miércoles, diciembre 24, 2008

Este es mi cuento de navidad


Hay que reconocer que la pulga Mariana era un tanto misántropa por lo que había elegido una cuadra tranquila para vivienda porque le provocaba jaqueca el bullicio. Por ese motivo había abandonado las cuadras del palacio del rey Herodes donde, aunque podía alimentarse con la sangre de personas de alcurnia, los ruidos que provocaba la orquestina que arropaba noche tras noche a la bella Salomé en su eterna danza del velo para seducir al monarca, la ponía de los nervios. Así que un día, aprovechando el transporte de un perro vagabundo, se montó de un brinco a su grupa para recorrer mundo.
Al cabo de unas jornadas llegaron a una aldea un tanto retirada, donde solo había casas de adobe lo que auguraba paz y sosiego para sus maltrechos nervios y dando un último picotazo en el anca del perro, lo que provocó un brinco del mismo con que facilitó el aterrizaje de la pulga. Hacía mucho frío y Mariana pensó en buscar cobijo cuanto antes. Vió muy cerca una cerca medio derruida, avanzo a pasitos explorando los alrededores y se metió en una cuadra donde el calor reinante la reconfortó. El aroma a estiercol y a ovejas llenó su corazón de alegria y buscó cobijo entre las tetas de una cabra que dormía plácidamente en un rincón.
Esto era vida, picaba y comía cuando quería, solo la molestaba el balido de las cabras y sus guedejas la arropaban dulcemente.
Pero poco duró tamaña felicidad. Una noche se abrió el portón de golpe, un ráfaga de aire helado se coló dentro y Mariana oyó el estrépito que hacía una mula y, lo peor de todo, voces de personas humanas. Se acabó la calma, penso ella. Era una pareja de viajeros, no tenían una pinta muy lujosa, así que pensó que no serían muy apetecibles y siguió dedicándose a su cabra.A media noche oyó un ruido extraño, el vagido de un bebé. De donde habrá salido, pensó Mariana, este no venía con la pareja. Notó los pasos cansinos de un buey que se movía entre las pajas del suelo. Se asomojó entre las lanas y vió la como un niño blanco como la nieve mamaba glotonamente de otros pechos más blancos todavía, bajo la mirada de un hombre con barbas y el cuadro lo completaba un par de animales mansurrones que lanzaban su cálido aliento sobre el grupo.
Una luz inundaba la cuadra, parecía que era pleno día de agosto y empezaron a aparecer más personas humanas en la cuadra. Aquello se convirtió en un trasiego continuo, que si unos pastores llegaron con quesos frescos y miel, que si una aguadora acercó su cántara de agua fresca a la pareja, niños de la aldea que se colaron dentro a curiosear. Se acabó de nuevo la calma, aquello era peor que las noches de baile en palacio, pues parece que todo el mundo quería entrar conocer a los viajeros. Marina sintió que la jaqueca se adueñaba de nuevo de sus sienes. De seguir así, habría que ponerse de nuevo en camino, pensó.
Cuando creía que aquello no podía empeorar, un estrépito proviniente del exterior casi hace estallar sus maltrechos nervios. Saltó al suelo y se acercó con miedo a la puerta. Un fulgor inmenso cubría el cielo, una cometa se había posado sobre las ruinas y una comitiva de personas se movían descargando farjos. Se apoyó en una columna para descansar pero esta se movió y casi la hizo caer. Llevantó sus ojillos al cielo y allí arriba vío la enorme cara de un camello que rumiaba con calma.
Esto es el acabose, pensó Mariana, ya solto falta que aparezca por aquí una cohorte romana. Se volvió a la cuadra llena de rabia y de un brinco saltó a la cuna y se movió como pudo por entre las pajas hasta llegar al muslo del niño, esto sí que es un buen manjar, pensó. Dió un picotazo certero y al instante un fuego lleno de energía recorrió de punta a punta su cuerpo, se sintió como si fuese un león de Judea dispuesto a derrotar a cualquier alimaña del desierto.
Mirando por entre las pajas vió a tres personajes maravillosamente ataviados que se postraban de rodillas ante el niño y ordenaban a sus criados que abriesen las arcas. Aparecieron maravillas que no había ni llegado a conocer en el palacio de Herodes, pero ninguna apetitosa para ella.
Se volvió al calor de su cabra y, a pesar del estrépito, consiguió quedarse adormilada hasta que un jaleo mucho mayor la espabiló. Esto se acabó, pensó, aquí no hay quien viva tranquila. Así que arreó un picotazo de despedida a su cabra, se sacudió las patitas y saltó al suelo. A brincos se encaminó a la salida y de un brinco se encaramó a la pata de uno de los camellos, brinco a brinco subió hasta la grupa y buscó acomodo para no caerse. Ya que no puedo tener calma, pensó la pulga, al menos podré conocer mundo, sintiendo que el balanceo de las ancas del camello llevaba poco a poco la paz a su maltrecho corazón.

6 comentarios:

relatosweb dijo...

Un relato bonito para las fechas en las que estamos.
El resto iré leyéndolos poco a poco.

Un salud y felices fiestas

cal_2 dijo...

gracias por tu comentario. He entrado en tu blog y lo poco que he visto, me ha llamado la atención. Seguré profundizando. Un saludo y que tengas unas buenas fiestas

Anónimo dijo...

a mi como no me iba a gustar si me tienes enganchado pero dime donde puedo pedir un batallon de pulgas marianas a y es urgente me tienen que hacer un trabajito je je je

cal_2 dijo...

me parece hermano pequeño que tu lo que necesitas es una metralleta del siete largo jejeje

Older dijo...

Me ha encantado tu relato... esto hay que seguir leyéndolo!

cal_2 dijo...

Older, comentarios como el tuyo elevan mi ego hasta limites peligrosos.....pero gracias