martes, enero 22, 2008

El Boira, para lo que desee mandar


Aunque Rafaelillo Boira era su nombre de batalla, en realidad se llamaba Andrés Borja Puig, natural de un caserío del partido de Orihuela, provincia de Alicante. Pero como su familia era conocida entre el vecindario como los Boiras, porque estaban todos así como anublados pensó que era un buen nombre artítico pues le sonaba muy fino y poético. Y lo de Rafael, lo eligió por una querencia de juventud, un chiquillo al que nunca pudo hacer otra cosa que mirarlo con disimulo y oler su perfume de macho sudado cuando compartían las faenas en el campo, sin pasar de ahí porque quería conservar entera la dentadura. Sonreir es primordial en alguien que sueña con ser una estrella del cante. Y él ya que no podía aspirar a ser Conchita Piquer, se contentaba con parecerse a Miguel de Molina.
Su madre no recordaba que número hacía de sus hijos pues desde que fué mujer no hacía otra cosa que parir hijos y ayudar al marido con los huertos de naranjos del amo. Tuvo muchos hijos pero por suerte muchos de ellos no pasaron de ser angelitos que iban derechos al Limbo. Andrés fué un niño espabilado, muy sensible como diríamos hoy día y al que no le gustaban los juegos de sus amigos, lloraba cuando veía que maltraban a un perro hasta dejarlo moribundo y solo era feliz cuando todos los chavales se bañaban desnudos en las albercas de los naranjales, cuando caía el sol de la tarde y el cielo se ponía rosa, cubriendo todas las tierras con ese mismo color. Los cuerpos cobrizos al sol del poniente, el agua resbalando lentamente por su piel, los rizos mojados pegados a las sienes, todo eso lo volvía loco de placer, aún a costa de fingir una rudeza que nunca había podido sentir. Las peleas simuladas para ver quien era el más macho, los roces disimulados que obligaban a sumergirse rápidamente entre chapoteos para disimular la erección que lo delataba. Y la vuelta a su casa con sensación de un hambre sin nombre.
Todas las mañanas antes de ir a los campos, cuando apenas el sol comenzaba a subir y la luna no se había retirado, se acercaba a la Iglesia y ayudaba a barrer la sacristía y preparar todo para la primera misa del día, mientras el sacristán con la sempiterna colilla en los labios, dormitaba en uno de los bancos. A Don Hermógenes, el señor cura párroco, le gustaba mucho lo dispuesto que era Andresito y se hacía el loco cuando veía que se comía los recortes de las hostias o bebía a escondidas el vino dulce que se iba a consagrar más tarde, porque sabía el hambre que se pasaba en esa casa. Porfió mucho con su padre para convencerlo que el niño no debía ser un destripaterrones, que tenía cualidades para ser alguien y al final consiguió una beca de beneficencia para niños pobres en el Seminario Diocesano de Orihuela, donde sería más criado de alumnos ricos que otra cosa.
Su voz lo salvó del montón, cantaba el " Ave María " con tal intensidad y un aire tan dulce que todos los profesores lo miraban con cariño y más de uno con deseo. Entró a formar parte del coro y pronto la iglesia del Seminario era la más frecuentada para oir al chiquillo que hacía llorar de emoción. Pero fué creciendo y aparecieron los primeros " gallos ", su voz cambiaba a medida que el cuerpo se desparramaba en todos los sentidos.
El no soñaba en ser sacerdote sino que, a fuerza de oir coplas en la radio de galena del Prefecto, su mayor deseo era ser artista, cantando coplas de pueblo en pueblo. Los jueves, cuando todos los seminaristas salían a pasear por las afueras del pueblo, modositos, en fila, al volver de recogida mirada con deseo los carteles de las " varietés " que colgaban en las paredes del teatro Circo y al pasar por el antiguo Teatro Romero, ahora convertido en almacén de naranjas, creía oir los rumores de antiguos aplausos, que quería fuesen un día para él.
Los latinajos entraban con dificultad en su mollera y, cuando casi se creía condenado a ser cura, un aviso de que tenía que incorporarse al servicio militar en Marruecos le abrió las puertas del cielo. Y del seminario. Aunque de nuevo, en el cuartel, tuvo que fingir una brutalidad que no sentía, hacerse el rudo, aprender a escupir por el colmillo y sudar como un animal bajo las órdenes de un sargento chusquero de Larache que blasfemaba, más que hablaba. Año y medio perdido en lo que se llamaba " hacerse un hombre ", hasta que llegó el momento de volver a casa.
En un traqueteante vagón de madera de la Renfe, entre el sofocante calor andaluz y las moscas pegajosas, pensó en lo que se venía encima. Al seminario no creía poder regresar y deslomarse entre los naranjos como su padre, no lo atraía lo más minimo. En la estación de Córdoba, saltó al andén con el hatillo en la mano y se escondió en los servicios de la vista de sus compañeros hasta que oyó el ruido asmático de la máquina del tren que seguía su camino, ya sin él.
Solo él sabe las penurias que pasó por esos caminos atravesando los trigales inmensos de la vega cordobesa, para cruzar Despeñaperros y llegar a la Mancha, en una época en la que las viñas reventaban de uvas en unos campos que parecían no tener final. Caminando, caminando llegó hasta Tomelloso, en cuyo barrio de putas había oido que siempre se podía encontrar trabajo y un sitio donde dormir.
Una vez más su aire dulce le abrió camino. Entró de criado en la casa de " La Pelaya " y era un primor para las putas oirlo cantar " Ojos verdes " mientra ventilaba camas sudadas y vacíaba los orinales llenos de colillas, o hacía los mandados de las interna. Todas suspiraban de pena al oirlo mientras se acordaban de cuando habían sido más jóvenes y un poco menos putas.
Con la llegada de finales de agosto todo el puterío se revolucionó pues se acercaba la Feria de la Virgen de las Viñas y con ella el trabajo se convertía en locura. Había que ir a la peluqueria, rehacer permanentes, arreglar vestidos, comprar bragas nuevas pues venían los hombres como moscas a la miel. Y Andresito se multiplicaba para tener a todas contentas y evitar las peleas entre ellas o las escenas de histerismo.
Una noche se le acercó un vecino, " el Palancas " y le dijo que lo invitaba a dar una vuelta por el Ferial, que le habían regalado dos pases para el teatro de variedades y que si quería acompañarlo. Tomaron unas copas de ahuardiente por el camino y llegaron hasta el teatro, el " Teatro Argentino". Andrés se sintió deslumbrado ante el prodigio de lucerío que cubría su frontón. Un payaso con la cara maquillada de blanco y unos enormes labios rojos estaba sobre una especie de tarima, haciendo que cantaba mientras tocaba una guitarra hecha con una placha de madera y por los altavoces atronaba una canción: " que pasa en el Congo, que a negro que pillan, lo hacen mondongo..", animando a la gente que entrase a ver el espectáculo. Una enorme pizarra al lado de la taquilla explicaba las maravillas que esperaban en el interior.
Andrés no veía el momento de entrar y apuró la ultima copa de Cariñena mientras hacía engullir los churros al " Palancas " para llegar antes de comenzase el espectáculo. Al entrar se sintió aturdido ante lo que veían sus ojos. Era un espacio rectangular con gradas formadas por largos bancos corridos que cubrían a lo largo los laterales y el fondo del recinto y todo el espacio intermedio lo ocupaban filas y filas de sillas de madera donde ya se agolpaba la gente, esperando que comenzase el espectáculo. En el frente, un escenario lleno de colorido, con una enorme cortina que a él le pareció elegantisdima de terciopelo rojo recamada en oro y flanqueándola una máscara reidora a un lado y otra triste al otro. La risa y la tragedia juntas.
Una gorda rubia oxigenada, que después supo que era la jefa, con un delantal de cuadros verdes ribeteado de puntillas tapando sus pechugas, se movía entre las filas con unas tiras de números en la mano vendiendo entradas para la rifa de una botella de anis del Mono, mientras la orquestina afinaba los instrumentos en el foso delante del escenario. De pronto un redoble de tambores acalló el estruendo mientras se apagaban las luces de la sala y se encendían los focos del tablado. Andrés asistió a todo el espectáculo con los ojos como platos y el corazón empapado de felicidad. A la salida, mientras el " Palancas " cotorreaba sin parar de los muslos de las vedettes y la pechuga de la flamencona, Andrés iba soñando en formar parte de este mundo.
A la mañana siguiente se presentó en la pensión donde dormían los cómicos en busca de la directora del teatro. Iba muy repeinado, con un caracol en la frente como Estrellita Castro, su cuerpo juncal muy ceñido en su traje aflamencado y en cuanto estuvo delante de la jefa se arrancó a cantar " Tatuaje " con toda la pena y todo el sentimiento que le provocaban las ganas de que lo admitiesen. Sabía coser, repasar la ropa vieja, maquillar, hacer tintes de pelo y se ofrecía para todo con tal de poder seguir camino con ellos. Dinero no pedía, solo un sitio donde dormir y la posibilidad de subir a un escenario.
Y así fueron las cosas. Doña Petro le dijo que fuese a por sus cosas y que volviese lo antes posible, que seguían camino de Ciudad Real. Los llantos entre las putas cuando se fué a despedir casi lo hacen desistir de su propósito pero el ansia de ser artista pudo con todo.
Su debú fué en pleno Campo de Calatrava, en las ferias de la Virgen de la Estrella de Miguelturra con la " Bien pagá"....bien pagá, fuiste mujer.....y las lágrimas rodaban por sus mejillas dejando surcos en el maquillaje emocionado con la letra de la copla. Los aplausos le supieron a gloria, aunque apenas oirlos porque tuvo que cambiarse rápidamente de vestuario para formar parte del cuerpo de baile en la rumba brasiñeña y de jotero en la apoteosis final. Ya por la noche en su camastro no podía dormir con la emoción.
Siguió la rueda de pueblos, siempre lo mismo. Llegar a un sitio, montar el tinglado, abrir los baules, repasar desgarros, coser lentejuelas, repartir la propaganda, pegar carteles e iniciar la función. Y así día tras día, mes tras mes.
En las fiestas de la Encina en Ponferrada sustituyó al rapsoda que había agarrado una borrachera monumental. Se arrancó por una elegía de Miguel Hernadez, su paisano aunque la gente no se enteró de nada. Ni el de la censura que estaba detrás de los telones, intentando tocarle la pechuga a una de las vicetiples.
....." a las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que habalr de muchas cosas,
compañero del alma, compañero ".
Doña Petro, al terminar la función le dijo que había estado bien, pero que la próxima tenía que ser con más mal de amores y más puñaladas y mas te quieros, que es lo que le gustaba a la gente.
Para el san Froilán llegaron a Lugo y montaron el teatro en la plaza de la Soldedad
delante del gobierno militar. Era un otoño lluvioso, hacía un aire frío y lo peor es que esos día le tocaba hacer la pantomima de la puerta, maquillarse de blanco, agarrar el falso guitarrón y subirse al estrado para atraer a la gente. Le llamó la atención que todos los días, en la función de tarde, un soldadito esperaba a que se abriese la puerta llevando de la mano a un niño rubito y sonrosado como un lechón que lo miraba con arrobo mientras actuaba. Despues, dentro del teatro, siempre los veía sentados en las primeras filas y uno de los días le rogó a doña Patro que hiciera trampas en la rifa para que le tocase la botella de anís al soldadito. Y cuando recitaba, se derretía en miradas llenas de sentimiento hacia él.
Pero llegó " o domingo das mozas " y con él se terminó el San Froilan. El soldadito nunca se fijó en sus miradas o si fué asi, prefirió ignorarlas. Levantaron el teatro, llenaron los baules y más tarde, medio adormilado por el traqueteo del tren iba pensando en que tal vez en el próximo pueblo otro soldadito le haría más caso.

Aclaraciones: hace unos día oí por primera vez la palabra " boira ", niebla en valenciano, según me han informado y me pareció muy bonita. Y pensé en acoplarle una historia. De ahí nació lo anterior pero, la verdad, me parece tan malo y tan lleno de tópicos que pensé en borrarlo. Pero después me asalto un escrúpulo. Si la borraba, no dejaría nacer a Andresillo y no me apeteceía ser complice de un aborto, ahora que tenemos a la iglesia Torquemada en mano.
Y el niño gordito y rubio que miraba con emebeleso, ese soy yo. Cuando era crío mi padre, por ser militar, tenía pases gratuitos para todas las funciones. Y yo iba día tras día acompañado del asistente, sin perderme función.

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