
Al poco tiempo de conocernos, Alfonso y yo nos planteamos la necesidad de tener un lugar donde poder estar libremente los dos. Encontramos un bajo muy lúgubre en una calle próxima a a la iglesia de san Andrés. El sitio era oscuro y no podíamos abrir abrir las ventanas de la calle para tener la más mínima libertad, pero nos permitía lo que más deseábamos: estar juntos. Pronto se desbarató todo, porque una pandilla de críos se coló dentro un dia y cuando llegamos a la tarde, encontramos todo destrozado. Nos sentimos muy mal, pero no por la pérdida de los cuatro cachivaches viejos que teníamos, sino por la sensación de que se había profanado nuestra intimidad y decidimos cambiarnos de sitio. Así que nos pusimos a buscar una buhardilla por esa misma zona,lo más cercano posiblea a mi colegio.