miércoles, junio 03, 2009

La seguridad del hogar



Selma mira una vez más el reloj de la cómoda. Son casi las cinco de la mañana pero por la ventana abierta de la sala entra ya la luz del día, un maravilloso amanecer de mayo en Estocolmo. Una vez más hace un vago gesto de saludo hacia un rincón del cementerio que rodea la iglesia de santa Katarina. El día de ayer fué agotador con las compras de última hora y los preparativos para tener todo a punto. Su sueño de pasar quince días en Madrid empapándose en sus museos, al fin está cerca. Cuando terminó de hacer el equipaje se acercó al cementerio, apenas un centenar de metros desde su vieja casa, para arreglar la tumba de su madre. Arregló los tulipanes y colocó bien las viejas gafas de concha de su madre que se habían caido, tal vez por el viento. Como muchas tardes, al terminar se sienta en un banco cercano pero esta vez, en lugar de un libro, le lee fragmentos de la guía de Madrid. Asoma un poco el cuerpo por la ventana y observa satisfecha la mancha amarilla de los narcisos y tulipanes que florecen al pié de la lápida de piedra.
Vuelve a repasar todo mientras el ruido de fondo de la tele desgrana las noticias. Selma está muy preocupada por esa epidemia de gripe que viene de América. La OMS ha elevado casi al máximo los niveles de riesgo y si no fuese porque lleva mucho tiempo preparando este viaje, se lo pensaría antes de partir. Oyr que en Madrid también se han dado casos y sus compañeras ayer, cuando hicieron un rato de descanso en las tareas del instituto, no pararon de pedirle mucho cuidado con los hombres que pudiese conocer en España. Por ese lado, no hay peligro, las tranquilizó ella, a mi edad ya no busco revolcones.
Son casi las seis y oye el chirrido de las ruedas del taxi que ha concertado el día anterior. Cierra la ventana diciendo un último adios, comprueba que no queda nada encendido y todo queda en orden. Bolso, mochila, maleta. Si, todo en orden. Al salir ve la puerta del apartamento contiguio abierta de par en par. Bultos y paquetes abarrotan el vestíbulo.
Cuando va a tomar el ascensor, su vecina asoma la cabeza por la puerta entreabierta para recordarle que se encargará de regar bien sus macetas y le desea buen viaje. Le informa que a la vuelta tendrán nuevos vecinos en el rellano. A esas horas apenas hay tráfico, por lo que el taxi la lleva al aeropuerto de Arlanda en poco menos de media hora. Sabe que es temprano, pero Selma siempre se pone muy nerviosa en los aeropuertos y prefiere estar tres horas tirada en un sofa esperando al embarque. Factura el equipaje, pasa el control en escasos minutos y comprueba en una pantalla la puerta de salida de su vuelo.
El tiempo pasa más rápido de lo que espera y casi sin darse cuenta se ve sentada en medio del avión. Como en todo vuelo internacional los pasajeros son muy variopintos. Piensa que ha llegado el momento de poner precauciones, abre su bolso de mano y saca la mascarilla que hace un par de días le dió su amiga Brigitta. Le dijo que era de las que usaban en las áreas de infecciosos del hospital y que procurase llevarla siempre puesta en sitios que hubiese gente desconocida. En la maleta lleva un buen surtido de mascarillas y de jabones antisépticos con lo que se siente protegida hasta la vuelta.
Al llegar a Barajas, antes de bajar a la pista se atrinchera tras unas inmensas gafas de sol y se ajusta bien las gomas de la mascarilla a sus orejas y ya no abandonará este uniforme durante todas sus vacaciones, salvo en la protección de su habitación del hotel. El " Suecia " un hotel cómodo y bien situado a poca distancia de El Prado donde pensaba sentirse como en casa. Las vacaciones fueron un torbellino tal como había pensado, una borrachera de luz y de ruidos tan diferente de la calma de Estocolmo. Carreras y empujones en el " metro ", las teles a todo volumen en los bares, gente que chilla y te toca al hablar. Ruido y luz. Y cuchicheos de las personas y risitas al verla hacer virguerías para comer un pincho de tortilla en el bar sin quitarse del todo la mascarilla. Y sobre todo, la borrachera de El Prado donde procura estar todo el tiempo posible sentada en su silla portatil ante los cuadros que la enamoran, tomando notas en su bloc. Y siempre atenta a apartarse si ve a alguna persona tosiendo.
Por la noche, en el hotel llena la bañera de agua caliente y se baña hasta el último centímetro de su piel con los jabones bactericidas y así se siente más protegida. Pero la quincena se acaba en un suspiro. Al llegar al aeropuerto de Arlanda se siente en casa, todo pulcro y en orden, limpio tal como siempre le ha gustado a ella. Ya en el taxi se quita la mascarilla y respira profundamente, lejos de la esclavitud de la gripe.
Paga el taxi, dirige un saludo al rincón donde reposa su madre y mete el equipaje al ascensor. Sube a su planta y al abrirse la puerta ve esperando a una mujer muy morena con dos crios pequeños colgados de sus manos. Será la nueva vecina. Un fuerte estornudo de la mujer la sobresalta. Uno de los pequeños no para de toser. Abre la puerta de su casa precipitadamente y mete todo el equipaje dentro.
Es tarde. Mañana ya ordenará todo. se da una ducha rápida y se mete en la cama.
Esa noche se despierta sobrealtada por un acceso de tos. Se siente sudorosa, está caliente. Enciende la luz de la mesilla y busca a tientas el termómetro en el primer cajón. Tiene 38,7.....y todo el miedo del mundo metido en el alma.

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