domingo, marzo 02, 2008

Andrés tiene la certeza..


Andrés tiene la certeza de que le espera una noche más de soledad y de amargura. Le da pavor que se esconda el sol porque sabe que entonces aflorarán todos los viejos demonios que hasta entonces, con el trajín de un día de trabajo, habían estado comodamente dormidos entre los pliegues de su cerebro. Odia la noche porque siempre va unida a una sensación casi palpable de tristeza.
Corta unos tacos de queso y los pone en un plato sobre la bandeja. Ve una botella mediada de Somontano en un rincón de la cocina que le sobró de la comida del domingo, que bueno estaba el Otto Bestué, vaya descubrimiento, la pena es no tener con quién compartirlo ahora que ella se fué. Coloca la bandeja en la mesa contigua al ordenador y nota como su cabeza empieza a contar los minutos que le esperan hasta que salga el sol.
Mastica con desgana un poco de queso, que delicia el sabor cuando lo mezcla con un sorbo de vino, pero rapidamente se troca el sabor en amargura con la angustia que sube lentamente desde su vientre a la boca, como una serpiente que devorase todo sentimiento a su paso. Da un trago largo a la copa, sin saborear el vino, solo con el ánimo de atontarse, la coloca a tientas en la bandeja y enciende su ordenador. Sabe que no servirá de nada, desde hace unos días no está al otro lado la única persona con la que quisiera hablar, escribe frases que sabe nadie leerá en este momento, las contadas frases intercambiadas hasta que Lucía se esfumó han sido frías y sin sentido,se irrita ante la pantalla vacía, quisiera hacerla trizas para acabar con todo. Siente que se ahoga. Mierda, donde estará el Ventolin, nunca lo encuentra cuanto más lo necesita. Se levanta, rebusca por la habitación, se agacha para mirar debajo de los asientos, abre los cajones de la mesa, pasa a la cocina y rebusca enre los cacharros. Al final encuentra un frasco en el baño. Parece que no tiene nada, pero algo le ayudará. Una, dos, tres pulsaciones que inhala con ansia para abrir esos bronquios que la angustia ha cerrado.
Abre el balcón, el viento golpea su rostro con fuerza y siente que respira algo mejor. Mira el reloj. Las dos y cuarto de la madrugada. No quiere pensar en todas las horas que tiene por delante hasta que amanezca un nuevo-viejo día. Vierte otro poco de de vino en la copa, añade un comprimido de un barbitúrico, la machaca con el mango del cuchillo y deja que se deshaga. Sorbo a sorbo, muy lentamente, se dispone a esperar que lo llene el vacío.

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