Cuando tenía 14 años nos fuimos a vivir a una pequeña ciudad gallega donde pidió traslado mi padre después de su ascenso porque como él decía, " siempre es mejor ser cabeza de ratón, que cola de león ". Eso fué a principios del verano, poco después de haber hecho el examen de reválida elemental en Lugo y se produjo un cambio radical en la fomra de vivir. La ciudad sesteaba al pié de la colina donde vigilaba la torree del castillo y se extendía perezosamente abrazada por el lecho del río. Fué un verano de río, de baño y de vida en la calle.
Como nuestro padre era lo que pudiéramos llamar la máxima autoridad militar local, teníamos acceso gratis a todos los cines del pueblo y desde muy pronto le saqué todo el jugo posible a ese privilegio. Había tres salas funcionando pero como una estaba lejos del centro, en el barrio de la Estación, dediqué toda mi atención a los otros dos que, desgracia o casualidad, estaban cada uno situados estratégicamente en mitad de las calles que llevaban desde el Colegio de los Escolapios a la Caja de Reclutas, en cuya planta alta teníamos la vivienda.