirigirse a la vivienda de las mujeres.
En el periodo de aprendizaje que abarca desde el nacimiento hasta que alcancen la pubertad son las madres las encargadas de la formación de los niños y de ellas aprenden a cuidar la tierra, a cocinar, y a tejer sus vestidos y todo las costumbres en las que se basarán su modo de relación con los habitantes de las islas. Tras terminar este periodo y coincidiendo con el periodo en que los adolescentes inician sus contactos sexuales, todos ellos aprenden a cazar en los bosques y a pescar en sus costas.




Porque todo es compartido. Lo que cultivan, aquello que es tejido y el producto de la caza y de la pesca se reparte sin tener en cuenta lo que ha aportado cada uno al fondo común, de tal modo que nadie pasa hambre. No hay religión, ni ritos, no existe el sacerdocio y no hay poder establecido.
La gran plaza central es el lugar de reunión de todos los pobladores. A la puesta de sol se hace sonar una enorme caracola montada sobre una armazón de troncos, situado en el centro de la plaza y de todos los rincones comienzan a aparecer los isleños aportando cada uno los alimentos conseguidos a lo largo del día con los que se van a preparar para la comida en común y que cocinan aquellas personas a las que les corresponda hacerlo siguiendo un turno rotatorio.
 En torno a la caracola hay dispuesto un circulo formado por los hogares en los que se prepara la comida  para todos y que se reparte siguiendo un riguroso orden de edad. Los más ancianos y los más jóvenes reciben los mejores bocados, siguiendo un orden descendente y ascendente  de tal modo que los de edad media se han de conformar con los restos que no han comido los demás. Los perros rondan entre los grupos procurando no perderse nada que caiga de las mesas.




Cuando ya ha caído la noche comienza la reunión diaria en la que se exponen los problemas que pueda tener cada uno y se busca una solución en común, votando siempre a mano alzada todos aquellos que hayan alcanzado la pubertad. Todo intento de imposición es abortado inmediatamente y tras la comida y el debate, viene la fiesta.
Tan solo uno de los habitantes de las islas tiene un puesto para el que es elegido por sus vecinos. Cada semana esa persona cruza en su canoa el canal que separa de la isla Candarán la Chica e inspeccionan con cuidado todos los árboles plantados. En aquellos que ven signos de envejecimiento traza una marca roja y toma nota de a quienes corresponden. De vuelta al poblado, y tras la cena comunal, entrega una ramita seca a aquellos cuyos árboles ha marcado.



A la mañana siguiente aquellos que saben que su fin está cerca se dirigen a la otra isla y talan el árbol, no sin antes recoger un tallo verde que plantan en una zona cercada y que servirá para que crezcan los árboles para los nuevos nacidos. Con la madera cortada cruzan a la Cola de Candarán y hacen una pira. Se tumban sobre ella, sacan un puñado de hierbas de su zurrón y las mastican lentamente hasta alcanzar un estado de beatitud que les conduce al sueño perpetuo.
Al atardecer las llamas de la pira se confunden con  el rojo del cielo. De las cenizas resultantes una gran parte es lanzada al mar pero siempre guardan un puñado que se va a mezclar con la comida comunal de ese día, para integrar el pasado con el futuro.
Candarán, invención o realidad ?.

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