lunes, enero 06, 2014

2013 annus horribiles....pero no tanto

Gracias a todos por las treinta mil visitas contabilizadas a este blog desde que lo puse en marcha el día de san Froilán de octubre del 2.007. Si el diez por ciento de esos han leído algo y el diez por ciento de estos últimos se han divertido, me siento más que recompensado. Pienso seguir. 



Al comenzar el año nos parecía tener por delante una perspectiva muy atrayente. El último día laborable del pasado diciembre había conseguido la tan deseada jubilación. Pero no contábamos con Rajoy y su cuadrilla que, de modo sorpresivo, el día de san Silvestre se sacó de la manga un decreto en el que se postergaban las jubilaciones anticipadas. Aún así, con la mosca detrás de la oreja, lo primero que hicimos el dos de enero fue presentarnos en la oficina de la seguridad social con ánimo de poner los papeles en marcha. Una funcionaria de edad indefinida, con aire de monjita timorata, gafas de metal dorado y el pelo de rata como cortado a mordiscos fue la encargada de registrar la petición. De momento todo seguía su camino.




Esa noche, como ya he contado en otra parte del blog, un grupo de enormes amigos, junto a sus críos, me dieron una fiesta sorpresa. Yo no las tenía conmigo y sentía que les estaba engañando porque el futuro no pintaba nada claro. Pero fue una noche hermosa, muy hermosa. Tal vez eso del decreto sería una falsa alarma, llegué a pensar.
Pero no. A estos señores lo de joder se les da muy bien. El día cuatro, vuelta al trabajo. En las oficinas de personal nadie tiene idea de lo sucedido pero lo único que está claro es que nuestras ilusiones se han ido al garete. El retorno fue feo y lo que nunca perdonaré a esta gente es que haya acabado con mis ilusiones de trabajar, hacer que desee no seguir a pesar de lo que siempre disfruté con mis profesión.




 
Todo se hizo negro, me sentí engañado y el solo hecho de pensar en volver a trabajar se me hizo insoportable. Negro. Negro. Tiré la toalla, me volví a casa con y con la sensación de deslizarme por un tobogán sin retorno y las recetas de antidepresivos en la mano. Fue un trimestre malo, sin ganas de nada, comiendo de modo descontrolado, durmiendo a trompicones y recurriendo a los " trankis " a escondidas cuando el pecho se me agarrotaba de un modo insoportable.
Como la jubilación fue y no pudo ser, pensamos en que había que devolver la fiesta a los amigos que tan cariñosamente me habían despedido. La cena en el local elegido fue algo infame, pero eso lo compensó la compañía de amigos tan queridos y disfrutamos de una horas muy agradables. A medianoche nos despedimos tan felices y a poco de llegar a casa se presentó de rondón el DOLOR sin que nadie se lo pidiese. Ya lo he contado también en otra parte. El puto infarto que casi me parte el corazón en dos, pero que de momento no pudo conmigo.

 

Después de los días en el hospital, nos tocó volver a casa y empezar a recomponer los destrozos producidos, que fueron muchos y no todos en el cuerpo, pues la cabeza quedó muy tocada. Claro que el DOLOR no sabía quien tenía a mi lado y lo no digo por el puñado de amigos del alma que me apoyaron desde el primer momento, sino a Alfonso, mi compañero de siempre, que me sacó de este pozo de mierda tirándome de los pelos para no dejarme ir.
Porque después de el DOLOR llegó el MIEDO. En un principio todo me asustaba: acostarse del lado izquierdo es algo impensable, es el lado del corazón, levantarse de la cama por las mañanas, comenzar a andar hasta el sofá y pasar allí horas muertas, no olvidar las pastillas, controlar la tensión y el temor a un esfuerzo mínimo, a un estornudo, no sea que se salten los muelles y que tenga que volver al quirófano. Subir las escaleras la primera vez fue algo comparable a ascender una montaña y salir a dar vueltas por el jardín, como perderse por un destino remoto.  Vigilas el cuerpo buscando cambios, analizas cada dolorcillo, cada momento y tras de todo está el MIEDO a que vuelva el DOLOR, a que haya que salir corriendo para el hospital.


 


 Y el FRIO que se apodera de uno, esa frialdad que no es del ambiente sino que parece salir del alma y que se aposenta en la espalda, como si tuvieses un glaciar dentro de ti y que no se aplaca con todas las mantas del mundo que te pongan encima.
Pero Alfonso no iba a dejarme seguir por ese derrotero. Y comenzaron los viajes a Alicante. La primera vez que acudimos a la revisión en el hospital, dejamos el coche en un aparcamiento a unos doscientos metros del mismo y cruzar la calle a paso cansino fue como atravesar el desierto de Gobi, la calle se hacía larga, larga y no veía el momento de llegar a la consulta. Te meten en el programa de charlas semanales con otros tocados como yo, acompañados de sus parejas y te ves abocado a la RECUPERACION. Lo importante es la dieta, el ejercicio es sagrado, la grasa y la sal son mis mi mayores enemigos.





Hay que procurarse el kitt de infartado: pantalón de deportes y camisetas ( me niego a usar chándal ), deportivas, pulsómetro, así que derechitos a Decathlon. Y hay que andar, pero por la calle, lejos del refugio del jardín. Siguiendo el cauce seco del río del pueblo han hecho un andadero que se llena de " marujas " que avanzan al trote cochinero sin dejar de hablar ni un segundo o de deportistas musculados que nos pasan corriendo sudorosos como si no hiciesen nada. Pero me pasan todos, hasta los caracoles y el primer o segundo paseo se convierte en una tortura, con paradas cada diez metros dejando caer el cuerpo como si fuese un saco de patatas. Dos repechos suaves los subo como si ascendiese el K7...pero acabo llegando y me tiro, más que me siento, en el coche.
Siguen las visitas al hospital. En la prueba de esfuerzo dejas los higadillos contra la cinta sin fin. Otra prueba superada. Ahora tocan sesiones semanales de rehabilitación. Hay que hacer ejercicio regulado. Como mejora el tiempo y ya hace calor, cambiamos las caminatas por la calle por la bici y la piscina. Cada semana hay que llevar control de peso, tensión, ánimo.....las personas encargadas de controlarme se convierten en policías-amigas que con una sonrisa me obligan a algo que siempre odié: hacer ejercicio, pero no queda más remedio si no quiero volver a pasar por el quirófano.





Pero la báscula da satisfacciones, el peso baja, la tensión también y poco a poco aumentan las fuerzas hasta que un día, Alfonso siempre detrás, te das cuenta de que el MIEDO te impide vivir y vas dando paso a la CONFIANZA. Acabas las tandas de ejercicio sin necesidad de boquear como un pez fuera del agua y comprendes que ya está bien de autocompasión, que hay que dejarse de fríos, miedos y demás mierdas que lo único que impiden es VIVIR.
A medida que avanza el verano me siento mejor, lleno de fuerza y noto que estoy cargado de energía, que el miedo, el dolor y el frío están en el baúl de los recuerdos y que trasteo sin parar, recupero el gozo de cocinar para los demás o de hacer esfuerzos sin agotarme, esfuerzos que un año antes me habrían provocado taquicardias de susto.




 
Organizamos un fin de semana en Peñíscola y allí comprobé que trepar por las callejuelas de la ciudad vieja no me cansaban y la confirmación la tuve al día siguiente durante la excursión a Morella, un hermosísimo pueblo de la montaña levantina donde todo está cuesta arriba. Después de pasar toda la mañana andando, siempre hacia arriba, ascendido al castillo, en lo alto del cerro, bajo el sol del mediodía y fue algo reconfortante comprobar que, tras la ascensión a lo alto del castillo, los últimos 94 escalones que llevan al patio de armas los pude subir a paso rápido y, una vez arriba, no necesité sentarme ni respirar agobiado. Que gozada.





Poco después nos liamos en otro viaje a Belchite con un grupo de locos de la fotografía. Salimos un sábado a las cinco de la mañana de casa y tras seis horas de viaje en bus llegamos a Fuentedotodos donde nos alojamos en un albergue rural. Literas de colegio, comidas en el polideportivo y maratón fotográfico a Belchite para pasarse toda la tarde disparando como posesos. Cena y de nuevo a Belchite donde abrieron el pueblo para nosotros y estuvimos hasta las cuatro de la madrugada haciendo fotos nocturnas, pintarlas decían....para mi que perdí el pincel y me salieron todas emborronadas. Al mediodía siguiente, otras seis horas de retorno y tan contento para casa.


 
 

Vino la revisión por el cardiólogo a los seis meses del infarto. Todo va muy bien, yo me siento de primera.....pero todavía nos quedaba un rescoldo de temor, que aplastó un buen amigo burgalés, el doctor Téllez, que después de una exploración exhaustiva, me dio licencia para chospar como una cabra.
A mediados de noviembre pedí el alta médica, a la que siguió mis últimas vacaciones como trabajador y el 19 de diciembre presenté de nuevo la solicitud de jubilación que seguro que este año no me putean.....o compro una escopeta y lo arreglo todo.
Un año jodido, muy jodido pero ahora, a la vista de como me encuentro, lleno de fuerza y de ganas de dar guerra, con montones de proyectos e ilusiones, estoy agradecido del susto que nos dio este jodido corazón. Y es que como leí no sé donde " mejor morir abrasado que oxidado "




 

6 comentarios:

Ismael Renovell dijo...

Eres un tio muy grande

cal_2 dijo...

Con la foto final intento decir que grandes somos todos. Gracias

Bruha dijo...

como dice el anuncio de la tele "la vida es chula". Te queremos !!
Los Bruhos.

cal_2 dijo...

bruhaaaaaaaaaaaaa......el cario es de ida y vuelta.

cal_2 dijo...

bruhaaaaaaaaaaaaa......el cario es de ida y vuelta.

xaby dijo...

No estaba al tanto de tu depresión, sabía que te costaba recuperarte físicamente pero no que estuvieras depre. Has sido valiente, el apoyo de Alfonso muy válido. No te pares, sigue andando.