
El primer recuerdo que tengo de Valladolid, ciudad en la que después fuí tan feliz, es el de un amanecer de octubre a finales de los años sesenta, asomado al balcón de mi tía Carmiña, en la calle Azucarera, en el que las vías del tren aparecían con un fantasmagórico tono azul contrastando con el rojo del sol que hacía su entrada triunfal. Todavía medio adormilado después de pasar todo la noche en el " expréss ", acostumbrado a los cielos grises de Galicia, la impresión que me produjo ese cielo fue muy grande. Atrás quedaba Santiago y mis veleidades de irme a misiones a redimir negritos , manía de la que me sacaron los consejos del superior del colegio y los lamentos de mi madre.
Pero ella se volvió a Galicia y yo me quedé encerrado en el Colegio de Huérfanos, un inmenso caserón del XIX con los techos altos e inhóspitos, donde no me quedaba más remedio que vivir si quería estudiar, pues la pensión que nos había quedado era muy escasa.