sábado, noviembre 26, 2016

Quiero una muñeca¡¡

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de cuando era crío, era el deseo de tener una muñeca. La deseaba con todas mis ganas y me moría de envidia cuando veía a las niñas jugar a las casitas con ellas en el parque cercano a casa. Pero mis padres nunca llegaron aceptaron comprarme una porque era un niño, decían, y con las muñecas solo jugaban las niñas, los niños han de ser valientes y no andar con esas cosas para no volverse unos mariquitas.





Eso de ser un  mariquita no lo entendía, pero debía ser algo malo porque es lo que me llamaban los otros críos en el cole cuando se enfadaban porque me sabía mejor las lecciones y la señorita Asunción decía que era muy espabilado.
Tampoco entendía porque los Reyes Magos, que eran tan buenos y tan espabilados con todos los niños, en mi caso no daban una y se portaban como unos zoquetes pues, en lugar de la muñeca que les había pedido bien clarito en mi carta, me dejaban en el zapato un rifle que disparaba tapones de corcho atados a un cordel para que no se perdiesen o un colt 45 de baquelita que dispara fulminantes y que maldita la gracia que me hacían. Y encima se habían ventilado las copas de aguardiente y el plato con turrón y peladillas que habíamos dejado preparado la noche anterior. Lo único que dejaban era el puñado de paja que habíamos dejado para el forraje de los camellos.




Cada vez que pasaba por delante de los escaparates del " Bazar 0.95 " o los más refinados de " Tobaris " se me iban los ojos detrás de Mariquita Pérez y de toda la cohorte de muñecas de cartón que llenaban los anaqueles.
Como mis padres no podían dar su brazo a torcer, pero compadecidos ante mi deseo, cuando llegaban las fiestas de san Froilán, gastaban las pesetas jugando en todas las tómbolas con la esperanza de que les tocase una muñeca para poder regalármela, evitando así el tener que comprarla. Pero la fortuna siempre ha sido esquiva y lo más que nos llevamos para casa fue un exprime-limones de cristal o un vaso de mesilla de noche, como eufemísticamente llamaban al orinal los tomboleros.



Así que, un par de vueltas en los caballitos, una ración de pulpo en un puesto o un paquete de churros calentitos y para casa. A veces había suerte y nos parábamos ante el puesto donde servían Cariñena en un vaso de culo gordo con un barquillo que se impregnaba de todo el dulzor del vino y que me manaba de un caño en un barreño dentro del cual dos autómatas vestidos de baturros se movían sin parar como si estuviesen pisando uvas.
Por eso, cuando ya supe que los Reyes eran un engaño, a partir de entonces me limitaba a poner en la carta " lo que sus majestades quieran ". Total, la muñeca no iba a llegar....
Entonces me busqué un sucedáneo más asequible: los recortables. Todos los domingos, después de misa de once en san Pedro, teníamos que hacer la visita de rigor a la madre de nuestro padre, la abuela " doña " María. Una hora jugando a las cartas con ella, esperando a que nos soltase el " duro " a cada uno, verdadero motor de la visita, y de allí al kiosko a cambiar tebeos,  pero procurando que me sobrase algo con lo que comprar pliegos de recortables. Por una parte, de soldados de todo el mundo y por otra de muñecas, bien pizpiretas ellas, cubiertas normalmente con un bañador y que desplegaban todo un muestrario de vestidos y complementos: trajes de fiesta, de deporte, zapatos, bolsos....Cada pieza tenía un par de pestañas blancas en la parte superior que se plegaban sobre el modelo y así se podía ir cambiando el vestuario.
Los domingos a la tarde me encerraba en el baño con los pliegos que había comprado por la mañana y, tijera en mano, tris -tras recortaba todo. Tenía un libro de Zane Grey que había pertenecido a mi padre y entre sus páginas iba guardando cada muñeca con su ajuar, cada una en un lugar diferente, como si dispusiesen de apartamento privado. Y entre las páginas de otro libro, creo recordar que era " Los últimos días de Pompeya " colocaba a los regimientos de los soldados procurando no mezclarlos con las muñecas.
Pero crecí y tras ver la película " Un rayo de luz ", me enamoré de Marisol y me pasé al mundo de los cromos, con cuyo álbum dormía cada noche bajo la almohada. Pero esto es ya otra historia.



3 comentarios:

pepito grillo dijo...

LA infancia que bonito lugar de recuerdos inolvidables. Me encanta leer cosas tuyas y sobre ti. La verdad es que el cuento de los Reyes a todos nos salió "rana" tantas veces...pero año tras año siempre pedíamos los mismos anhelos a sus majestades de oriente....
Como siempre un gusto leerte.
Un abrazo .

cal_2 dijo...

hola pepito, mayor gusto me ha dado a mi leer un comentario, ahora que no se prodigan. Un fuerte abrazo

Alejandro Prieto dijo...

Pero los seguimos leyendo