viernes, noviembre 06, 2009

Declaracion de amor


He copiado este mensaje del cartelón colocado en una ladera de la colina a cuyo costado pasa la autovía que viene del aeropuerto. " Marcianita tailoviu ", tal como suena fonéticamente para que la interesada lo entienda directamente. Pienso en el esfuerzo del enamorado que diseña y pinta el cartel, lo mete en el coche con cuidado para que no se estropee, trepa penosamente monte y fija la pancarta con pedruscos al suelo para que no se la lleve el viento.
" Marcianita, tailoviu " es la sorpresa que su amado ha preparado a su amada cuando, después de recogerla en el aeropuerto a donde llegó procedente de Ecudador o de Bolivia o vaya usted a saber de donde, la traiga en el flamante vehículo que acaba de comprar de segunda mano camino de la casa donde van a poder empezar una lucha en común, tras tantos años de separación. Y es que la emigración es dura, muy dura aunque se nos haya olvidado a los españoles, ahora que somos ricos de medio pelo y no recordamos a nuestros paisanos que, maleta de cartén en mano, recorrieron Amércia de cabo a rabo o se pudrieron en las buardillas de París y trabajaron como bestias en las acerías alemanas.
Al hilo de esta frase recuerdo una entrevista que hicieron un día a la grandísima actriz y mejor mujer que es Juana Ginzo, alguién fundamental en la radio de mi infancia y adolescencencia, para quien no pueda conocerla. Una mujer transgresora que en la Espaa franquista se casó con un amigo de su hijo y a la que preguntaron porque iba todos los años a Nueva York y ella respondió que lo hacía para aprender de las personas, pero que ella no iba a los sitios pijos de la ciudad, sino que habitaba en aquellos barrios donde se podía oir a una vecina " niño, no te asomes a la vindos que te puedes caer a la estri ".

lunes, noviembre 02, 2009

JUANA LAPOLLA


No se sabe bien si a Juana Lapolla el nombre le vino de su afición a probar cuantas más, mejor o de si porque cuando ya estaba harta de ellas se casó con Pepe Elpollo, aunque para cuando se juntaron este más bien parecía un gallo desplumado. Y aunque el tuvo, retuvo no era su caso pues si de joven fué un hombre fachendoso que cimbreaba su cuerpo por entre los surcos de las viñas haciendo que todas las mujeres se embobaran con el meneo de sus caderas, ahora no hacía ni que se apartasen las cabras con las que se cruzaba al volver de cultivar las tierras.
Juana Lapolla es hermana de Petra Lamorrones y a esta si se sabe que el mote le viene de su afición al vino, tinto si es posible aunque, en caso de apuro, no le hace ascos ni al de misa. Sus mejillas son como dos pimientos reventones y por el enramado de venillas que las cruzan parece circular vino en lugar de sangre. Juana Lapolla y Petra Lagamba son las más peequeñas de una recua de hermanos pero como estos se dedicaron a vivir honradamente no cargan más mote que el de ser los de hijos de Lapreñada y Eltranca, obviamente así llamados porque la primera no conoció otro estado en la vida que estar con la tripa palante y el segundo por el instrumento con el que se encargaba de llenarla.
De joven, Juana siempre pensó que era una florecilla que había nacido entre peñascales y que su alma rebosaba de inquietudes artísticas. Por eso todos los años, cuando llegaban las fiestas de la Virgen del Romero, se esmeraba buscando rimas con cielo, estrella y señora para enjaretar una sarta de versos infumables con los que perseguía al presidente de la comisión de fiestas con ánimo de ver su nombre impreso en el programa de festejos entre las loas a la uva y los panegíricos a las bellezas locales, muchas de ellas con un bigote más frondodo que el del cabo de la guardia civil, el señor Remigio.
Fracasada en el mundo de la poesía, busco refugio en el del canto y se presentó sin desmayo cada vez que el alguacil pregonaba que había concurso de nuevas voces. De nada valieron gárgaras con miel, clara de huevo batidas e infusión de salvia, remedio infalible como todo el mundo sabe para afinar las voces más disarmónicas. Pero ahí tampoco consiguió nada y cada vez que abría la boca para entonar el himno a la Virgen, a don Cándido el maestro de coro se le desbarataban los cuatro ricitos que, teñidos con agua de manzanilla, ordenaba cada mañana tras ardua tarea ante el espejo y le decía con sus mejores melindres que lo sentía pero que de su tesitura de voz no había ninguna vacante en el coro.
Despechada por sus fracasos en el mundo de la poesia y del canto, pensó que en la interpretación instrumental podía tener su hueco y agarrró con tanta afición las flautas de los mozos, que pronto fue una experte y nadie sabía soplar los ionstrumentos con más gracía que ellas, sacando de cada un o los más dispares gemidos, bien en la ribera del arroyo o en los taludes de las viñas.
Pero los años hicieron mella en Juana Lapolla y su boca fue perdiendo pieza a pieza con lo que su capacidad de hacer sonar las flautas del mocerío fue mermando de un modo alarmante, lo que le obligó a pasar de los pollos tomateros a los gallos viejos del corral y en una de estas se quedó no se sabe si prendida o prendada de Pepe Elpollo y decidieron unir sus maltrechas vidas.
Y ya veremos que andanzas se me ocurren de esta cuadrilla

viernes, octubre 23, 2009

EL PAIS DE LAS PEQUEÑAS MANZANAS ROJAS


Conocer Rumania y sus gentes ha sido una experiencia cuanto menos sorprendente y muy agradable. Ignoro como puede ser el resto del año pero la época en la que fuimos, principios del otoño, ha sido perfecta en cuanto el buen tiempo nos acompañó casi todos los días y la exuberante vegetación se viste con los mejores tonos del verde al dorado. Lejos de los tópicos en los que nos movemos los mortales ni hay mendigos agobiándote por las calles, ni sensación de peligro en ellas, ni nos robaron en parte alguna o nos timaron tal como nos vaticinaban los agoreros. Incluso ni nos mordió el conde Drácula. La gente es muy amable, apenas si tuvimos un par de conflictos menores en los quince días y si alguien cree verte perdido en la calle se acerca para ayudar.
Es un pais eminentemente agrícola y en muchas partes creí retoceder en el tunel del tiempo a la época de mi infancia gallega con pueblos que huelen a humo de hogar, a ganado en los caminos y a puchero en el fuego. Hay miles de arboles frutales por todas partes, especialmente los manzanos que dan unas pequeñas manzanas rojas con un sabor agridulce que han sido mi magdalena de Proust porque creía estar hincando el diente en las manzanas que robaba en el huerto de la tía Juanita.
Hay un gran poder de la iglesia ortodoxa sobre la gente, la religiosidad se palpa en todas partes y las iglesias, como en Galicia, estan rodeadas del cementerio y entre las tumbas crecen todo tipo de flores, manzanos y nogales, por lo que no hay sensación de muerte en ellos, sino de vida.
En principio me había lanzado a contar día a día las vacaciones hasta que me dí cuenta de que era un peñazo integral. Pero si alguien está interesado por repetir este viaje al que os animo, puedo pasar información detallada con étapas y puntos de interés. Hay miles de hoteles y pensiones por todas partes y en todos los lugares y en todos ellos losa restaurantes que visitamos o la gasolinera más perdida, la limpieza es total y nos dan cien vueltas a nosotros, aunque cueste reconocerlo asi. Si a esto se une que el cambio nos es muy favorable, de momento es un viaje que recomiendo con todo empeño.

viernes, octubre 16, 2009

Maria Corfus y Maria Lazar


En un pequeño cementerio a las afueras de la ciudad de Putna, en el norte de Rumanía y muy cerca ya de la frontera ucraniana, de pronto me llamó la atención la fotografia con el rostro de dos mujeres jóvenes que estaba situada en una tumba medio oculta por las ramas de un manzano cargado de fruta. La primera idea fue pensar que podían ser madre e hija o dos hermanas, pero me produjo una tremenda curiosidad que historia podría esconderse tras esos rostros, aunque siempre pensando que tienen que ocultar una historia triste.
Ahora, ya de vuelta a casa, al observar con calma las fechas de su nacimiento y muerte de ambas, veo que no es posible ninguno de esos parentescos citados inicialmente y que en ningún momento han podido llegar a conocerse físicamente. Se me ocurre pensar que pueden ser tía y sobrina pero lo que si mantengo es la idea de que detrás de esos rostros se esconde una historia triste. Como siempre que veo una cara que se cruza conmigo inmediatamente fabulo la vida que puede haber detrás aunque, como es lógico, siempre me confunda. Lo que si está claro que en aquellos años y por esta zona las cosas no debieron de ser nada fáciles para ellas.
La primera de las Marias con ese pelo negro, la mirada firme y aspecto enigmático le tocó vivir en plena Segunda Guerra mundial y murió con poco más de veinticinco años cuando el proyecto de un mundo socialista parecía algo limpio. Tal vez fue una partisana que luchó contra los nazis y contra la dictadura de su pais y cuando pensaba recoger el fruto de su esfuerzo la muerte se cruzó en su camino.
La otra Maria nació cuando la utopía socialista comenzaba a mostrar sus garras ocultas. Desde su infancia oyó hablar en casa de las virtudes de su tía a la que no había llegado a conocer y a la que le habría gustado parecerse. Pero en la fotografía tiene todo el aspecto de una rolliza campesina que hubiese participado en los proyectos de colectivización agraria de su época hasta llegar al 89 en la que con la caida de Ceaucescu se derrumbaron todas las utopías que habían alimentado su juventud y los rumanos empezaron a vivir libremente.
Vaya usted a saber que fue de sus vidas. Y es que uno ha visto mucho cine.

sábado, octubre 10, 2009

Curioso que soy


Una de las curiosidades que siempre me intrigaron desde crío fué saber que sería lo último en exixtir. O el hombre que abrazaba entre sus brazos la botella de agua de " Mondariz " o la etiqueta de la botella que tenía dentro al hombre que sostenía la botella en la cual había un hombre que abrazaba la botella.....Y así las figuras de hombre y botella se van haciendo cada vez más pequeñas hasta que el ojo humano no las puede descubrir y se precisa recurrir primero a una lupa y despues a un microscopio simple para seguir con otro electrónico hasta llegar un momento en que ya nada permite verlos y tenemos que recurrir a la fe para saber que se sigue repitiendo hombre y botella hasta el infinito. Tal vez el último de los hombres pueda meterse dentro de una burbuja y se sienta en su interior con un corcho que voltease entre las olas del mar o subirse a los lomos de una hormiga y sentirse como un hombre prehistórico que se pasease en el lomo de un mamut.


Nota: pido perdón a la empresa por apropiarse de su logotipo para esta chorradilla de sobremesa que por cierto escribí sin haberme puesto ciego a alcóhol en la comida. Otra cosa: está de primera.

La venganza del tomtom


Genaro se cree el rey del mundo ahora que tiene coche nuevo, un Nissan Infiniti plateado al que piensa tunear en cuanto se ponga al día con la montonera de plazos que tiene que pagar. Su chica, la Manely, le ha regalado un navegador de esos para librarse sobre todo de los radares porque le gusta darle pastilla al cacharro. pero a un tío como él que se las sabe todas le toca los cojones que una voz amariconada le esté repitiendo cada poco que se pasa de velocidad o que debe torcer a la derecha en la segunda rotonda. Así que cuando se le hinchan los cojones, lo desconecta y lo mete en la guantera mientras le suelta una serie de lindezas.
Pero al tomtom también se le han hinchado los circuitos y los ha puesto de acuerdo con los cierres de seguridad del coche así como con el cambio automática. Genaro no sabe que pasa pero no consigue controlar el coche, vueltas y más vueltas por carreteras que no conoce, se mete por caminos secundarios y cuando quiere detener el vehículo o bajar las ventanillas no puede. Para colmo el móvil se ha quedado sin batería y no tuvo la precaución de meter en cargador en la mariconera.
Mierda, se ha hecho de noche y en Infiniti no se detiene. Siente sed, se agobia con el calor y parece que cada vez respira peor. Este jodido cabrón no para de hablar y el coche da vueltas siguiendo sus indicaciones.

Noticias de la prensa: Encuentran un Nissan abandonado en una barranquera de los Monegros cuyo conductor había desaparecido de su domicilio hace más de diez días. Genaro J.P. se encontraba en avanzado estado de descomposición y con las manos engarfiadas al volante. El navegador parecia ronronear satisfecho

Cocidito murciano


Doña Lita puso la sopera en el centro de la mesa con un golpe seco mientras echaba una mirada en rededor suyo. Su marido, Cristobito, que parecia una lombriz con lentes, fijó la mirada en el plato porque la experiencia le dictaba que cuando su mujer erizaba la ceja izquierda lo mejor era pasar desapercibido, así que se puso a contar inexistentes moscas sobre el mantel. Flori, la hija mayor, se pintaba las uñas de los piés con esmalte morado dividiendo su atención entre ese ejercio artístico y los chismes del corazón que ponían justo antes de las noticias. Manu, el menor de sus tres hijos, estaba en su mundo con los cascos puestos oyendo la última canción de El Chivi.
Doña Lita, toda ceño y pechuga, llenó los platos con potaje hasta casi hacerlos derramar alternando los suspiros con los bufidos de rabia al ver que nadie parecía prestarle atención. Cuando su hijo alargó la mano hacia la panera le dió con el cucharón caliente en los nudillos provocando un quejido de Manu, lo que hizo que niña y padre pareciesen volver a la realidad.
" Hay que hacer algo. Y pronto ", sentenció doña Lita, " la situación se está precipitando y como no pongamos remedio, me parece que se nos va a terminar la sopa boba a todos ". Hasta hace dos meses todo era paz en casa y la doña tenía la sensación de tener todo controlado, si se pasan por alto las veleidades artísticas de la nena que soñaba con ser estrella de " telecinco " y la vagancia del menor que pasaba los días oyendo música y fumando porros. Pero Fede, el mediano, colmaba todas sus aspiraciones de madre y la casi certeza de que era gay la llenaban de tranquilidad para el futuro al saber que ninguna pelandusca se lo iba a llevar de su lado. Sí, su hijo derramaba aceite a su paso y más que manotear parecía que abanicaba el aire cuando hablaba, pero era obediente y estudioso y doña Lita daba por bien empleada cocinar para los frailes y ,cuando volvía a casa cansada como una mula. pasarse las noches en blanco cortando patrones y dando puntadas con los que poderle pagar los estudios al nene con los del Opus hasta que aprobó la carrera de abogado y los tres años siguientes que se los pasó estudiando dia y noche, encerrado en su cuarto hastq ue volvió un ndía dando saltos de alegría con la oposición a Notarías bajo el brazo.
En casa partir de entonces la vida cambió para todos. No más agobios, ni más pucheros para los frailes, ni más noches en blanco cosiendo pues Fede parecía tener dos huecos en las palmas de las manos a través de las cuales llovía el dinero sobre la familia. " Fede, que la nena necesita zapatos " y le faltaba el tiempo para llevarla a El Corté Inglés y comprarle media docena de pares. Nada faltaba en casa hasta que el pasado mes de mayo el niño fué a unas jornadas de Notaría en Zaragoza y volvió con la nueva de que se había enamorado de una colega de Cercedilla y que la cosa iba en serio.
Enamorado pero de una mujer, una zorrona, pensaba doña Lita pues ahí lo tenía más dificil. Fede pasaba del dominio de su madre a las garras de una tipa, pensaba ella pues ya se había hecho el loco un par de ocasiones cuando su hermana dijo que necesitaba ropa o el hermano pidió un Iphón nuevo y el colmo fué cuando dijo que tenián que devolverle las llaves del apartamento de la playa. Pero doña Lita no estaba dispuesta a perder al hijo ni mucho menos a no poder mangonearlo a su antojo y veía que eso sucedía cada momento que pasaba. Hasta la voz le había cambiado y ya no soltaba florilegios, ni abanicaba el aire al hablar.
Y ahora la perra de su hijo de que iba a traer a la novia a casa porque le encanta el cocido y él había dicho que como su madre no lo preparaba nadie, que nadie sabia hacer las pelotas como ellas. Cocidito le iba a dar a la notaria el próximo domingo cuando viniese a comer. Cocidito con sorpresa piensa, mientras amasa para ella dos pelotas que va sazonando con polvo matarratas.

Fabiolita


Fabiolita levantó la vista del plato con las lentejas que estaba limpiando para la comida, cuando medio oyó el ruido que hacía el bote de leche condensada que rodaba por el pasillo y que indicaba que don Danilieto ya se había despertado. Desde que el malnacido de su marido la había dejado sorda de un bofetón ya va para veinte años, apenas si escuchaba ruidos fuertes por lo que su señorito recurría a ese sistema para hacerse notar.
Fabiolita llevaba cinco años en España, de ellos estos últimos tres en casa de este señorito baboso que no buscaba más que manosearla a todas horas, sin respetar que era una viuda que tenía que trabajar muy duro para poder mandar platita a su hija que allá, en Ciudad Esmeralda, tenia a cuatro gazapitos que sacar adelante. Se levantó cansinamente y puso a calentar el tazon de café con leche en el microondas mientras cortaba un par de rebanadas de pan espolvoreándolas con bien de sal, a ver si revienta ese cabrito con una subida de la presión, pensaba para sí y las regó con mucho aceite, como le gustaban a don Danielito.
Se acercó al dormitorio y al ver como el viejo apartaba las sábanas, hurgándose con la mano en la petrina del pijama, al verla entrar, sintió que se le revolvían las tripas. Que no, don Danielito, que esto no fué lo pactado, que yo solo estoy para la casa pero no para la cama, que soy viuda y ya no quiero más macho, que con el que tuve quedé bien hartita.
Fabiolita no pudo oir su respuesta pero se la imaginó al ver como se baboseaba todo el señorito. Se zafó como pudo de sus garras y dijo que ahorita miosmo le servía el desayuno. Volvió a la cocina, colocó el café humeante sobre la bandeja, echó dos cucharadas colmadas de azucar puso el plato con las tostadas a un lado y se encaminó al dormitorio. De pronto se paró, dió la vuelta y depositó la bandeja sobre la mesa de la cocina. Abrió el cajón de los cubiertos, cogió el cuchillo de trinchar los asados y comrprobó con la yema del dedo que pinchaba bien. Lo puso en la bandeja al lado del plato de las tostadas y lo cubrió con una servilleta blanca.
" Don Danilieto, espere que ya voy para que se quede bien satisfecho ", gritó mientras se encaminaba de nuevo al dormitorio del señorito. Su única pena era pensar en que ya no podría mandar más platita a su hija.

sábado, septiembre 12, 2009

Veranos de los sesenta. Segunda parte


Como esto de los recuerdos es como el plato de cerezas que si tiras de una se encadenan otras, continúo hablando de los veranos de mi adolescencia. Y uno de las personas esenciales en aquella época es tío Perucho, don Pedro o don Perucho para el resto de la gente, que siempre nos acogió en su casa y en la de tía Geles, la hermana de mi madre y donde buscamos refugio cuando se murió mi padre.
Era una persona aparentemente muy seria y que a los niños nos imponía su sola presencia pero no sé bien porqué me distinguió con un afecto especial y lo que era severidad cuando estaba ante otra gente, en privado se convertía en afectuosidad. Pequeño y muy moreno, le gustaba tomar el sol desnudo en los pedregales del río Sil lejos de la gente, con la cabeza totalmente pelada, su rostro se asemeja al de Picasso en plena madurez. Siempre vestido con una camisa blanca con el cuello abierto, era tremendamente pulcro y llevaba unos zapatos tan brillantes que reflejaban el sol.
Su gran pasión era la caza y cuando se acercaba el levantamiento de la veda, extendía todo el arsenal sobre la mesa del comedor y desmontaba todas las piezas para engrasarlas con el mayor mimo del mundo y me dejaba que untase las bayetas en el aceite con el que las limpiaba. Y rellenar los cartuchos con perdigones. Aunque tanto esfuerzo no servía de nada porque su puntería tenía fama por lo mala entre todos sus amigos, menos mal que salía de caza con su compañero de fatigas, el Celestino que era capaz de abatir las perdices con un palo de escoba. En las carboneras que había tras el gallinero tenía simpre dos o tres perros de caza, pero lo más triste de todo es que al acabar la época de caza, se llevaban los perros al monte y ya no los volvíamos a ver.
El resto de las noches cuando no limpiaba las escopetas me dejaba ayudarlo a liar cigarrillos. Extendía la picadura sobre un plato y yo iba quitando todas las briznas gruesas y preparar la picadura con la que formaba los pitillos en una maquinita. El mayor placer era dale una vuelta a la manivela y ver como salían los cigarros formados por el otro extremo.
Tal vez por que me toleraba más que a los demás críos que pululaban por casa, me permitía acompañarlo a la farmacia de la plaza y allí pasar las horas muertas ayudando o estorbando, según se terciase. Entrar en el almacén de la botica que estaba en los bajos de casa, era algo delicioso y todavía recuerdo la mezcla de aromas tan fuertes que reinaban dentro. Tal vez por eso cuando entro en una droguería de las antiguas, aspiro con ansia para recuperar el olor de entonces.
La farmacia estaba situada en uno de los costados de la Plaza, frente al casino y a la casa de la abuela Maria la Buena. La parte de la entrada es donde se atendía al público tras un pequeño mostrador de cristal lleno de cajoncitos donde se guardaban los " optalidones " o las papelestas de " clorina " que usaban las mujeres para su higiene íntima y que me encantaban despachar porque dejaban un olor a lejía en las manos. En un lateral estaba un expositor de " potitos " para los bebés, el colmo de la modernidad por entonces y que en más de una ocasion, en realidad en muchas, abría los dulces para hundir el dedo y sacarlo lleno de mermelada que relamía con ahinco para volver a taparlos después, aunque el vacío se hubiese ido al carajo.
Una estanteria a derecha y otra a izquierda de madera torneada llenas de frascos de cerámica antigua y que nadie sabe donde fueron a parar, hacían frontera con la habitación siguiente en la que estaba situado el laboratorio con dos grandes estanterias a uno y otro costados, llenos de botellas de cristal, más de unas cubiertas de telarañas y con letreros donde, con letra gótica, estaban escritos nómbres que eran puro árcano. Y allí tambien estaban las garrafitas de vino de Málaga para darles un traguito con el que bajar la mermelada de los " potitos ". Claro que también estaban las chocolatinas con medicación para las lombrices, cuadradas y ásperas de sabor pero, a fin de cuentas, no dejaban de ser un dulce. Y es que a los tragones nada nos frena.
En medio de esa sala había una larga mesa de madera sin pulir donde el tío preparaba las pomadas y fórmulas magistrales. En un costado estaba la báscula de precisión con la cajita de pesas finas como medallitas y con las que me dejaba pesar porciones de un gramo de ácido tartárico que se metían en una especie de sobrecitos y que se usaban para conservar las botellas de salsa de tomate para usar a lo largo del invierno.
La ultima estancia era la rebotica, con una cama turca a un lado dode dormir las noches de guardia y presiendo la estancia una gran mesa camilla con sus faldas de pana verde y el brasero de carbón debajo para hacer más llevaderos los fríos del invierno. Allí se montaba la tertulia con los amigos de tío Perucho como el " Pistones " un pescador de río, tan hábil que era capaz de coger las truchas con la mano y que se sentaba con gran cuidado para no pillarse " la potra " entre las piernas. Alguna vez nos enseñaba la enorme hernia que tenía en los testículos más grande que la cabeza de un niño cabezón. O con don Eloy, él médico de toda la vida, aunque ahora había otros en el pueblo, pero ninguno le ganaba en destreza o humanidad y al que bastaba con ofrecerle un buen habano para que fuese a ver a un paciente a su casa y que, mientras te exploraba las anginas con una cuchara de cocina, te echaba una bocanada de humo a la cara.
A un lado de la camilla estaba el teléfono, un viejo aparato de bakelita negra que se accionaba con ayuda de una manivela por el que, tras mucho insistir tras vuelta y vuelta, salía la voz de Manolita la telefonista, una coja tan malhumorada como pelirroja que siempre decía con voz de cascajo " con Ponferrada, seis horas de demora ".
En un ricón de la rebotica estaba la escalera que daba acceso al jardín de la vivienda, pero ese era territorio prohibido porque pertenecía a la vivienda del " Guevones " otro cojo malencarado, que tenía una nalga tan inmensa que parecía llevar un cojín bajo el pantalón y del que la gente explicaba que la causa de su mal caracter era un obús que le había barrido la entrepierna al final de la guerra. En el último escalón estaban los garrafones del aceite de ricino. Uno con el aceite más purificado, era para las personas. El otro, con producto más basto y económico, era para los gorrinos. Un día entró un paisano con una botella vacía y pidió un litro de ricino. " ¿ Para quien, para personas o para animales ?, preguntó mi tío, da igual, es para la suegra " respondió el buen hombre. Y como es lógico, le dió el barato.
De vez en cuando, aprovechando que no había nadie por medio, entraba el " Pata Chula " en la farmacia. Este vivía en la casa contigua y se decñia que había vuelto de la emigración en París tal como había ido, sin dar un palo al agua en su vida, que para eso estaba su madre y su mujer. Se acercaba como a saltitos, sujetando con una mano la rodillera de la pierna seca y me decía muy sigiloso que si le podía regalar algún condón sin que se enterase el tío . Yo, con mala leche, gritaba con todas las fuerzas " Tio, que no sé que quiere don Pata Chula " y este huía como alma que se lleva el diablo, amenazándome con el puño.
Y es que los condones se guardaban bajo llave en el cajón de los barbitúricos y de los opiáceos. Estaban colocados en cajitas de cartón que simulaban una estanteria de biblioteca y cada preservativo estaba encerrado en una artística cajita con los cantos dorados, que semejaba un libro artístico.
En otra ocasión llegó un abuelo con un frasco en la mano diciendo que quería otro igual, pues le había quitado todos los dolores del reúma. Era linimento del Doctor Sloan y se lo había ventilado sin abrasarse el esófago. O el bueno de otro que llega todo indignado diciendo que se había puesto un " opositorio " en cada oido, pero que no le había quitado el dolor y había puesto todo pringado.
Una noche de fin de año, a la salida del cine Kursaal, estaba esperándome mi hermano mayor para decir que esa tarde, cuando salía de casa, una hemorragia cerebral había dejado seco a tio Perucho.

martes, septiembre 08, 2009

Pasa la vuelta


Doña Remedios lucha por meter las tetas dentro del sujetador pero estas parecen ir por libre y se niegan a entrar en la prisión. Presiona con la palma de la mano para meterlas tras la armazón porque, sobre todo la derecha, parece tener vida propia. Al agacharse para calzarse los zapatos, las caderas aprisionadas en la faja se diría que quieren seguir el camino de las tetas. Se situa ante el espejo y con ayuda de un cepillo se da el último retoque al cardado que acaba de hacerle Migueli, el peluquero del pueblo. Una nube de laca hace irreal su imagen ante el espejo. Un retoque de carmín para rematar y saca el vestido de seda negra del armario. Lo pone en el suelo y se situa encima, para irse embutiendo poco a poco. Brega con la cremallera del costado pero no hay modo de que suba. Da una voz y aparece su marido por la puerta del cuarto. " A ver, pasmarote, ayúdame que no puedo subirla ". El hombre, sin soltar palabra, lucha contra los michelines y tras un esfuerzo grande logra que suba la cremallera y cierra los corchetes. Doña Remedio coge el bolso de raso que está sobre la cómoda y baja las escaleras con un taconeo rápido. Al llegar a la calle se da cuenta que no lleva el bastón de mando y grita una vez más. Se abre la puerta y aparece la mano del marido que le alarga la vara de alcaldesa. Suelta un bufido, se da la vuelta y baja la cuesta a trote ligero, saludando a uno y otro lado con la sonrisa crispada en el rostro como si fuese de escayola.
En lo alto de la cuesta está la parroquia. El señor cura, don Abundio no ve el momento en que la jodida beata que está arrodillada en el confesonario acabe de desgranar sus pecados de pacotilla. Le hace una faena torera y la despide con una penitencia de una recua de avemarias. Sale del confesonario, se tienta el bolsillo de la sotana en busca del paquete de tabaco y suena el Angelus en la torre de la iglesia. Entra en la sacristia mientras enciende un cigarrillo dando voces porque el monaguillo no tiene dispuesto sus arreos. Le quita de las manos el roquete almidonado y se lo pone a la carrera, aún a riesgo de quemarlo con la brasa del pitillo. Agarra la estola, sale a la placeta de la iglesia con ella a rastras y se encamina hacia el parque, calle abajo.
El director de la banda resopla su aburrimiento en un rincón de la plaza a la sombra del magnolio. Se pasa el dedo por el cuello, aprisionado por la tira rígida del uniforme, como buscando que penetre mejor el aire en sus pulmones. Se abanica con la partitura del pasodoble " Suspiros de mi tierra " mientras espera que se reunan de una vez todos los músicos. Unos han ido a beber una cerveza para matar la galvana, otros están haciendo sus necesidades y el resto gandulea mientras se fuman un cigarrillo, pero no hay modo de que formen. Hoy están cansados porque han tenido un programa muy intenso. A primera hora de la mañana, menudas ideas se le ocurren a Doña Remedios, han formado han ido a la entrada del colegio para ocultar los lloros de los niños que han empezado hoy el curso escolar. Después les ha tocado dar el concierto en el asilo de las Ancianitas de los Pobres porque era el santo de la madre Encarnación. Y ahora, más desfile y más ruido por culpa de esos ciclistas.
Al fin tras unas cuantas voces broncas del director, la banda se pone en marcha, tocando con más desgana que ánimo. Al pasar por la casa de la reina de las fiestas, hacen una breve parada pero reanudan su marcha porque el estrèpito que sale de dentro no invita a nada bueno.
Y es que la reina no encuentra la diadema porque su hermana María la ha escondido para hacerla rabiar y la banda de seda ha aparecido hecha jirones tras la taza del retrete del patio. Y así no puede salir de casa, le dice a su madre, que le pide calma para que el maquillaje no se corra con las lágrimas. Al final le pone unas enormes horquillas doradas de un disfraz de geisha de los pasados carnavales y le enseña una tela de colores que ha comprado en el mercadillo para que dé el pego en lugar de la banda. La madre da los últimos retoques a la cara de su nena y la encamina hacia la calle, mientras hace una seña de amenaza a la pequeña, que se parte de risa en el rincón.
Se oye una algarabía de voces y risas que avanza por la otra calle del pueblo. Las señoritas del colegio público han adelantado media hora el final de la jornada y los críos, salen del colegio al galope, después de la primera mañana de encierro tras la libertad de todo el verano. Delantales y carteras salen despedias a su paso mientras las madres no saben si recoger las prendas o controlar a sus potrillos.
Las enfermeras del centro de salud han hecho su aparición por una bocacalle de la glorieta, con el maletín en mano por si fuesen necesarios sus servicios. De pronto, una da un grito sofocado y le recuerda a su compañera que han dejado a la pobre Antonia desnuda en la camilla de urgencias con los electrodos puestos para hacerle un electrocardiograma.
Los empleados de los bancos locales reparten bolígrafos y viseras pero solo a aquellos que saben clientes seguros, intentando que los mocosos no les arrebaten la propaganda de las manos y mirando para otro lado cuando la mano que ven extendida ante ellos pertenece a un cliente de la competencia.
La glorieta esta reventando de gente, menos mal que los municipales se hacen respetar y consiguen que la gente no invada la calzada. En el estrado de las autoridades, la alcaldesa agita el abanico con una mano y con la otra, vara de mando en ristre, saluda a sus convecinos mientras el párroco a su derecha reparte esbozos de bendiciones.
Se oye un tumulto, pasan las motos petardeando por la calzada seguidos por los coches que berrean su propaganda en medio del colorido multicolor, se oye el ruido que hacen las docenas de ciclistas que se acercan pedaleando con furia mezclado con la charanga de la banda de música. Apenas nadie consigue ver más que estelas de colores y en pocos minutos desaparece todo sin dejar tras de sí más que un rastro de papeles de propaganda y de botellas de plástico vacías.
Y es que hoy, la vuelta ha pasado por el pueblo.