martes, junio 16, 2026

mis casas. III

 

Tras el ascenso en el escalafón de mi padre nos vimos obligados a dejar los pabellones militares de Lugo de modo un tanto precipitado por lo que nos trasladamos a un piso en la cercana calle Germán Alonso, fuera de murallas, donde vivimos unos escasos meses. Recuerdo que el piso, un primero, era amplio, muy luminoso y con una gran terraza que compartíamos con nuestros vecinos, personas muy amables, en especial la mujer que era muy activa y alegre. Con ella y mi madre salimos muchas tardes de ese verano a caminar hacia las afueras de la ciudad pues nuestra calle en aquella época desembocaba prácticamente en el campo. De estas caminatas tenían especial importancia las de los lunes en los que hacíamos el recorrido hasta la parroquia de san Martiño en Hombreiro para rezarle a un san Nicolás rural y cumplir los " tres lunes de san Nicolás " para conseguir un deseo: que me ayudase con  el próximo examen de la Reválida que había suspendido en junio. Y no sé si por suerte o por la intercesión del santo, porque no recuerdo que yo me hubiese matado mucho a estudiar, aprobé en septiembre. Mi padre, tras su ascenso, hacía elegido destino en Monforte de Lemos para dirigir la Caja de Reclutas, porque siempre decía que  "es mejor ser cabeza de ratón que cola de león   "y allí fuimos a dar con todos nuestros bártulos  a finales de verano. 






Nuestro nuevo domicilio estaba en la primera planta de la Caja de Reclutas que iba a dirigir mi padre y no era una vivienda dicha pues  se entremezclaban nuestras habitaciones con los despachos oficiales.  En la planta baja estaban el resto de las oficinas y un salón enorme en el que se tallaba y se exploraba a los nuevos reclutas de la zona.  La otra mitad del edificio era por aquel entonces un grupo escolar. Y en la actualidad el edificio entero alberga los juzgados. Empezamos a adaptarnos a la nueva ciudad y mis hermanos y yo empezamos el nuevo curso en el cercano colegio de los padres escolapios.  
Por la mañana las oficinas funcionaban en el horario habitual pero a mediodía se cerraban y quedaba un soldado de guardia...pero solo en teoría. La gran mayoría de los días ,después de que el soldado comía en la cocina de casa, mi madre le decía que conectase la centralita de teléfono con nuestra vivienda para irse a su casa, pues todos eran de aldeas cercanas a Monforte. Y nosotros hacíamos la guardia hasta el día siguiente. Los domingos a la mañana yo salía al balcón e izaba la bandera nacional en el mástil y la dejaba hasta la noche.





Recuerdo con gran afecto a la mayoría de las personas con las que nos tocó convivir. Tan solo recuerdo con desagrado a un comandantito que vino destinado desde Canarias y se trajo con él su Volkswagen.
El susodicho usaba mostacho enhiesto, cara de cemento armado y calzado con altas botas de caña y espuelas. Todos los días cogía por banda a un soldado y, en el lateral del edificio, hacía que le lavase el coche entre gritos e insultos. Hasta que un soldado se quejó a mi madre del mal trato, esta se lo contó a mi padre y esté puso firme ante él al comandante y le leyó la cartilla, con lo cual se acabó el lavado del coche y, por consiguiente, el sufrimiento de los soldados.
Fueron años muy felices, hice muy buenos amigos y allí nació mi afición por la lectura. En la librería Bolaños una dependienta, a la que le había caído bien, me tenía  guardados todos los libros que yo quería leer y empecé a gastar todas las perras que conseguía en libros de Plaza y Janés. Pearls S. Buck, Steinbeck, Vicky Baum... Libros que aún conservo con mucho amor. 





El ser " hijo de la autoridad " te daba una gran ventaja en la vida diaria. La más importante para mi es que podía entrar gratis en los dos cines de la ciudad. El más elegante era " El Capitol " todo decorado en rojo  donde pude ver sin ningún problema aquellas películas 4R ( es decir las clasificadas como " gravemente peligrosas " según la censura eclesiástica vigente ) lo cual me permitía alardear ante mis compañeros del colegio que veían la entrada prohibida a películas como " Esplendor en la hierba " o" Días de vinos y rosas ". Pasaba como un pavo por delante del portero que se inclinaba ante mi y me arrellenaba en mi butaca para ver la peli después de comprar cacahuetes y unos caramelos triangulares de limón a un rubio chiquillo que, con su chaquetilla blanca  y el cajón con golosinas colgado al cuello se movía por el patio de butacas.





El " Teatro Lemos " estaba al otro lado de la calle y era un enorme edificio destartalado y gris donde pude ver a un Antonio Machín cantando ya al final de su carrera o a un Pepe Blanco estragado ya por el alcohol. Había un tercer cine, " La fraternal " pero solo fui en una ocasión pues estaba muy alejado, en el barrio de la Estación y era el nido de los ferroviarios, todos ellos " rojos " según oí decir a mi padre.
Mi vida transcurría entre las clases en los Escolapios y mis tardes de cine.
Recuerdo que en una semana de fiestas patronales alterné viendo " Rebelión a bordo " y " El mayor espectáculo del mundo " pasando de un cine a otro unas tres o cuatro veces cada una
 Y por aquella época me di cuenta que mis aficiones no se dirigían hacia las chicas, lo cual nunca me produjo el menor trastorno y más de un atardecer derramé mi energía sobre la hierba al pie del torreón de los condes de Lemos en compañía de Manoliño, un amigo de correrías.  
 
  



Y allí mi hermano mayor se enamoró, creó su familia y allí se quedó toda su vida.
Acabé el bachillerato y me tuve que trasladar a Santiago para seguir mis estudios en el colegio de La Salle, historia que he contado en alguna otra parte de este blog. A mitad de curso, falleció mi padre y cuando se terminó ya no volví a Monforte a vivir.
A la muerte de mi padre nuestra situación no era nada favorable pues mi madre tardó muchos meses en cobrar la pensión y no teníamos ningún tipo de ahorros. La hermana mayor de mi madre y su hija, la prima Raquel, se hicieron cargo en el primer momento de nosotros y comenzaron las negociaciones con los hermanos de mi padre para buscar donde hacer el nido, pero estos dijeron que nos buscásemos la vida. 





Nos acogió otra hermana de mi madre, tía Geles. Para nosotros fue el refugio, pues nuestras dos familias siempre habían estado entrelazadas y de un modo u otro mis primos y nosotros habíamos convivido en su casa o en la nuestra. Acabé los estudios de bachillerato y me tocaba empezar la universidad en Valladolid, volviendo a la casa el O Barco en todas las vacaciones.  

Mi destino estaba en Valladolid. Allí hice la carrera y encontré a la persona con la que he compartido toda la vida. Pero los primeros años no fueron muy fáciles. Era uno más en el colegio de huérfanos de militares, el número 107 y mi vivienda era una cama en un dormitorio con 40 camas más y un armario de medio metro de ancho en otra sala. El colegio era un enorme caserón decimonónico en medio de la calle Muro con un hermoso jardín en la delantera y un enorme campo polvoriento en la trasera que, años después se vendió para hacer pisos de lujo. Pero no adelantemos acontecimientos.
La capilla y el comedor en la planta baja. Litros y litros de sopas de Avecrem y bollos de pan fueron mi mayor sustento durante los primeros años. En la primera planta estaba el estudio de los alumnos de medicina. Una sala alargada con ocho o diez mesas para estudiar y una gran columna de hierro forjado al fondo, al lado de la ventana y que nos servía de maravilla como antena a la que aplicábamos una radio a pilas y así poder oír a Radio Pirenaica y enterarnos de todo lo que nos negaba  la prensa oficial. Juicio de Burgos, las huelgas de la Fasa renault o el extraño vuelo de Ruano desde la ventana de una comisaría, el París del 68...todo aquello que nos iba marcando el pensamiento
De momento, seguimos en Valladolid.    







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