domingo, febrero 19, 2017

17 días en Sicilia. II. De Segesta a Agrigento

Día 6
Salimos temprano de Palermo, tomando la autovía del sur en dirección a Trapani para hacer la primera parada en las ruinas de Segesta. De fácil acceso desde la autovía, en medio de un paisaje muy verde y agreste se alza sobre una colina el templo dórico. Desde la entrada al recinto, una vez aflojados los euros de rigor, se asciende hacia al templo, teniendo en todo momento ante nosotros la vista de su imponente frontal. Al parecer, al haberlo construido en un paraje solitario, evito el saqueo de sus piedras para otras edificaciones. Sencillez de líneas, ausencia de adornos y turistas que pululamos alrededor, móvil y cámara de fotos en ristre. el templo es de una gran belleza y no hay más construcciones alrededor.



De vuelta a la entrada del recinto sacamos billete para el bus que acerca al teatro situado en lo alto de un cerro desde el que se domina el valle con el templo. De mediano tamaño, el teatro también está en muy buen estado de conservación. El bus es recomendable porque, aunque no hay excesiva distancia, la carretera es muy empinada.
De allí nos fuimos hacia Erice. Nos la volvió a jugar de nuevo el navegador...aunque más bien la culpa fue nuestra al seleccionar que evitase las autovías. El caso es que desde el cruce de Trapani a Erice la carretera más que ascender, parece estar colgada sobre el barranco y la subida es una serie inacabable de curvas, que en algún momento nos hace temer que el coche se eche a volar. Menudos diez kilómetros. Cuando ya respirábamos al coronar las últimas cuestas aparecieron unos deportistas locos que a lomos de sus trineos se deslizaban por la calzada sin tener en cuenta los coches que subíamos.



En las afueras del pueblo nos dio el alto un hombre enjuto de unos 60 años, paraguas en ristre, para decirnos con gran verborrea que el tráfico en el pueblo estaba restringido, que todos los aparcamientos se encontraban a rebosar de coches por lo que nos recomendaba que dejásemos el nuestro allí. Le dimos las gracias, soltamos un par de euros y aparcamos malamente en un pedregal.
El pueblo es muy hermoso...tan solo sobraban los miles de turistas que, como nosotros, habían ido a visitar el pueblo. Calles empedradas, casas preciosas, rincones muy bellos, pero llenos de tiendas para los turistas....
Por la Porta Trapani se accede al pueblo, dejando el castillo a la derecha sobre un promontorio. A la izquierda, por una calleja empinada, se llega a la Chiesa Madre con una hermosísima portada gótica y un interior bastante decepcionante. Aneja, pero independiente, está el imponente campanario que es una antigua torre fortificada aragonesa .



El resto es callejear, entrar previo pago en las numerosas iglesias, subir cuestas y más cuestas hasta llegar a un punto del pueblo en que los turistas desaparecen.  Al descender en busca del coche nos encontramos con cientos y cientos de huecos libres en los aparcamientos. Al llegar donde habíamos dejado el coche vimos que el tío del paraguas seguía parando a nuevos incautos y embolsándose euros. El tío tiene una forma cómoda de ganarse la vida sin declarar a Hacienda. Nos dio ganas de estamparle el paraguas en la cresta. La bajada la hicimos por la carretera que va hacia Trapani, una bendición comparada con la de subida. Además vimos que hay un funicular que transporta desde Trapani a Erice.



La siguiente parada fue en Salemi, un pueblo de montaña que se hizo famoso hace un tiempo porque el ayuntamiento ofrecía en venta casas vacías a un euro a cambio de restaurarlas para revitalizar el pueblo. Se ve que llegamos en mal día, pues no hubo modo de encontrar ni un solo sitio abierto para comer, las calles estaban vacías, las pocas personas que cruzamos eran huidizas y el pueblo gris parecía estar en los días posteriores al último terremoto, así que después de media hora de dar vueltas sin encontrar nada volvimos a la carretera.
Pero no hay por bien que no venga, pues encontramos un restaurante en mitad de los viñedos, " Da cappanuza "  en la carretera que va en dirección a Castelvetrano donde comimos una comida casera buenísima, con un vino blanco de la zona que nos quitó el mal sabor de boca de la anterior parada.
La sorpresa nos la llevamos en la siguiente parada, Castelvetrano,  un pueblo que merece una visita más detallada. Aparcamos ante los Dominicos.



La sobria fachada no permite imaginar lo que esconde su interior recién restaurado. Nos quedamos con la boca abierta al ver la fastuosidad de sus frescos y, sobre todo, de sus estucos, un borrachera de imágenes y formas llenas de colorido y movimiento. La representación de el árbol de Jesé sobre el altar mayor me pareció una auténtica delicia. Tal vez sea la iglesia de las que vimos durante las vacaciones cuyo interior me haya sorprendido más.
Recorrimos el pueblo hasta llegar a la Iglesia Madre con su hermoso portal medieval. Muy cerca está la bella fuente de la Ninfa de estilo manierista y en una plaza contigua la iglesia de las Animas con su fachada repleta de imágenes barrocas y el contiguo teatro Selinus, con su frontón neoclásico.



En el museo cívico se puede ver el " Efebo de Selinunte ", una bella figura de un kourus en bronce. Y a 3 km del pueblo está la iglesia de la Trinidad de Delia, una buena muestra del estilo normando.
Seguimos camino y pasamos bajo la enorme estrella que, en las afueras de Gibellina, conmemora el terremoto que destruyó el pueblo a finales de los 60.
Llegamos a la Marina de Selinunte donde habíamos reservado un apartamento en el B&B " Villa Anna " todo un lujazo de alojamiento. Es una casona situada en medio de un gran jardín, con habitaciones muy cómodas y amplias, una atención esmerada por parte de sus dueños y un desayuno excelente. Dos días, tres personas, 120 euros en total. Una maravilla. El único problema es que no admiten tarjetas de crédito.
Dimos un paseo por el pueblo, cuyo único encanto es la playa y vimos el atardecer sobre el mar.




 Día 7
La mañana la dedicamos a visitar el complejo de los templos griegos de Selinunte, situados en una llanura junto al mar, dividido en dos zonas separadas por un km de distancia aproximadamente. Al ser a primera hora de la mañana , apenas había gente por lo que pudimos disfrutar cómodamente de la visita a las ruinas de los templos, imaginando como habría sido aquello en todo su esplendor. Terminamos la visita en las ruinas del santuario de Malaphoros.




Queríamos comer pescado en su sitio recomendable, el " Boomerang " pero, al ser lunes, estaba todo cerrado. Así que nos fuimos a Sciacca, la ciudad de la cerámica y nos dedicamos a callejear. La maldición de los lunes es que todo está cerrado, así que nos fuimos a comer a una terraza frente al mar. Comida normal, vistas excelentes y una camarera cubana con ganas de conversación. Café y cannoli en una placita agradable, para seguir ruta.
Y que ruta. Nos planteamos visitar Caltabellotta, situado en lo alto de las montañas y la carretera se las trae. No es que tenga curvas, es que es un inmensa curva ascendente. El pueblo puede tener sus encantos, pero lo vimos gris y triste. Cuesta arriba, calles sin gente y la tormenta que amenazaba con descargar. Así que emprendimos la bajada de unos 10 kilómetros, no sin antes hacer una foto de panorámica del pueblo, tal vez lo mejor.




Terminamos la tarde en Mazzara del Vallo, uno de esos sitios que apenas se nombra en las guías y que, como sucedió ayer en Castelvetrano, se transforman en una gran sorpresa.
La parte antigua, contigua al mar, merece una visita muy detallada. El atardecer en la playa, una delicia. La catedral, de hermosa piedra rojiza se alza en la plaza del antiguo castillo, en un entorno de gran belleza. Callejeamos en busca del museo donde está expuesta la figura del " Sátiro danzante " , una preciosa figura danzante de bronce del periodo helenístico. Frente al museo está el antiguo colegio de los Jesuitas con unas ruinas barrocas muy recomendables y un claustro restaurado con un personal muy amable ( para compensar los " bordes " del museo del Sátiro ) . Múltiples iglesias ( incluso una reconvertida en un auditorio ) para callejear y perderse. Y gente por todas partes



Día 8
Desde de Selinunte a Agrigento, a la altura de Realmonte, se abandona la autovía para ir hacia la " scale dei turchi ",  de fácil acceso siguiendo las indicaciones. Hay que buscar aparcamiento de pago, porque no se puede dejar el cocheen la carretera. Una bajada poco cómoda lleva hasta la playa, con el impresionante farallón de piedra blanca al fondo, que refulge con el sol de la mañana.






De allí fuimos a Racalmuto, el pueblo donde nació Sciascia, una escultura del cual parece caminar por una de las aceras de la ciudad. El pueblo eminentemente árabe, tiene unas cuestas impresionantes, llenas de rincones hermosos y abandonados, se nota que por aquí no se pierden los turistas, de tal modo que todo está cerrado y que no encontramos un restaurante donde comer. Así que nos fuimos a una sallumería, compramos pan y embutido de la zona, para comer en la plaza del pueblo frente al castillo. Que buenos son los quesos y embutidos sicilianos.







Llegamos a Agrigento hacia la una y fuimos al valle de los templos, pero desistimos de entrar pues había una cola inmensa y el calor era sofocante, así que nos fuimos en busca del alojamiento. Una recomendación. Se trata de una ciudad con dos niveles. La parte baja tiene calles más o menos amplias, pero la parte antigua es un dédalo de calles y el tráfico por el centro está restringido a los forasteros, con el consiguiente riesgo de multa, así que se ha de estar muy atento a las indicaciones de tráfico.



Reservamos un B&B frontero con el hermoso Teatro Pirandello, en "  il palazzo del teatro ", todo un acierto. El único inconveniente es el acceso, pues está en medio de un callejón al que se accede por una escalinata. El coche se deja en un parking público a unos 100 metros. Pero tres noches con aparcamiento y desayuno ( magnífico y muy bien servido ), todo por 140 euros se puede considerar un lujo.
Salimos a callejear por la parte antigua, a lo largo de la calle Atenea . Teatro, iglesia de las Animas en una plaza recoleta con una fachada y un interior muy hermoso y subimos por callejas muy estrechas hasta llegar al convento del Santo Spirito. A la entrada de la iglesia una monja recia que parece recién escapada de un cuento del Decamerón, se encarga de pedir la voluntad. Su interior es muy bello, con una preciosa imagineria de estuco blanco. Al lado está el convento y allí, una vez más vimos que las guías de turismo venden humo: en medio de un reciento amable,  " la majestuosa sala capitular " es apenas mayor que mi cocina y  " el espléndido claustro " son tres arcadas ojivales engarzadas en las paredes del edificio.




De vuelta a la calle Atenea entramos a cenar en el " Opera ", un local del todo recomendable, aunque su aspecto de bar de copas nos hizo recular primero. Un diez. Comimos en la terraza de la parte superior, con unas vistas incomparables del mar y el valle de los templos, una cena magnífica. La sopa de pescado es sublime, así como el resto de los platos que pedimos. El postre, los cannoli de rigor muy ricos y servidos sobre una bandeja con forma de la silueta de la isla.
Felices a la cama.







Día 9
Madrugamos para ir al valle de los Templos. A esa hora apenas había gente y la temperatura era muy agradable. Hicimos el recorrido con calma pues el lugar lo merece con creces y lo que más me llamó la atención, por desconocer su existencia, fueron las catacumbas paleo cristianas. En el templo de la Concordia nos detuvimos un tiempo y proseguimos hasta el final.La vuelta, ya con el sol apretando, se hizo más costosa.  De allí nos fuimos al Museo Arqueológico , contigua al cual está la maravillosa iglesia medieval de san Nicolás. El museo está muy bien montado y tiene piezas muy interesantes, incluidas dos enormes talamones de piedra.




Por la tarde fuimos a Santa Maria dei Greci, una interesantísima basílica construida sobre los restos de un templo griego, cuyos restos pueden verse a través de paneles de cristal en el suelo.
Ascendimos hasta llegar a la catedral pero, en verdad, se puede prescindir del esfuerzo. Su interior está totalmente en obras, sin posibilidad de ver apenas nada y en cuanto a su exterior apolillado y desportillado es una amalgama de todos los estilos, donde un horrendo campanario de ladrillo de época  reciente descansa sobre un hermoso rosetón ojival.
Pero el paseo descendente a través de sus calles enrevesadas es una gozada. Hay muchas tiendas artesanales y todavía se puede pasar ante el taller de un alfarero trabajando el barro o ver a un sastre tomando medidas para un  traje.
Repetimos cena en el mismo lugar de ayer y salimos igual de contentos.
Una cosa: el pan en Sicilia es una maravilla, recuperando sabores y texturas de antaño, como si fuese la magdalena de Proust.







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