miércoles, enero 16, 2008

doña benita


Doña Benita era una mujer grande, pechugona, con el pelo acaracolado blanco y una permanente muy apretada, las gafas de metal dorado y la sonrisa siempre colgada de la boca. Más que la portera de la vivienda era la vigía que controlaba desde su cuarto de estar a todos los que entraban y salían de la casa. La garita de la portería siempre estaba vacía porque ella aseguraba que si se encerraba en ese cuartucho se moriría, que necesitaba aire y espacio parar respirar.
Por aquella época vivíamos en un pabellón de militares y ella había conseguido la potería por vía sexual. Vamos que primero había sido viuda de un guardia de asalto y después de volverse a casar con un sargento mutilado de guerra, le dio pronto pasaporte y ya viuda reincidente le concedieron la portería que más que eso era una auténtica canonjía.
Porque aquello más que portería era una central del estraperlo y por sus manos pasaba todo el género con el que se podía hacer contrabando en aquella época. Tabaco americano, café portugués, ropa de cama fina, encajes de Camariñas, camisones y sujetadores franceses y todo aquello que era susceptible de ser contrabandeado en aquellas épocas de la autarquía. Y lo hacía a gran escala. Lo mismo vendía tabaco rubio, que joyas antiguas, bargueños o sillerías isabelinas de alguna antepasada de cualquiera de las familias tronadas y sin dinero. Todo se vendía allí.
Alguna noche sonaba el timbre de la puerta de casa y aparecía doña Benita con un saco blanco depositado a sus pies. " Por favor, doña Milagros, escóndame esto que mañana me han avisado los de Hacienda que vendrán a hacerme un registro ". Y así por todos los pisos del bloque en los que ella confiaba. Al día siguiente, una vez despejado el campo, pasaba a recoger el género y dejaba un paquete de café portugués como recuerdo.
De todo sacaba dinero y todo le valía para aumentar el capital. La primera televisión en blanco y negro fue la de su casa y allí nos congregábamos todos los niños del bloque a verla, previo paso por caja. Tenía un bote de " colacao"
con una ranura en la parte superior a modo de hucha por donde teníamos que meter una peseta " porque la luz está muy cara ". Torrebruno, la perrita Marilín con Herta Frankel. Y Mina. Todavía recuerdo la gran impresión que me produjo verla por primera vez cantando " Ciudad solitaria ".
Pero no os penséis que doña Benita era una materialista. Al contrario, era toda una sentimental. Recuerdo que tenía en su dormitorio una especie de altarcito sobre la cómoda con una imagen de la virgen de los Dolores y una lamparilla de aceite siempre encendida delante. Y a cado lado de la imagen había un bote de cristal lleno de aguardiente en el que guargdaba un dedo de la mano de cada uno de sus maridos, porque así los podía recordar mejor.
Y en el cajón de la cocina entre los cubiertos podía aparecer un collar de perlas en una bolsita de celofán o unas bragas de encaje. Todo revuelto, pero a la vez bien controlado. Se decía de ella que era una de las distribuidoras a pequeña escala de todo el contrabando que metía de matute el abad mitrado de Samos en los barcos que llegaban a Vigo o a La Coruña. Aunque esas mismas personas decían del susodicho prelado que lo hacía todo no por afán de lucro, sino que gracias a los beneficios del contrabando había conseguido reconstruir la derruida Abadía.
Al cabo de unos pocos años nos mudados de vivienda y le perdimos la pista. Y me pregunto que habrá pasado con los dedos de sus difuntos.

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