miércoles, junio 12, 2013

VAYA CON ESTA SEMANA SANTA

La verdad es que a mi esto de la jubilación no acaba de salirme bien. El pasado 27 de marzo organizamos una cena llamada del " reingreso " para agradecer a un grupo de maravillosos amigos, junto con sus hijos a los que cuidé cuando estaban dolientes, la despedida sorpresa que me organizaron a primeros de enero, cuando soñaba con haber logrado la dichosa jubilación, cosa que Mariano y " sus mariachis " se encargaron de frustrar.
La cena fue muy divertida, mucho más por el grupo de personas que nos reunimos y a los que queremos casi tanto como ellos a nosotros, que por el nefasto lugar que elejimos para ello. Mucho diseño, mucho cristal y metacrilato y una cena que, aún si la recuerdo ahora,  me provoca una sarta de regüeldos. A lo que voy. Lo pasamos muy bien y en la medianoche del Jueves Santo, nos volvimos cada uno a su nido, sin saber que nos esperaba nuestro calvario particular.








A poco de llegar a casa me comencé a sentir mal. Pero mal, mal, mal....vamos, a punto de cagarla. Unas ansias inmensas de vomitar y un dolor clavado en mitad del pecho que se hacía más inaguantable por momentos. Nada, que la cena me sentó fatal. Sal de frutas, anti ácidos, pero la situación en lugar de mejorar, empeoraba por momentos. Llegué como pude a la cama y ya se fue precipitando todo.
De ese rato solo recuerdo que el dolor no me dejaba pensar en nada más, pero yo me decía que no podía ser un infarto porque no me dolía el costado, ni el cuello, ni el brazo izquierdo y solo sentía unas ansias inmensas de vomitar. Y aquí se encadenaron una serie de circunstancias gracias a las cuales puedo escribir esta historia.
Esa noche estaban con nosotros unos inmensos amigos-hermanos que fueron los que decidieron que no había que hacerme caso y llamar a urgencias. " El niño " y la Bego dijeron que había que arrear y a mi buen Alfonso, al que tenía muy asustado, le pusieron el teléfono en la mano. La señorita que atendió la llamada al 112 actuó de primera. Nada más explicar los síntomas se dejó de las zarandajas que suele haber en otras ocasiones  y puso en marcha a la ambulancia con personal sanitario. Llegaron desde Elche en diez minutos y encontraron sin problemas en medio de la noche a nuestra casa perdida en medio del campo.





Toman una vía, el electro confirma todo, la morfina que me meten no alivia el dolor y, sin encomendarse a nadie, me montan en la camilla y nos vamos para Alicante, en lugar de a Elche que, por zona, es donde me correspondía ir...aunque Hemodinámica solo está en la capital. Avisaron que íbamos para allá y recuerdo el traqueteo de la camilla, primero por el camino de tierra nuestro, la llegada a la carretera secundaria y más tarde a la autovía. Yo solo sentía dolor, esto era lo único que existía para mi y la voz del médico: " ponle más morfina " aunque la enfermera decía que ya superaba la dosis más que permitida. Pero el dolor seguía ahí.
La sirena de la ambulancia, las luces cegadoras de urgencias y la camilla corriendo por el pasillo.
Un plástico que no me deja ver las pantallas llenas de lineas zigzagueantes y una voz que dice: " vamos, que esto se para ". De pronto sentí como si se abriese el pecho en dos seguido de una paz inmensa.
Y ya no recuerdo más. Cuando abrí los ojos un enjambre de hadas madrinas revoloteaban a mi alrededor, poniendo tubos, colocando sondas, conectándome a esa parafernalia de monitores. Tras lavarme de arriba abajo, parecía sentirme de verdad en el cielo. Y entraron Alfonso y Jose. Que inmensa alegría volver a verlos, aunque pronto los mandaron a descansar.



Más tarde lo supe. La situación había sido muy crítica y no daban un chavo por mi y la posibilidad de una intervención era grande. Me habían colocado un sten en la coronaria derecha y con el resto ya verían que se podía hacer.
 Fueron unas pocas horas de duermevela en las que, tendido boca arriba, me sentía preso por toda esa parafernalia que se desarrolla para tenernos controlados. Todavía no tenía constancia de lo que me habían hecho, pero sentía que había sido algo duro. Amanece, la actividad normal de la UCI se pone en marcha y aparece toda la batería de personal: análisis, placas, controles de temperatura y de demás constantes, la limpieza concienzuda de mi cuerpo por manos suaves que, mientras me lavan, hablan de sus cosas como si yo fuese un objeto. Siento algo ardiente en la entrepierna. Suplico me retiren la maldita sonda. Que escozor, que alivio.
A mediodía, de pronto, comienza de nuevo un dolor como el de anoche, de mucha menor intensidad, pero que me asusta. Acude rápido el enfermero, el electro no le gusta, pone todo en marcha y de inmediato me llevan de nuevo de viaje por los pasillos hasta Hemodinámica. Mierda, el sten ha fallado. Un trombo en esa zona hace que haya fracasado el dispositivo y tienen que colocar otro. Todavía bajo la euforia de la morfina que seguía circulando por mi cuerpo, no me enteré mucho.




Y de vuelta a la UCI. Los días pasados allí se hicieron eternos, tantas horas mirando hacia el pasillo esperando que llegasen los breves ratos en que permitían las visitas. Y siempre aparecían Alfonso e Ismael, que había venido rápidamente desde Valencia. Como coincidió con los días de vacaciones, el servicio médico solo era el de urgencias por lo que no sabía bien en que momento me pasarían a planta. No teníamos planes para esa Semana Santa y no se me ocurrió otra cosa que disfrutarla en el hospital.
La inapetencia unida a la insipidez de las comidas que me presentaban hacían que cada hora de la comida fuese un tormento chino, solo aliviado porque era los momentos en que me podían visitar. Vueltas y más vueltas en la cama, siempre boca arriba, por aquello de todos los cables que me unían a los monitores, las dos noches siguientes se hicieron interminables. A través del gran ventanal de mi habitación vi cambiar todos los tonos desde la noche más intensa a la llegada del sol que aparecía tras el enorme edificio gris que ocupaba la mayoría del panorama.




Se retrasaba mi paso a planta. La médico responsable, una rumana de mediana edad, de mirada amable pero de palabra adusta  no se decidía a soltarme y yo ardía en deseos de salir de allí. Había un motivo: me moría de ganas de hacer de cuerpo y allí no había posibilidad alguna de levantarse. Finalmente, a punto ya de reventar, se lo dije a una auxiliar, muerto de vergüenza. Se echo a reír y le quitó toda importancia al asunto. Me acomodaron sobre la planchuela, me alivie de inmediato y entre dos auxiliares, me lavaron todo el cuerpo y me  voltearon con todo el cuidado como a un muñeco hasta dejarme reluciente.
Cuando llegó al fin la orden de pasar a planta me sentí feliz. Recorrer pasillos en la camilla ya sin la atadura de los cables y mirándolo todo, me produjo una sensación de libertad. La 501 fue mi siguiente etapa.
Y allí hube de aprender todo nuevamente: a levantarse de la cama, ir al servicio, todo hasta el simple hecho de beber un vaso de agua requería aprendizaje y una gran dificultad. Comenzar de nuevo a vivir, sacudiendo el miedo que me envolvía. Pero estaba claro que Alfonso no iba a dejarme hacer el canelo, que sabía que era imprescindible hacerme fuerte, darme su fuerza. Y con él todos los buenos amigos que me empujaron de nuevo hacia lo alto. De nuevo el buenazo de Ismael, atento a todo sin apenas hablar, pero sin perder detalle para mi bienestar y la querida Yolanda que, casi había que echar a escobazos del hospital pues estaba dispuesta a ejercer de gallina clueca durante todo el día.



Muy pronto aparecieron todos. La primera sorpresa nos la dio Alvaro que se presentó sin esperarlo desde Valencia, con ese aire tan bonachón, tan de amigo afable que irradia serenidad, con esa perenne sonrisa que siempre lo acompaña. Poco tiempo después llegó el hermano pequeño-pequeño Felix, que venía desde Valladolid,  con más cara de susto que la que podía tener yo, pero bromeando y dándome ánimos a pesar de mi tonta sensiblería.
Como el camino más recto de Burgos a Barcelona, parece ser que pasa por la 501 del hospital de Alicante, desembarcaron allí nuestro bendito Felix y sus " catalinos ", Adolfo y Jordi para seguir dándome inyecciones de ánimo, aunque en ese momento no lo sabía apreciar en su medida. Ya estábamos todos.
Y el móvil comenzó a echar humos con las llamadas y los mensajes de tantas personas queridas. Las mismas con las que habíamos cenado la noche antes de iniciar toda esta aventura y que todavía no se podían creer lo sucedido.
Sabía que me faltaba el plato fuerte del menú, pero desconocía bien en que consistía.  Y no me refiero a la insípida comida del hospital pues cada vez que aparecía la auxiliar con la bandeja gris me entraba toda la desgana del mundo. Me faltaba la intervención programada para desatascarme el resto de cañerías obstruidas.  



De nuevo me sacaron de paseo por los pasillos del hospital hasta el departamento de Hemodinámica. Esas dos horas largas que pasé allí quisiera borrarlas de mi memoria. En la camilla, oculto tras un plástico que apenas me dejaba ver un par de monitores donde zigzagueaban las ondas, solo recuerdo el dolor, un dolor infinitamente mayor que el del día del ingreso, un deseo de que se acabase todo cuanto antes, de que alguien me diese la mano o me tocase la cara y las personas a mi alrededor hablando, manipulando catéteres, haciendo todo para dejarme lo mejor posible. Al fin terminó y me devolvieron a mi refugio. Siento no haber podido ver los rostros de las personas que me dieron un nuevo plazo para vivir.
Ahora solo faltaba esperar el momento del alta, de volver a casa. Para ello había que levantarse, que moverse por eso el día que salí al pasillo de la planta y vi el extremo hasta el que tenía que llegar me pareció que estaba inmensamente lejos. Un paso vacilante, otro y otro, apoyado en el brazo de Alfonso, empujado por su aliento, recorrí los escasos metros que llevaban hasta el fondo del pasillo y volvimos al refugio. Dios, que difícil parecía todo.





El 5 de abril llegó el momento del alta. el tan esperado momento de volver a casa. Con mi miedo, ese miedo enorme que tardé muchos días en sacudir pero con ganas de empezar todo de nuevo, tras esta oportunidad que me habían proporcionado entre todos los que me rodearon, desde el servicio de ambulancias que me recogió hasta el último trabajador del centro. Y los amigos, benditos sean los amigos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        


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4 comentarios:

Aplicedu dijo...

Hola
Ante este pedazo de artículo sólo me queda decir que aparte de estremecer, da una inmensa alegría ver que todo ha salido bien, y que vamos a poder disfrutar de tí durante muuuucho tiempo más.
Demuestras mucha fuerza al escribir esto, y estoy seguro que lo necesitabas.
Un gran abrazo.

redondeado dijo...

Ostras, a cuadros me he quedado.

Igualmente tengo que decir que tu descripción detallada es de gran interés. Yo también tenía en mente que suele ser dolor en el brazo izquierdo, no los síntomas que comentas.

Espero que te recuperes bien y que te dejes cuidar mucho. Abrazos.

Anónimo dijo...

Que difícil comentar algo.
Cualquier cosa que escriba me parece una tontería.
A veces a las buenas personas les pasa que los ángeles las cuidan de una forma un tanto misteriosa.

Un abrazo rompecostillas, aunque seguramente hubieras preferido otra despedida dadas las circunstancias.

cal_2 dijo...

Solo se me ocurre recurrir al tan socorrido " gracias, amigos, gracias "